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COLUMNISTAS / DESAFIOS Y NUEVOS GOBIERNOS
sábado 7 abril, 2018

Con la democracia se come, se cura y se educa, pero...

Hoy la gran amenaza ya no es el retorno a las dictaduras, sino el populismo.

por Eduardo Reina

A 33 años de la vuelta de la democracia. Foto: Cedoc
sábado 7 abril, 2018

Una de las lecciones más difíciles que nos tocó aprender a los latinoamericanos, tras décadas de dictaduras, es que solo la democracia es el camino para lograr una sociedad libre y justa. Más difícil todavía fue darnos cuenta de que la democracia no es una cura inmediata ni la solución para todos los problemas. Nunca está de más recordar la sentencia de Churchill, según la cual es “el peor sistema de gobierno, excepto por todos los demás sistemas” (discurso en la Casa de los Comunes, en 1947). 

La vida bajo las dictaduras nos hizo idealizar la democracia, y nos olvidamos de que construirla era un trabajo mucho más difícil que simplemente ir a votar. Como dice Norberto Bobbio las paradojas de la democracia son dificultades o contradicciones internas. Queremos una sociedad mejor, pero la queremos ya, y esa impaciencia no nos ayuda a avanzar, sino que nos lleva de nuevo al casillero de salida.

En Argentina, la primera decepción llegó a fines de los 80, con las penurias económicas del gobierno radical, y más tarde con la crisis de 2001. La democracia había fallado en sus promesas de equidad, generando desempleo y exclusión, además de una corrupción inédita, en la década de los 90. Es en estos momentos de desencantos, cuando las sociedades vuelven la vista a personajes poco democráticos, pero que ofrecen soluciones drásticas y efectivas.

Hoy la gran amenaza ya no es el retorno a las dictaduras, sino el populismo. Aunque parezca un modelo superado en la mayoría de los países –con excepciones como Venezuela–, los nuevos gobiernos siguen en la cuerda floja. En caso de no hacer las cosas bien y de no cumplir las expectativas, los votantes más impacientes optarán por el regreso de la alternativa populista.

La corrupción continúa siendo el mayor fantasma que afecta a estos gobiernos. El caso más escandaloso, el de Odebrecht, ya involucra a empresarios y políticos de 12 países. Hace poco, se cobró por primera vez a un primer mandatario en funciones: el presidente Kuczynski, de Perú. Pero el caso más sonado es el de Brasil, donde la posible condena del ex presidente Lula ha llevado a la división de la sociedad y a una crisis institucional. Mientras que los partidarios de Lula (en Brasil y en el exterior) aún lo defienden, aduciendo que todas las acusaciones se deben a una operación de la derecha, otro segmento de la población está harto de lo que interpreta como un caso de impunidad camuflada como defensa de los intereses populares.

Quizás la señal más alarmante fue el mensaje de los militares brasileños, que se mostraron a favor del proceso contra el ex presidente, en defensa de la Constitución y de “todos los ciudadanos de bien”. Una advertencia así no solo trae ecos de un pasado dictatorial, sino que es directamente ilegal, ya que en Brasil no se permite que los militares hagan declaraciones públicas de carácter político. Más estremecedora resulta la división implícita que se establece al hablar de “ciudadanos de bien” (¿qué serían, en ese caso, los defensores de Lula?). 

Es importante mirar a Brasil no sólo por las repercusiones regionales que tienen siempre los sucesos en el país vecino, sino porque lo que está ocurriendo allí no es una excepción, sino un síntoma de la crisis de la democracia a escala continental y global. Las sociedades tienden a buscar salidas inmediatas frente a la desilusión provocada por el sistema democrático, sea de la mano de líderes populistas o de figuras mesiánicas. Pero estas soluciones tienden a agravar los problemas en lugar de resolverlos. 

El desafío, hoy en día, es mantener una transparencia a ultranza que impida que las democracias se conviertan en víctimas fáciles del oportunismo. La salida es fortalecer el sistema de partidos, que acaso sea la peor alternativa “a excepción de todas las demás”. Con sus imperfecciones, los partidos trascienden la debilidad de los individuos y son los únicos que pueden establecer pactos institucionales a largo plazo que garanticen la supervivencia de la democracia.

*Consultor especializado en comunicación institucional y política. (@ossoreina).


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