¿Cambia el paradigma?

La revancha de los lácteos enteros: qué dice la evidencia científica más reciente sobre su relación con las afecciones cardiovasculares

Desde hace lustros, los consejos de los expertos en nutrición son categóricos: a la leche, el yogur y el resto de los lácteos, lo mejor es consumirlos “desgrasados” y no “enteros”. Y recordaban su costado negativo a la buena salud cardiovascular al aportar un alto contenido de grasas saturadas. Sin embargo, nuevas revisiones científicas analizaron una cantidad de estudios recientes y la nueva evidencia parece indicar que los “enteros” podrían no tener efectos tan adversos sobre el corazón.

CAMBIO DE PARADIGMA. Los alimentos son mucho más que la mera suma de sus nutrientes. Foto: Freepik / Cedoc /Gza: Entrevistados

Durante décadas, los lácteos enteros ocuparon un lugar incómodo y negativo dentro de las recomendaciones nutricionales tradicionales. Por su alto contenido en grasas saturadas, se los convirtió en uno de los alimentos marcados por su potencial riesgo para la salud cardiovascular. A punto tal que muchas guías nacionales promovieron el consumo de las versiones descremadas como alternativa preferida.

Sin embargo, una creciente cantidad de investigaciones está comenzando a cuestionar esa visión y a plantear que la relación entre estos alimentos y la salud es mucho más compleja de lo que se creía.

La discusión volvió a la palestra tras la publicación de una revisión científica realizada por investigadores de la Universidad de Vermont en la revista médica “Frontiers in Nutrition”. Este trabajo compiló importantes estudios publicados durante una década buscando evaluar la relación entre el consumo de lácteos enteros y distintos indicadores de la salud cardiometabólica. Se analizaron sus relaciones con la obesidad, la presencia de diabetes tipo 2, el grado de inflamación, la presión arterial, los niveles de colesterol y el riesgo cardiovascular general.

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La principal conclusión fue llamativa: en la mayoría de las investigaciones revisadas no se encontró una asociación significativa entre el consumo habitual de lácteos enteros y efectos adversos directos sobre la salud cardiometabólica. Al contrario, algunos trabajos incluso detectaron posibles beneficios, especialmente en productos como la leche y el yogur.

Para los especialistas, estos resultados forman parte de un cambio conceptual amplio que impacta sobre la nutrición: la idea de evaluar a los alimentos únicamente por la presencia de uno de sus componentes -como grasas saturadas- está siendo reemplazada por enfoques que consideran la complejidad de cada producto alimentario.

“La evidencia científica está evolucionando hacia una comprensión mucho más amplia de los alimentos. Hoy sabemos que no alcanza con analizar un nutriente en particular, sino que también importa la estructura del alimento, su matriz y la interacción entre sus componentes”, explicó María Elena Torresani, licenciada y doctora en Nutrición e integrante de Profeni, un grupo interdisciplinario de expertos en nutrición infantil.

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Uno de los conceptos centrales de esta nueva mirada es el de “matriz alimentaria”. En el caso de los lácteos, se refiere a la compleja organización física y química que determina cómo interactúan grasas, proteínas, minerales y otros compuestos dentro del alimento.

Los investigadores destacan que la grasa láctea no está formada exclusivamente por grasas saturadas. También contiene ácidos grasos de cadena corta y media, fosfolípidos, esteroles y proteínas distribuidos en estructuras microscópicas específicas que podrían influir en la forma en que el organismo los procesa.

Algunos de esos compuestos han despertado especial interés científico. Entre ellos se encuentra el ácido butírico, una sustancia asociada con propiedades antiinflamatorias y beneficios para la salud intestinal. También aparece el ácido linoleico conjugado (CLA), considerado por diversos estudios como un componente con potencial efecto cardioprotector.

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Además, la matriz láctea no es igual en todos los productos. Procesos como la fermentación modifican la estructura de la grasa y generan nuevas interacciones biológicas. Por esa razón, yogures y quesos podrían comportarse de manera diferente a otros alimentos que contienen grasas saturadas.

“Cuando los lácteos se someten a procesos industriales que reducen su contenido graso, se pierden también una cierta cantidad de moléculas que pueden cumplir funciones importantes, como el ácido butírico”, le dijo a PERFIL la nutricionista Bárbara D’Angelis, docente de la carrera de la Universidad de Morón. Y agregó: “se sabe que este no afecta a la salud cardiovascular y que contribuye a metabolizar vitaminas esenciales como la A, la D y la K, todas claves para absorber nutrientes. La adecuada presencia de vitamina D, en particular, es muy importante para que se pueda absorber calcio y fósforo, esenciales para permitir el desarrollo de los huesos”.

La revisión también cita investigaciones epidemiológicas que refuerzan esta tendencia. Entre ellas aparece el estudio británico EPIC-Norfolk, que observó que reemplazar grasas saturadas provenientes de carnes por grasas de origen lácteo podría asociarse con una reducción del riesgo cardiovascular.

Otros trabajos incluidos en la revisión encontraron posibles asociaciones entre el consumo de grasa láctea y una menor incidencia de diabetes tipo 2, síndrome metabólico e incluso una menor ganancia de peso corporal a largo plazo.

Todo en su medida

Por supuesto, los especialistas advierten que estos resultados recientes no deben interpretarse como una habilitación total para consumir cualquier cantidad de productos lácteos ni como una evidencia definitiva de su posible efecto protector. “El mensaje no es que todos los alimentos sean equivalentes ni que exista un único alimento protector. Lo importante es comprender cómo se integran dentro de un patrón alimentario global, variado y equilibrado”, detalla la doctora Mónica Katz, médica especialista en Nutrición, expresidenta de la Sociedad Argentina de Nutrición e integrante de PROFENI.
 

EXPERTA. Mónica Katz, médica especialista en Nutrición, expresidenta de la Sociedad Argentina de Nutrición e integrante de PROFENI.


La evolución de la evidencia científica está impulsando una transformación en la forma de elaborar recomendaciones alimentarias. Cada vez más expertos consideran que la calidad global de la dieta resulta más relevante que la presencia o ausencia de un nutriente particular.

En ese contexto, las guías continúan promoviendo patrones alimentarios equilibrados, con abundancia de frutas y verduras, proteínas de calidad, cereales integrales y productos lácteos dentro de cantidades adecuadas. El foco ya no está puesto en demonizar alimentos específicos, sino en entender cómo interactúan dentro del conjunto de la alimentación. Y en que cada chico o adulto esté adecuadamente supervisado respecto a los detalles de su dieta más saludable en cada momento vital.

La conclusión más sólida indica que los alimentos son mucho más que la suma de sus nutrientes, y que entender esa complejidad podría llegar a cambiar varias de las recomendaciones que dominaron la alimentación durante las últimas décadas.

En un alimento, el todo es más que la suma de sus partes

Durante años, buena parte de las recomendaciones nutricionales se construyeron alrededor de nutrientes individuales. Las grasas saturadas, el colesterol, el azúcar o el sodio eran analizados por separado para determinar si un alimento era saludable o no. Sin embargo, una creciente corriente científica propone mirar el panorama completo.

Ese enfoque se conoce como “matriz alimentaria”. El concepto sostiene que los efectos de un alimento sobre el organismo dependen no solo de los nutrientes que contiene, sino también de cómo están organizados físicamente y de las interacciones que se producen entre ellos durante la digestión y el metabolismo.

 

 

En los lácteos, por ejemplo, las grasas saturadas conviven con proteínas, calcio, vitaminas, fosfolípidos y diversos ácidos grasos bioactivos. Además, procesos como la fermentación del yogur o la maduración de los quesos modifican esa estructura y generan nuevas propiedades biológicas.

Por eso, dos alimentos con una cantidad similar de grasas saturadas pueden producir efectos diferentes sobre la salud. Según los especialistas, este concepto ayuda a explicar por qué algunos estudios no encuentran asociaciones claras entre el consumo de lácteos enteros y un mayor riesgo cardiovascular.

La idea no implica que las grasas saturadas hayan dejado de importar, sino que su impacto debe analizarse dentro del contexto del alimento completo y del patrón alimentario general. Para muchos expertos, se trata de uno de los cambios conceptuales más importantes de la nutrición moderna y una herramienta clave para diseñar recomendaciones más precisas y basadas en evidencia.