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COLUMNISTAS / Partidos
viernes 15 mayo, 2020

Coria-Gaudio revisited

En Hijos de los hombres –una película apocalíptica que ahora es realista, de la misma manera en que lo es Orlando de Virginia Woolf, por otros motivos–, uno ve un mundo distópico en el que los ricos viven mirando cosas que pasaron y que ya no volverán pero, como dice un personaje de manera cínica, “qué me importa, nunca pienso en eso”. 

La programación de la second life que estamos viviendo me deparó que viera por primera vez algo que pasó hace siglos: el partido final de Roland Garros que jugaron Guillermo Coria y Gastón Gaudio. Me habían hablado de ese extraño match –larguísimo–, pero nunca lo había visto, y así como mucha gente puede decir qué estaba haciendo el día que se jugó, yo no tengo ni idea. El tenis no me atrae mucho. Viví el comienzo de su explosión en Argentina de la mano de Vilas y recuerdo que tenía cierto erotismo fetichista sobre la ropa Fila que usaban Vilas y Borg. Y que la final Vilas-Connors de Forest Hills fue el único partido que vi completo. 

Lo primero que me impactó de Coria-Gaudio fue que había mucha gente y que no guardaban distancia social. Lo segundo fue la rapidez con la que Guillermo Coria se puso en ventaja. Aun sabiendo que había ganado Gaudio, uno pensaba cómo mierda iba a hacer para dar vuelta ese ataque implacable de Coria. Daba la sensación de que en la repetición iba a perder. Coria iba a ser el número uno si ganaba, tenía un padre que le venía comiendo la cabeza con eso desde chico, tenía talento, lo estaba demostrando. Pero una de las enseñanzas que depara esta final es que la vida tiene un humor genial: te creés que vas a ser el rey del mundo y viene un idiota y te gana el partido. 

Cuando Rousseau estaba en el bote, meditando, en uno de sus paseos solitarios, tuvo la emoción de despegarse de las ataduras del mundo, de gozar de sí mismo, de nada. Algo de eso le pasó a Gaudio cuando empezó a dar vuelta el partido. Basta ver cuando levanta unos match points increíbles con una habilidad pasmosa y se ríe no de nervios, sino porque está haciendo algo divertido: a diferencia de Coria, que está alienado, él está jugando. La tercera cosa que me sorprendió fue la belleza estándar del técnico de Gaudio, Franco Davin, que miraba el partido casi de manera displicente. A diferencia de Ion Tiriac, que solía hacerle gestos esotéricos con la mano a Vilas, Davin solo buscaba el mejor perfil para broncearse.


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