Día Internacional del Té

Catalina de Braganza, la reina portuguesa que enseñó a los británicos a tomar té

La infusión de camelia era solo una costosa rareza médica confinada a las boticas de Londres. Ahora, todo cambió con la llegada de la infanta portuguesa, quien transformó este hábito exótico en el ritual de sofisticación definitivo para la corte inglesa.

Catalina, esposa de Carlos II, ayudó a poner de moda el té entre la nobleza inglesa Foto: Collage

El imaginario popular contemporáneo asocia de forma automática el té con la fisonomía de la identidad británica, aunque la historiografía comercial demuestra que el Reino Unido llegó con un retraso a esta mesa. A ciencia cierta, los verdaderos introductores de la hoja en Europa occidental fueron los portugueses y los holandeses a principios del siglo XVII.

Sus mercaderes lusos importaban el producto directamente desde sus bases en Extremo Oriente, convirtiéndolo en un consumo de gran prestigio en los círculos aristocráticos de Lisboa mucho antes de que el paladar inglés registrara formalmente su existencia. El factor definitivo que alteró el curso de esta historia fue una alianza matrimonial estratégica y el contenido de un cofre de viaje de una princesa portuguesa, Catarina de Braganza.

A juzgar por los hechos, ella nació el 25 de noviembre de 1638 en el Palacio de Vila Viçosa, en el seno de una de las casas nobles más influyentes de la península ibérica. Su padre, el duque de Braganza, fue coronado como Juan IV de Portugal en 1640 tras liderar la sublevación que puso fin a sesenta años de dominio de los Habsburgo españoles.

Criada bajo una estricta tutela materna dirigida por Luisa de Guzmán, y educada principalmente en la clausura de un convento próximo a la residencia familiar, la infanta creció consumiendo té de forma cotidiana.

El Día Internacional del Té se celebra cada 21 de mayo

En tanto Portugal dominaba las rutas comerciales y distribuía el té hacia Francia y los Países Bajos, Inglaterra carecía de acceso directo a las fuentes asiáticas y dependía de importaciones menores de contrabando o de la adquisición de lotes muy costosos en el mercado holandés. A mediados del siglo XVII, la corte inglesa se encontraba sumida en las turbulencias de la Guerra Civil y el posterior Protectorado puritano de Oliver Cromwell, un período que restringió el lujo y las influencias continentales en la sociedad británica.

Sin más, la restauración monárquica de Carlos II en 1660 supuso una profunda transformación en la corte inglesa, ansiosa por recuperar la fastuosidad y el refinamiento perdidos, aunque la Corona padecía una asfixiante falta de liquidez. Ante este contexto geopolítico, la reina regente de Portugal, Luisa de Guzmán, negoció una alianza matrimonial que proporcionara a su país apoyo militar y naval británico frente a las represalias del reino de España.

Así, la dote ofrecida por Portugal resultó irresistible para el soberano inglés: dos millones de coronas de oro, los enclaves estratégicos de Tánger en el norte de África y Bombay en la India, así como derechos de libre comercio dentro de las vastas rutas del imperio ultramarino portugués.

Portsmouth es una ciudad del sudeste de Inglaterra, en Hampshire

El 23 de abril de 1662, tras años de complejas negociaciones, la infanta se despidió de su patria en la Plaza del Palacio de Lisboa para embarcar en el navío inglés Royal Charles, un imponente buque de guerra dotado de cañones de bronce y una tripulación de 680 hombres. Catalina llegó a Portsmouth en la tarde del 13 de mayo de 1662, tras una travesía tormentosa y extenuante de varias semanas.

Debilitada por el mareo y la fatiga del viaje, su primera petición formal al pisar tierra inglesa fue una taza de té. Al no disponer de la exótica hoja en la localidad costera, las autoridades británicas, desconcertadas ante la solicitud de la realeza, le ofrecieron en su lugar una jarra de cerveza suave local (ale).

El encuentro personal con el rey Carlos II tuvo lugar el 20 de mayo, y al día siguiente, el 21 de mayo de 1662, la pareja contrajo matrimonio en Portsmouth. Se celebraron dos ritos diferenciados para sortear los conflictos confesionales de la época: una ceremonia católica celebrada en estricto secreto, oficiada para respetar las convicciones de la novia, seguida de una bendición pública anglicana inscrita en la iglesia parroquial de St. Thomas à Becket.

El choque de costumbres

El monarca inglés, si bien elogió los ojos de su esposa en la correspondencia oficial, no tardó en calificarla como una mujer carente de belleza deslumbrante y continuó frecuentando a una profusión de amantes públicas, destacando Barbara Villiers, quien esperaba el segundo hijo del rey al momento de producirse las nupcias reales. A esto se sumó la hostilidad y mofa de los cortesanos ingleses hacia el recato de la reina, sus modales devotos de corte conventual y las faldas tradicionales con armazón (guardainfantes) de su séquito portugués.

Sin embargo, Catalina introdujo su amor por el té como un hábito cotidiano de distinción que pronto se convirtió en una herramienta de influencia cultural en la corte. En un país donde nobles y plebeyos desayunaban habitualmente small beer —cerveza con un volumen alcohólico menor al 2.8% empleada por su aporte calórico, valor nutricional y como método de hidratación libre de patógenos— o densas preparaciones de cerveza hervida con huevo, mantequilla, azúcar y nuez moscada, el té se erigió como una alternativa limpia, estimulante y sobria. 

Aun así, la consumación del té como rito de distinción requería espacios y objetos singulares que transformaron la cultura material de la élite inglesa. Al ser un producto sumamente costoso, el té se almacenaba bajo llave en cofres de laca japonesa (Japan boxes) y se preparaba exclusivamente en gabinetes privados (closets o boudoirs) anexos al dormitorio real, lejos de las miradas de las cocinas ordinarias de palacio. El ritual requería además la adquisición de delicadas vajillas de porcelana china que toleraran el agua hirviendo.

Antes existía una fecha previa, el 15 de diciembre, impulsada por la crisis del sector del té a fines de los 90​

El impacto de esta nueva etiqueta cortesana quedó inmortalizado por el poeta y político Edmund Waller, quien en 1663 escribió una oda con motivo del cumpleaños de la soberana, reconociendo la doble deuda de la nación con Catalina y con la patria portuguesa por abrirles el camino hacia la exótica planta :

"The best of Queens, the best of herbs, we owe

To that bold nation which the way did show."

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Antes de que Catalina impusiera esta moda aristocrática, el té en Inglaterra era una rareza confinada a la experimentación científica y médica. El comerciante Thomas Garway había colocado anuncios impresos en 1657 vendiendo té en Exchange Alley a precios exorbitantes de entre seis y diez libras esterlinas la libra

MV