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BLOOMBERG
martes 28 enero, 2020

El cambio climático es real y muy costoso

En el frío y enrarecido aire de Davos, los últimos días se vio otro aumento en la temperatura del debate mundial sobre el cambio climático.

Dr. James Nixon

Climate Fight Takes a Step Back With No Deal on Carbon Markets Foto: Bloomberg
martes 28 enero, 2020

En el frío y enrarecido aire de Davos, los últimos días se vio otro aumento en la temperatura del debate mundial sobre el cambio climático. Mientras Greta Thunberg lideraba las solicitudes a los líderes políticos reunidos en el Foro Económico Mundial para que tomaran acciones urgentes que eviten una catástrofe climática, Donald Trump usaba la misma plataforma para denunciar a los "profetas del apocalipsis". La confrontación virtual entre Trump y Thunberg se dio pocas semanas después de que la cumbre de cambio climático de la ONU en Madrid terminara en un estancamiento.

El espectáculo casi apocalíptico de los incendios forestales que aún arden en Australia y otro año de temperaturas récord y climas extremos podrían parecer suficiente para sacar al mundo de su parálisis. Sin embargo, un consenso global para una acción más radical sobre el cambio climático parece esquivo. ¿Por qué?

Una posible razón es que los formuladores de políticas no tienen incentivos económicos para actuar. Es difícil poner el costo del cambio climático en cifras concretas, y hasta hace poco los economistas no contaban con las herramientas adecuadas para la tarea. En consecuencia, el calentamiento global rara vez aparece en las proyecciones económicas que habitualmente moldean la formulación de políticas. Eso impulsa a los líderes a actuar como si el cambio climático no tuviera un precio.

Sin embargo, ya sabemos que no es así. En los últimos años, los científicos han desarrollado nuevos métodos para proyectar los efectos del cambio climático que tienen en cuenta las temperaturas extremas, las lluvias más fuertes, las sequías, las inundaciones, las tormentas, el aumento en los niveles de los océanos y su acidificación. Además, a medida que sus estimaciones se han vuelto más precisas, también se han vuelto más pesimistas. Los cálculos de daños entre 1998 y 2008 representaron un pequeño porcentaje del PIB global; las estimaciones recientes creíbles son de una mayor magnitud. Las emisiones descontroladas arrebatarían al mundo el 30% de su economía para 2100, de acuerdo con las estimaciones económicas posibles más amplias.

En un plazo más corto, encontré en un análisis de Oxford Economics que el calentamiento de 2 grados centígrados que se espera para 2050 en un escenario de emisiones altas implicaría costos de entre 2,5% y 7,5% del PIB global. El impacto se sentirá de manera desigual en todos los países y las economías, con India, África y América Central como los más afectados.

La percepción de que los riesgos son menores de lo que en realidad son obstaculiza los esfuerzos para abordar el cambio climático. Igualmente peligrosa es la creencia común entre algunos círculos de gobierno, políticas y negocios de que una mayor inversión para la adaptación al cambio climático en el corto y el mediano plazo compensará su impacto económico. En esencia, la inversión no es productiva, ya que no reemplaza las existencias de capital existentes. Entonces, además de los daños directos causados por el cambio climático, el crecimiento económico será aun menor a medida que los esfuerzos de adaptación reduzcan las tasas de crecimiento potenciales.

El precio parece aun mayor si se tiene en cuenta el valor económico potencial de los bienes que normalmente se excluyen de las estimaciones del PIB basadas en el mercado, como el capital natural que se enfrenta a la extinción por la degradación ambiental y los costos en términos de mortalidad humana.

La dificultad de poner la cada vez más dura realidad del cambio climático en cifras concretas no ha permitido una respuesta política seria a la amenaza. No obstante, al igual que con la ciencia climática, el argumento económico a favor de la acción ahora parece indiscutible. Además, está aumentando la presión sobre los formuladores de política, quienes ya no pueden darse el lujo de distanciarse de los costos que estamos a punto de sentir.


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