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Brian Judge: “La financiarización no fue consecuencia del neoliberalismo, sino el aparato que lo instaló”

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de California, Berkeley, donde dirige la investigación del Programa de Finanzas y Democracia, y exinvestigador en políticas públicas del Centro de Inteligencia Artificial Compatible con el Ser Humano de esa misma universidad. Es autor de “Democracia por default: las finanzas y el auge del neoliberalismo en Estados Unidos”, donde sostiene que la financiarización no fue una consecuencia de la desregulación, sino el mecanismo que instaló el neoliberalismo, al desplazar hacia los mercados financieros conflictos políticos que la democracia no lograba resolver. En esta entrevista analiza si ese mismo mecanismo sigue operando hoy, los riesgos del auge del crédito privado y de la burbuja financiera de la inteligencia artificial, el futuro de las monedas digitales de banco central y el uso de la IA para volver más transparente el gasto público.

FINANCIARIZACIÓN Y LOS ORÍGENES DEL NEOLIBERALISMO. “La idea era que, mediante el repliegue del Estado, la reducción de impuestos y la liberalización de los mercados, se podría contribuir a contener la inflación”. Foto: Marcelo Dubini

—En su obra, usted sostiene que la financiarización no fue el resultado de la desregulación, sino más bien un mecanismo que instauró el neoliberalismo. ¿Puede explicar la inversión de la causalidad?

—Ese es básicamente el argumento central del libro, sobre cómo los académicos suelen referirse al neoliberalismo. Y me refiero específicamente a los casos estadounidense y británico, ciertamente no a la experiencia de América del Sur o de otras partes del mundo, como un proyecto implementado deliberadamente, en el que existe un conjunto coherente de principios ideológicos que luego son llevados a la práctica por gobiernos afines, como las administraciones de Reagan o Thatcher. El inconveniente de esa explicación es que exige asumir que la receta política terminó solucionando los problemas económicos de la década de 1970 a los que estaba enfocada. Hay una cronología bastante interesante ahí, muchas de las ideas neoliberales fundacionales se desarrollaron en los años 30, 40 y 50, en un contexto político y económico completamente distinto del momento en que finalmente se aplicaron, en los 70 y comienzos de los 80. Ese fue el rompecabezas con el que comencé. Y así, al volver tanto sobre la historia de la inflación en Estados Unidos durante la década de 1970, el famoso período de estanflación durante la presidencia de Jimmy Carter, como sobre otros episodios, particularmente en California, empezamos a observar la aparición de un patrón consistente: los Estados recurrían a los mercados financieros para aliviar los conflictos distributivos. Entonces, se toma dinero prestado para poder hacer frente, de algún modo, a las demandas que recaen sobre el Estado sin recortar prestaciones ni aumentar los impuestos. Y el efecto de esto es reorientar todo en función de los imperativos de los mercados financieros: las ganancias y las pérdidas, la racionalidad del mercado. Y esto termina, según mi argumento, poniendo en práctica muchas de las cosas que los académicos han dado en llamar “neoliberales”. El término suele invocarse como una especie de insulto académico para referirse a cosas que no nos gustan, pero yo intento darle un fundamento más coherente y sistemático.

“El euro digital es clave para la autonomía estratégica de Europa frente a Estados Unidos.”

—Usted cuestiona las explicaciones ortodoxas y neomarxistas de la crisis de inflación de los 70. ¿Por qué considera que ambas son insuficientes?

—Lo sorprendente es que, en realidad, coinciden en muchas cosas. Muchos de los teóricos neomarxistas de los años 70 y principios de los 80 coincidían en que existía una crisis persistente de inflación que era resultado, en cierto modo, de la economía política estadounidense de posguerra. En ese sentido, su diagnóstico de la crisis era muy similar al de los neoliberales más ortodoxos, por así decirlo. El problema es que esto terminaba reproduciendo su argumento acerca de cuál era la fuente de la inflación. Y aquí había una especie de conjunto de explicaciones que, en realidad, eran teóricamente incompatibles entre sí: los déficits públicos persistentes, el aumento de la oferta monetaria y cuestiones de ese tipo. En aquel momento, hubo algunos que señalaron las evidentes explicaciones del lado de la oferta para la inflación. Así que, en el contexto inflacionario actual de Estados Unidos y Europa, resulta perfectamente evidente que estamos frente a un shock de oferta de distintas magnitudes. Pero en aquel entonces eso se consideraba una explicación demasiado sociológica, más que económica. Y, por supuesto, resultaba que todas las cosas que provocaban inflación eran precisamente aquellas que la derecha no apoyaba. Cosas como los sindicatos, las prestaciones sociales, el gasto público. Y la idea era que, mediante el repliegue del Estado, la reducción de impuestos y la liberalización de los mercados, se podría contribuir a contener la inflación que estaba devastando la economía política del mundo desarrollado durante la década de 1970.

—La crisis subprime de 2008 es su segundo gran caso de estudio. ¿Cómo encaja ese episodio en el mismo patrón que describe en Stockton?

—Lo interesante de 2008 es que los principales ingredientes de la crisis, las hipotecas subprime, los credit default swaps y los bancos de inversión que no captan depósitos, ya habían sido puestos en marcha a principios de los años 80, como respuesta a aquella crisis de inflación. Es decir, esa fue la solución financiera que se encontró para la crisis inflacionaria de los años 70. Todos esos elementos ya estaban instalados a comienzos de los años 80, y tuvieron que pasar 25 años para que terminaran combinándose, dando lugar a la crisis financiera que vimos en 2007 y 2008. Ahí hay una línea de continuidad institucional realmente importante. Luego está Stockton, una ciudad de tamaño medio en California, que experimentó el aumento más extremo de los precios de la vivienda entre 2000 y 2006. Fue, en ese sentido, uno de los principales epicentros del auge inmobiliario de las hipotecas subprime. Después de 2006, cuando el mercado inmobiliario alcanzó su pico, los precios de las viviendas se desplomaron muy rápidamente. Esto provocó un enorme déficit presupuestario en la ciudad, que obligó a recortar el gasto público hasta niveles prácticamente inimaginables. Esto ayuda a explicar muy bien los orígenes del neoliberalismo en este contexto político, la magnitud del repliegue del Estado que experimentó Stockton fue muy superior a lo que cualquier neoliberal declarado habría considerado deseable. Nadie estaba planteando despedir a entre un tercio y la mitad de la policía o recortar los servicios de bomberos a semejante escala. Y eso fue, en gran medida, consecuencia de la manera en que Stockton había quedado conectada con el proceso más amplio de financiarización y con los mercados financieros, que habían permitido que se construyeran tantas viviendas en la ciudad, ampliando su base tributaria y permitiéndole gastar más dinero. Pero, en última instancia, también la expusieron a los shocks del mercado, que luego repercutieron en sus propios procesos políticos internos.

“El resurgimiento de figuras neoliberales es una forma de repolitizar acuerdos distributivos.”

—Para usted la financiarización no es solo que el sector financiero haya crecido, sino que la lógica financiera pasó a ser la vía por default para resolver conflictos que antes se resolvían políticamente. ¿Qué evidencia lo convenció de que se trata de un cambio cualitativo, y no solo de un sector más grande? ¿Qué significa despolitizar un conflicto de distribución de recursos?

—El origen de la idea vino de un lugar un poco inesperado. Hice mi posgrado en California, en UC Berkeley, y ahí fui miembro de una cooperativa de vivienda. Hubo conflictos muy fuertes en torno a los arreglos distributivos internos de esa organización. Pero después, cuando llegó el momento de refinanciar la deuda de la organización, eso fue algo que se resolvió como un hecho consumado. Prácticamente no hubo discusión al respecto. Se trató simplemente como una especie de imperativo externo que había que cumplir, y no como algo que requiriera que la gente se involucrara realmente. Fue una experiencia interesante, porque una cooperativa de vivienda de Berkeley, como se imaginarán, no es exactamente un foco de ideología neoliberal, pero aun así resultaba perfectamente evidente que lo que necesitábamos hacer era someternos a cierta disciplina de los mercados financieros para liberar dinero para otras cosas. Me pareció que ahí había una especie de núcleo de la idea, que después salí a buscar en otros lugares. Es algo que vi una y otra vez en esos ámbitos democráticos. Eso es lo verdaderamente distintivo del planteo que hago, en realidad surge de una debilidad de la política democrática liberal, porque es muy difícil decirles a ciertos grupos que van a tener que ajustarse el cinturón de determinadas maneras. Creo que “austeridad” es una mala palabra por muchas razones, y muchas veces se impone de una manera tremendamente antidemocrática. Pero hay casos en los que la capacidad de una comunidad política, de un cuerpo democrático, para perdurar y gobernarse a sí misma requiere ese tipo de gestión económica que no se trata solo de repartir las ganancias del alza de los precios de la vivienda, como en el caso de Stockton, sino de decidir de verdad cuáles son nuestras prioridades, y a quién se le debe qué. Otro ejemplo realmente interesante: en los años 70, el Partido Comunista Italiano salió segundo en las elecciones generales de 1976, y el líder del partido, Enrico Berlinguer, escribió un panfleto titulado “Austeridad, ocasión para transformar Italia”. Ahí la idea era que la austeridad era una respuesta necesaria frente al grado en que Italia se había involucrado, o había abierto su cuenta de capital, y dependía de las importaciones de petróleo. Italia no era autónoma, y por eso tenía que someterse a esos imperativos del mercado que venían de afuera. Esa fue la ocasión para reestructurar, en respuesta, su propia economía política interna. Esos son los lugares de donde surgió la idea. La razón por la que me detengo en California en el libro es, por un lado, porque es la quinta economía más grande del mundo. Está tremendamente poco estudiada, en comparación, por ejemplo, con países como Italia, donde hay estanterías enteras de libros sobre la economía política italiana, pero no sucede lo mismo con California. De varias maneras, es la que anticipa el giro a la derecha a nivel federal: tanto Nixon como Reagan tuvieron cargos a nivel estatal antes de llegar a la presidencia. En cierto sentido, California funciona como un anticipo de las transformaciones que después llegan a nivel federal. Volver a estos desarrollos más localizados nos ayuda a ver con precisión cuáles son las dinámicas políticas que impulsan esta transformación.

—El título de su libro habla de “default”, no de un diseño deliberado. ¿Por qué elige ese término? ¿Sugiere que el proceso no fue intencional?

—Definitivamente fue algo involuntario. Si le hubieran dicho a la gente cuál iba a ser el resultado final de esas decisiones, seguramente no eran las que estaban buscando. Pero tenés razón, “default” acá lo uso en el doble sentido, tanto en el de caer en default de una deuda, como en el de ser esa especie de curso natural y central de las cosas, el rumbo inercial que terminan tomando cuando nadie hace nada activamente para cambiarlo, lo que termina pasando por default. En ausencia de una política democrática activa que sea capaz de responder estas preguntas de una forma más objetiva, política, pública y afirmativa, esas preguntas terminan derivadas hacia ese ámbito semiprivatizado de los mercados financieros, que imponen su propia respuesta a ese problema distributivo, pero de una manera que ya no admite discusión una vez que llega el momento de pagar las cuentas. Una vez que estás a merced de un tribunal de quiebras, casi no hay nada que puedas hacer. En el caso de Stockton, todos los ingresos de la ciudad están comprometidos con distintos tenedores de bonos y aseguradoras de bonos durante los próximos treinta años. Pueden elegir a alguien de cualquier signo político, y en realidad hay muy poco que puedan hacer. Esto me parece que es la condición en la que se encuentran muchos países frente a los mercados financieros globales, donde en realidad estás a merced de tener que atraer capital internacional móvil. Si caés en default, algo que sé que ha sido la experiencia argentina en muchos sentidos, eso termina restringiendo mucho tu margen de acción.

—En varios países de las Américas, gobiernos de distinto signo político están aplicando ajustes que sus críticos comparan con las recetas neoliberales de los años 70. ¿Cómo leería usted, con las herramientas de su propia investigación, ese resurgimiento?

—Es una pregunta realmente interesante, en la que hoy trabajan muchos académicos, que es entender ese resurgimiento de la política de derecha en el mundo, particularmente en América Latina y Sudamérica, que parece hacer eco de algunos rasgos del neoliberalismo original de los años 70 y 80, pero con un tono claramente más autoritario en la actualidad. Este es otro resurgimiento de lo que entiendo como conflicto distributivo. Hay grupos en la sociedad que no se llevan especialmente bien, con los que no sentimos que vivamos en solidaridad política, cuyos intereses en realidad no tenemos demasiado en cuenta, y en cuyo beneficio, especialmente, no queremos que nos cobren impuestos. El resurgimiento de estas figuras cuasi-neoliberales es, en gran medida, una forma de repolitizar estos acuerdos distributivos de manera abierta. En cierto sentido, no es una solución financiera, sino que se trata de repolitizar abiertamente y de señalar a grupos desfavorecidos, a expensas de la propia base política de estas figuras. La idea es imponer los costos del ajuste sobre esos grupos, y no sobre la propia base política. No se hace de una manera que implique ningún tipo de solidaridad con la unidad política nacional en su conjunto, sino que tiene que ver, sobre todo, con la división de clases sociales dentro del sistema de partidos.

LA VIGENCIA DEL MECANISMO. “Lo interesante de 2008 es que los principales ingredientes de la crisis, las hipotecas subprime, los swaps y los bancos de inversión, ya habían sido puestos en marcha a principios de los años 80”. (FOTO MARCELO DUBINI)

—Muchos países que atraviesan crisis de deuda e inflación optan por refinanciamientos y acuerdos con acreedores en lugar de una discusión política explícita sobre quién asume el costo del ajuste. ¿Qué se pierde, políticamente, cuando esa discusión se resuelve así?

—Se pierde mucho, políticamente, porque es otra manera más en la que se traiciona la razón por la que creemos que la democracia es algo bueno, que es que la gente gobierne sobre la base de la igualdad política, que tenga voz en las decisiones que rigen su propia vida. Este es un terreno enorme que se ha tercerizado en un conjunto de expertos que, en general, están tratando de hacer lo correcto. Pero como los expertos en realidad solo tienen en cuenta su propio criterio experto, hay un conjunto muy limitado de aportes que entran en ese proceso. Muchas veces ese proceso termina corrompiéndose y distrayéndose de todo tipo de maneras. Desde el punto de vista de la legitimidad democrática, es algo verdaderamente terrible. Sobre ello escribió la teórica política Leah Downey, en un libro excelente que recomiendo mucho, sobre el aspecto antidemocrático de la forma en que se lleva adelante el gobierno de las finanzas. Ha habido experiencias localizadas, conozco algunas en Brasil, de presupuesto participativo, orientadas a involucrar más a la gente en este proceso. Pero es una tarea muy difícil. Es muy difícil tener el tipo de conversación pública sobre la distribución de cargas y beneficios que hace falta para resolver, en primer lugar, el problema que empuja a los estados hacia Wall Street, hacia los mercados financieros. En cierto sentido, la razón por la que el problema es tan grave es porque el problema político es muy difícil de resolver. Pero, de manera un tanto perversa, al recurrir a los mercados financieros el problema se vuelve todavía más difícil, porque ya no es solo entre el grupo A y el grupo B, sino que ahora es el grupo A, el grupo B, y además Wall Street. De manera distintiva, Wall Street, o el sistema financiero global, como se lo quiera conceptualizar, ocupa una posición mucho más privilegiada y poderosa que cualquier grupo político doméstico. Porque si te resistís a lo que te piden, o a lo que te comprometiste a cumplir desde la perspectiva de tus acreedores, vas a terminar en una posición todavía más difícil de la que tenías al principio.

—¿Qué rol juegan los bancos centrales en este esquema? ¿Son actores técnicos o son, en el fondo, actores políticos disfrazados de técnicos?

—Son las dos cosas a la vez, tienen que serlo. Los bancos centrales, en respuesta a la crisis de 2008, fueron muy reactivos, en muchos sentidos, la decisión de dejar que Lehman Brothers se declarara en bancarrota, durante ese fatídico fin de semana de septiembre de 2008, fue un error. La Reserva Federal reconoció su error muy rápido, pero no pudo evitar la contracción del crédito que vino después. Así fuimos viendo que los bancos centrales se volvieron más activistas e intervencionistas, para mantener el funcionamiento correcto de la infraestructura de los mercados financieros. Volvimos a ver esto en marzo de 2020, en los mercados de repo y en los mercados de bonos del Tesoro. Parece que probablemente estamos entrando en otro período en el que los bancos centrales van a tener que involucrarse más. Ya vimos un poco de eso en la intervención en los mercados de divisas japoneses. Pero obviamente es un error asumir que los bancos centrales, los banqueros centrales, aunque sean expertos técnicos, están relativamente aislados de las presiones políticas, y de hecho es discutible hasta qué punto eso es realmente así. Sus decisiones son inherentemente políticas, porque afectan a todos. Por eso es una ficción poco útil insistir en presentarlos como tecnócratas puros, que solo miran los datos, miran sus modelos, se mojan el dedo y lo levantan al viento para ver, según su mejor criterio, cuál debería ser el rumbo de las tasas de interés. Hay mucho más que eso en juego. Dicho esto, tampoco me parece que repolitizar las funciones de la banca central en este momento sea un bien sin matices. Lo hemos visto en Estados Unidos, entre los ataques a miembros de la Junta de la Reserva Federal, la relación entre el nuevo presidente de la Reserva Federal y el presidente del país, y de muchas otras maneras, una intervención política más directa sobre la política monetaria tampoco es deseable en sí misma. Por eso es una pregunta realmente difícil, porque en muchos sentidos la razón por la que recurrimos a bancos centrales independientes es que creemos que los cuerpos democráticos liberales no son de fiar para fijar su propia política monetaria, porque van a estar más tentados a inclinarse hacia la inflación y la degradación de la moneda, en vez de hacia la estabilidad de precios. Es discutible hasta qué punto eso es cierto, pero sin dudas es la forma en que los propios banqueros centrales entienden esa relación entre su propia función y los cuerpos democráticos a los que están vinculados.

“Una vez que estás a merced de un tribunal de quiebras, casi no hay nada que puedas hacer.”

—El crédito privado es una industria de 3,5 billones de dólares construida sobre estructuras opacas. ¿Qué paralelismos ve con las señales de advertencia previas a la crisis de 2008?

—Son bastante distintos en cuanto a la naturaleza de los acuerdos en cada caso. Es importante contextualizar el auge del crédito privado dentro de la respuesta a 2008. La respuesta a 2008, la gran ley Dodd-Frank de 2010, que reformó aspectos del sistema bancario, terminó volviendo aún más regulado y más caro para los bancos emitir crédito. Ahí es donde entran en escena el crédito privado y los gestores de activos alternativos. Hay una trayectoria más larga de lo que se llama el sistema bancario en la sombra, que en realidad surge a fines de los años 70, cuando entidades no bancarias empiezan a cumplir funciones bancarias, que es esencialmente lo que es el crédito privado, y esencialmente lo que hacen los mercados de repo. En lugar de que un préstamo se otorgue simplemente a través de un banco local, hay un originador, hay una entidad que empaqueta esos créditos y los transforma en títulos negociables, un proceso de titulización, hay una etapa de almacenamiento de esos activos, hay toda una serie de etapas en una cadena a través de la cual los préstamos se convierten en un activo invertible. Eso es, en definitiva, el crédito privado, hay inversores en un fondo de crédito privado gestionado por un gran administrador de activos, como Blackstone, Ares o KKR, y ellos pueden otorgar préstamos a empresas de una manera mucho más privada y ágil de lo que esas empresas conseguirían de otro modo. Esto combina, del lado del que pide el préstamo, con que si necesitás 500 millones de dólares mañana, hay muy pocas formas de conseguirlos, y el crédito privado es una de esas formas. Del lado de quienes prestan, obtienen retornos más altos, y además resulta más barato que los préstamos bancarios tradicionales. Se trata de esta larga historia de arbitraje regulatorio, y de la forma en que todo el sistema financiero paralelo terminó creciendo alrededor de la regulación tradicional del sistema bancario. Una de las razones por las que hoy tanta gente está preocupada por el sistema de crédito privado es que no tenemos la misma visibilidad sobre él que sí tenemos sobre el sistema bancario. No hay inspectores bancarios de la Reserva Federal revisando los libros, mirando la calidad de esos préstamos, así que simplemente tenemos que confiar en que todo esto se va a resolver solo. Como bien señalás, las lecciones de 2008 deberían llevarnos a desconfiar de las garantías que nos dan los propios participantes del mercado financiero.

—Usted sostiene que el sistema financiero de Estados Unidos se convirtió en una “apuesta unidireccional” a la inteligencia artificial. ¿Qué quiere decir con eso?

—En muchos sentidos, el boom de la IA es lo que realmente está impulsando tanto la economía estadounidense como los mercados financieros. La proporción de emisión en el mercado de crédito destinada a proyectos vinculados a la IA es directamente enorme, nunca habíamos visto algo así antes. Hay gente que trató de desglosar esas estadísticas de crecimiento de distintas maneras. Pero si no fuera por la burbuja de la IA, o por el boom, como prefieras llamarlo, el panorama de crecimiento de Estados Unidos sería mucho menos alentador. En muchos sentidos, la historia de los últimos cinco años, desde el covid en adelante, ha sido la del desempeño superior de la economía estadounidense respecto de otras economías desarrolladas, y la IA es, sin duda, parte de esa historia. Por eso, la suerte de la mayoría de las empresas estadounidenses, de las grandes compañías tecnológicas, de los laboratorios de IA y de las compañías de seguros que están comprando la deuda de los vehículos de propósito especial (SPV) creados por las grandes empresas tecnológicas para financiar la construcción de nuevos centros de datos, está estrechamente ligada al crecimiento de la IA como industria. Pero un cambio de suerte en la industria de la IA sería enormemente dañino para la salud de la economía estadounidense en su conjunto, y para el sistema financiero.

—Usted compara el boom actual de la IA con el ferrocarril y la burbuja de las puntocom, episodios en que la tecnología terminó siendo transformadora igual, pero acreedores y accionistas quedaron arrasados. ¿Por qué considera que el riesgo financiero es mayor esta vez?

—Uno trata de mirar qué es lo que esperan los mercados, y a partir de ahí trata de entender qué está implicando eso sobre el estado del mundo de tres a cinco años. Hoy las expectativas de crecimiento de ganancias del S&P 500 prácticamente nunca fueron más altas, están cerca de máximos históricos. Expectativas sobre la inflación, expectativas sobre los plazos en que estas empresas de IA se van a volver rentables y van a poder financiar su propia inversión de capital. Así llegamos a esta enorme construcción de gasto de capital de entre 4, 5 y 6 billones de dólares para centros de datos de IA. La idea es que el crecimiento de los ingresos por usuario final de la IA va a ser tan exponencial que, en ese horizonte de tiempo, el negocio se va a volver autosustentable. Eso es, más o menos, lo que esperan los mercados. Entienden que Anthropic no está ganando un billón de dólares al año ahora mismo. Está ganando, dependiendo de cómo se lo mida, unos 70.000 millones de dólares de ingresos anualizados. Pero esperan que eso crezca sustancialmente. Mis propios cálculos, hechos a mano alzada, sugieren que se van a necesitar 1,5 o 2 billones de dólares de ingresos anuales para que toda esa cuenta del financiamiento cierre. Eso es muchísimo: es seis, siete, ocho veces lo que gana Apple en todo el mundo. Es una enorme cantidad de dinero que habría que generar cada año. Eso implica una disrupción del mercado laboral como nunca vimos antes. Si termina siendo una buena inversión financiera, eso implica un shock del mercado laboral que, creo, no tiene precedente histórico. Porque, para todas estas empresas que se espera que tengan un crecimiento espectacular de ganancias, no hay demasiado margen de acción fuera de reducir los costos laborales para financiar estos proyectos de IA. Ese es, en cierto sentido, el fondo del que saldrían los ingresos incrementales para los laboratorios de IA. Creo que eso puede ser muy preocupante.

“El sistema financiero global ocupa una posición más poderosa que cualquier grupo político.”

—Bain & Company calcula que financiar el cómputo necesario para la demanda de IA hacia 2030 requerirá 2 billones de dólares adicionales en ingresos anuales. ¿Esa cifra es, en sí misma, evidencia de una burbuja?

—Sin dudas está en ese orden de magnitud. Depende de cuáles sean los supuestos: ¿es un billón de dólares?, ¿son dos billones?, ¿son tres billones? Pero, sin dudas, el orden de magnitud me resulta completamente creíble. Para la gente que es muy optimista sobre el caso de la IA, esto es algo que va a seguir subiendo, y que va a transformar el mundo, y que va a reconfigurar por completo el mercado laboral global. ¿Y eso alcanza para generar uno, dos, tres billones de dólares de ingresos incrementales? Probablemente. Pero lo que eso no tiene en cuenta es el inevitable rechazo político que ya estamos viendo desarrollarse en Estados Unidos en torno a la construcción de centros de datos: los costos ambientales, el aumento de los precios de la electricidad, la contaminación sonora de los centros de datos. Es una industria muy impopular en este momento. En cierto sentido, incluso menos popular que Wall Street, de manera un tanto irónica. Si proyectamos ese enorme crecimiento en los ingresos y el gasto de capital de la IA, eso también requiere una cantidad tremenda de nueva generación de electricidad, y eso realmente parece que va a ser un cuello de botella fundamental. Así se llega a reabrir plantas de carbón y de gas, a planes de energía nuclear, reactores nucleares modulares, toda una industria construida sobre la promesa de un consumo de energía en aumento constante. Si eso termina a costa de las facturas de electricidad residenciales, o de cortes de luz localizados en pleno verano en Texas, por ejemplo, donde hay muchos de estos centros de datos, en medio de una ola de calor, eso se va a volver políticamente imposible muy rápido. Hay una forma en que la democracia y la política también tienen algo que decir acá. Pero es probable que se exprese de una manera bastante imprecisa.

—En una de sus columnas, usted sostiene que el euro digital es clave para la autonomía estratégica europea, señala que el proyecto pasó de ser una modernización técnica a convertirse en un tema politizado. ¿Podría explicar por qué?

—El euro digital es, en esencia, algo así como efectivo digital emitido directamente por el Banco Central Europeo. A diferencia del saldo de una cuenta corriente que uno tiene con un banco en particular, digamos el Deutsche Bank o algo así, funciona más parecido al efectivo, en el sentido de que es un pasivo directo del banco central. Pero, en lugar de un billete que diga “emitido por el BCE”, uno lo tiene en su teléfono o en algún otro dispositivo móvil. La idea es que se trata de una forma de sacar del medio a Visa y Mastercard en el espacio de pagos europeo, ya que Visa y Mastercard tienen prácticamente un duopolio sobre las transacciones con tarjeta de crédito en la eurozona. Esto es, en la práctica, una especie de impuesto que los consumidores europeos terminan pagando a empresas estadounidenses. La idea es que, usando el euro digital, se las puede sacar del medio de ese proceso. Un proceso de compensación entre comercios muy enredado se transforma en un proceso mucho más directo, gestionado por los proveedores que el BCE seleccionó para llevar adelante este proyecto. Todo eso está muy bien, y es importante, y hace tiempo que debería haber sucedido. Pero lo que planteaba en la columna es que este proyecto llega, de una manera que ninguno de sus impulsores creo que hubiera imaginado, en un momento especialmente crítico para la propia Europa: vamos a tener una elección presidencial en Francia, una elección parlamentaria en Alemania, así que es probable que la composición política de Europa, dentro de dos años, se vea muy distinta. Acá hay un proyecto europeo único, que no es un tratado abstracto: no son reintegros para agricultores polacos, no son créditos fiscales por inversión, no es algún tipo de directiva vaga que sale de Bruselas. Es algo a lo que todo europeo dentro de la eurozona tendría acceso. En ese sentido, es este tipo de proyecto tangible en el que la gente podría ver de manera concreta cómo se beneficia de la integración europea. Por supuesto, esto se amplifica por cuestiones institucionales: la eurozona no es exactamente lo mismo que la Unión Europea, que no es exactamente lo mismo que el espacio Schengen, que no es exactamente lo mismo que la OTAN. Hay muchas fricciones y obstáculos institucionales para esto. Creo que es realmente importante que los responsables de las políticas europeas logren argumentar a favor del euro digital, para mostrarle a la gente que en efecto hay beneficios tangibles en cooperar a nivel europeo. Pero no se trata solo de eso, de la manera en que la derecha suele plantearlo: que uno está cediendo autonomía política a Bruselas y no recibe nada a cambio. Se trata más bien de cómo cooperamos como europeos para conseguir un mejor trato para nosotros mismos. Eso es, precisamente, lo que creo que hace posible el euro digital.

—Fuera de Europa, ¿qué riesgos y oportunidades ve en el debate sobre monedas digitales de banco central en economías emergentes?

—Esta es un área enorme, y hay muchísimos proyectos en marcha en este momento: hay más de cien proyectos distintos de moneda digital de banco central, en distintos estados de desarrollo. Creo que esto está muy ligado a la posición de Estados Unidos dentro del sistema monetario global: por toda una serie de razones, otros países hoy miran la administración estadounidense del sistema del dólar con algo más de recelo que hace unos años. Pero encontrar alternativas es difícil, porque el dólar sigue teniendo una participación enorme en las transacciones cambiarias globales, en la facturación del comercio internacional y en cosas por el estilo. La pregunta es: ¿cómo replicamos las funciones que cumplen el dólar y el sistema del dólar, pero de una manera que no dependa necesariamente de un único hegemón, como China, para proveer todos los bienes públicos necesarios para tener un sistema monetario internacional estable? Para mí estos son los proyectos realmente interesantes. Hay uno llamado mBridge, una asociación de bancos centrales que básicamente usa algunos de los mecanismos de consenso distribuido, tipo blockchain, para que distintos países cooperen en esta arquitectura financiera internacional, en lugar de depender de un solo país para proveer la infraestructura necesaria. Va a ser realmente interesante ver cómo evoluciona esto. Creo que es crucial ver las motivaciones geopolíticas detrás de estos proyectos: sí, es posible que generen ciertas ganancias de eficiencia, pero no es eso lo que realmente los impulsa. En el fondo, se trata de imaginar un sistema monetario internacional que no esté estructurado en torno a Estados Unidos.

“Las decisiones de los bancos centrales son inherentemente políticas, y afectan a todos.”

—¿Podría una moneda digital de banco central convertirse en un nuevo mecanismo “por default” que evite el debate político sobre política monetaria, en lugar de resolverlo?

—Absolutamente. Ya vimos esto en ciertos aspectos del euro digital, donde los parámetros fueron fijados por distintos grupos de trabajo del BCE, que después el Parlamento Europeo y otras partes interesadas van a tener que aprobar o rechazar. Es algo que se termina simplemente poniendo en marcha, y hay buenas razones para eso. Pero también creo que, como usted señala, conviene estar atentos a los aspectos antidemocráticos que esto tiene. Si uno adopta la moneda digital de otro país, eso lo va a condicionar de una manera muy distinta a si es la propia. Si uno participa en estos sistemas internacionales de compensación, hay distintas cosas que un país va a tener que hacer para mantener el acceso a ellos, más o menos como sucede ahora, y eso va a implicar distintos costos políticos. Es realmente importante estar alerta a eso. Esa es, en muchos sentidos, la paradoja que enfrentamos: por un lado, nos gustaría que el sistema monetario se volviera más democrático a medida que atraviesa esta transformación histórica; de la misma manera en que los años 20 fueron muy disruptivos, cuando Estados Unidos empezó a tomarle el lugar a Gran Bretaña como hegemón monetario global, es probable que en los años 20 y 30 de este siglo veamos algo parecido. Si la historia sirve de guía, es probable que sea un período bastante turbulento. Aumentar la participación democrática es un arma de doble filo: por un lado, le otorga legitimidad al proceso, pero por otro lo vuelve mucho más caótico, y puede volverse difícil moverse con agilidad y decisión, algo que a veces es justo lo que hace falta.

—Su investigación actual aplica modelos de lenguaje para volver más legibles los documentos de presupuesto público. ¿Puede una herramienta así reducir el “default hacia lo financiero” que describe en su libro, al volver visibles para el ciudadano común decisiones políticas que hoy quedan ocultas en el lenguaje técnico del presupuesto?

—Absolutamente, lo dijo usted muy bien, ese es exactamente el objetivo. Algo en lo que la generación actual de modelos de lenguaje es muy buena es en tomar un gran bloque de datos semiestructurados, como el presupuesto de una ciudad o de un país, y hacerlo comprensible para alguien. Hoy, para una ciudad mediana de Estados Unidos, uno se encuentra con 300 o 400 páginas de documentos financieros bastante indescifrables, solo para entender preguntas básicas: ¿de dónde viene la recaudación de impuestos? ¿en qué se gasta el dinero? Es tan técnico e inaccesible que, en su sano juicio, prácticamente nadie de a pie se pondría a informarse sobre esto, porque es demasiado opaco. Y aunque lo hicieran, ¿cómo participarían en el proceso para orientarlo hacia algo mejor? Esto es, en realidad, terreno propio de las áreas de finanzas municipales, y de muy pocos más. Incluso muchos concejales o intendentes pueden no entender del todo su propia situación fiscal. Esta es una forma en que, al revisar el funcionamiento interno de estos arreglos financieros, el ciudadano de a pie puede involucrarse de manera más productiva y, con suerte, ejercer algo de presión frente al curso “por default” de los arreglos financieros, ese “vamos a hacer X, Y y Z” que termina pasando por encima de los intereses de los ciudadanos. Vimos mucho de esto con los centros de datos de IA: hay muchos gobiernos que recurrieron a prácticas antidemocráticas para lograr que estos acuerdos se aprobaran, algo muy dañino. Hay mucha evidencia que sugiere que estos acuerdos por centros de datos, al final, no van a resultar ventajosos para las comunidades que los alojan. Creo que cada vez más gente empieza a darse cuenta de esto. Estaría muy bien encontrar maneras de tomar esa misma energía y dirigirla hacia este problema más amplio, más de fondo, del cual esto es solo el último síntoma.

REGULACIÓN DE IA Y MONEDAS DIGITALES. “Un cambio de suerte en la industria de la IA sería enormemente dañino para la salud de la economía estadounidense en su conjunto, y para el sistema financiero”.

—Su próximo libro, “La economía del conocimiento”, analiza cómo el conocimiento económico construye y limita lo que puede conocerse sobre “la economía”. ¿Cómo se conecta esto con todo lo que hablamos hoy?

—Todavía estoy trabajando en terminar de darles forma a todas esas ideas. Pero la idea básica es que, desde hace tiempo, distintos académicos vienen señalando que la economía no es algo que simplemente existe. Es algo que se construye activamente. Contamos con ciertas formas de conocimiento que usamos para orientarnos frente a ella: cosas como el PBI, cosas como los modelos de equilibrio. Esas categorías económicas, a la vez, constituyen el conocimiento que tenemos sobre la economía. Así es como sabemos que la economía crece a tal por ciento, o que la inflación es de tal por ciento, y cosas por el estilo. Pero, por supuesto, esas son solo construcciones abstractas que nosotros mismos creamos. Ahí afuera hay todo un mundo complicado que sí existe de verdad: hay 7.000 millones de personas en este planeta, todas interconectadas de alguna manera, produciendo sus propios medios de subsistencia y reproducción. Hay gente ahí afuera todo el tiempo, pero es muy difícil saber qué está haciendo, y es muy difícil entender cómo encaja todo entre sí. Creo que el covid dejó esto en evidencia de manera inconfundible: todos los problemas en las cadenas de suministro que vimos surgieron del hecho de que nadie tiene una visión completa del sistema en su totalidad. El libro es un intento de pensar cuáles han sido las grandes formas de entender la economía: pensar tanto en una economía del conocimiento ortodoxa, que nos resultaría más familiar, como en una economía del conocimiento más crítica, de raíz marxista. Muestro las limitaciones de ambos enfoques. Luego trato de recuperar algo que llamo la economía sustantiva del conocimiento: estadísticas económicas orientadas a entender la estructura de la economía. Figuras como Vasily Leontief en Estados Unidos, en los años 30, 40 y 50, o varias figuras en Suecia y Noruega en los años 30 y 40, gente que intentaba entender la economía como esta totalidad compleja, y no simplemente como ecuaciones abstractas en un pizarrón. Un caso particularmente interesante es el Proyecto Cybersyn en Chile, que después fue destruido por Pinochet en el 73, pero que había sido puesto en marcha por Salvador Allende como una forma de que el gobierno pudiera tener control sobre su propia economía. Fue un intento bastante primitivo, porque trabajaba con las computadoras de comienzos de los años 70, que no eran muy potentes. Mi orientación teórica es decir: en realidad, hoy tenemos computadoras capaces de hacer cosas asombrosas, ¿por qué no usarlas mejor para ayudarnos a entender la economía? Porque las empresas privadas ya lo hacen todo el tiempo. Amazon, por ejemplo, tiene más conocimiento sobre el estado de la economía global que, creo, cualquier otra entidad sobre la faz de la Tierra. ¿Cómo podríamos nosotros, como participantes democráticos, usar algunas de esas tecnologías en beneficio propio? ¿Cómo hacemos para que el conocimiento sobre la economía no quede monopolizado por estos actores privados, sino que se convierta en algo con lo que la gente común pueda involucrarse de manera productiva, de modo que sienta que tiene alguna capacidad de acción real sobre la estructura de nuestra vida colectiva, y que no sea simplemente algo impuesto desde afuera o desde arriba?

“Si la IA resulta una buena inversión financiera, implica un shock laboral sin precedentes.”

—Al mirar el mapa político actual, ¿qué lo hace pensar “esto es exactamente lo que describí en mi libro”, y qué lo hace dudar de su propia tesis?

—El aspecto principal es la forma en que el conflicto distributivo volvió a ocupar un lugar central: esos conflictos entre grupos sociales son, en gran medida, lo que impulsa buena parte de la política en el mundo, cuando durante mucho tiempo el crecimiento económico generalizado logró mantener esos conflictos bajo control. Creo que esto es bastante inconfundible en el caso estadounidense. Después vinieron los años 70, y luego tuvimos la financiarización y la suba de la bolsa y del valor de las viviendas: todo el mundo se sentía más rico, la marea que sube levanta todos los barcos. Y después llega 2008, y todo eso se frena en seco. Muchos países, en realidad, nunca terminaron de recuperarse del daño económico que dejó 2008. La respuesta a eso es, entonces, pelear por mantener la propia porción de una torta cada vez más chica, en lugar de hacer crecer la riqueza colectiva. Creo que esto está, en gran medida, en la raíz de muchos de los movimientos populistas antiliberales que vimos en Sudamérica, Norteamérica, Europa, Asia, en todas partes. En el fondo es una pregunta fundamental: cómo vivimos juntos en un mundo complejo, globalizado, interconectado, de estados-nación. Es algo muy difícil. Durante mucho tiempo, simplemente asumimos que eso se iba a resolver solo, que por eso a la gente le gustan los mercados como mecanismo de coordinación. Y sin dudas lo son, pero también tienen sus límites. Cómo pensamos esta economía global como sistema es algo en lo que estamos activamente involucrados y que construimos, en lugar de algo parecido al clima, algo con lo que simplemente interactuamos de manera pasiva. Son ese tipo de cosas las que me hacen pensar que no estoy completamente loco, ni completamente equivocado en esto. Vemos en muchos contextos que lo que hace que los responsables de políticas públicas sean tan simpatizantes de la IA es que piensan: esto va a impulsar el crecimiento, va a bajar el costo de servicios públicos como la salud, este es un momento realmente entusiasmante, porque nos ayuda a escapar de la trampa fiscal en la que nos encontramos. Para mí, la burbuja de la IA, o el boom de la IA, es en gran medida una extensión de esa misma lógica de la financiarización, aunque con un componente tecnológico más marcado que los títulos respaldados por hipotecas subprime o cosas por el estilo. Pero creo que la lógica política de por qué uno querría que la IA tuviera éxito, si fuera, digamos, Keir Starmer en el Reino Unido, se explica muy bien a través de la tesis del libro.

—Si las categorías que usamos para medir la economía, el PBI, el crecimiento, cualquiera de los índices económicos, forman una ontología, ¿cuánto está afectada esa ontología por la metafísica y la religión?

—Esa es una pregunta realmente interesante. En cierto sentido, se convierten en objetos de una especie de especulación metafísica, casi de una manera teológica: tenemos a este grupo de personas llamadas economistas, a quienes se imagina con un acceso privilegiado al funcionamiento del sistema que produce esos agregados, y después la gente toma decisiones para hacer que ciertos números suban y otros bajen. Los vínculos entre ambas cosas no siempre son claros. De hecho, la conferencia de Jackson Hole, que la Reserva Federal organiza todos los años, se realiza, creo, la semana que viene en Wyoming. En medio de todo esto, la gente se pregunta: ¿va a subir la Fed las tasas o no? Ni siquiera está del todo claro cómo, en este momento, subir las tasas mejoraría las perspectivas de estabilidad de precios. Cuando uno se mete de verdad en el mecanismo concreto, ¿cómo exactamente subir el costo de endeudamiento en 25 o 50 puntos básicos se traslada al conjunto de la economía y a todo lo que compone el índice de precios al consumidor, lo que en Estados Unidos entendemos por inflación? Eso se vuelve menos claro cuando uno intenta desglosarlo mecánicamente. Hay algunos canales que se entienden muy bien: la inversión fija, los bienes durables, cosas por el estilo. Pero, de manera muy básica, si uno piensa en la crisis en Medio Oriente ahora mismo: subir las tasas de interés, o bajarlas, no cambia cuánto petróleo sale del Golfo Pérsico. Esos vínculos terminan siendo casi mistificados, casi místicos, y repetimos las mismas especies de conjuros, porque es lo que siempre hicimos. Estamos, en cierto modo, apegados a esa sensación de normalidad que nos dan estos rituales. Creo que eso es, a la vez, comprensible, muy estabilizador, pero también puede ser tremendamente inútil si vivimos en un mundo en el que esos rituales ya no aplican. Por eso realmente creo que este es un momento para una teorización audaz sobre la economía. Es lo que espero estar haciendo en el próximo libro: intentar superar los límites que nos imponemos a nosotros mismos sobre lo que podemos conocer acerca de la economía, porque eso trae toda una serie de consecuencias que creo que tienen mucho que ver con el presente. Pensando de manera más imaginativa sobre qué puede llegar a ser el conocimiento económico, quién puede tenerlo y cómo se lo utiliza, creo que esa es la única vía hacia un futuro mejor. Si hay un camino más fácil, me encantaría escucharlo. Pero para mí, ese es el problema que me está orientando en el futuro cercano. Y ya veremos si eso llega a algún lado. 

 

Producción: Sol Bacigalupo.