En 1989, el economista británico John Williamson (1937-2021), que tuvo una destacada carrera en organismos internacionales como el Banco Mundial y las Naciones Unidas, y en instituciones académicas como el Instituto Tecnológico de Massachusetts, acuñó la denominación Consenso de Washington. Esta definía las diez medidas que proponían el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos (todos con base central en Washington) para afrontar la aguda recesión que padecían entonces la mayoría de los países de América Latina. Destinada también a países en crisis en otros continentes, ninguno de ellos potencias industriales, la fórmula consistía, tal como la describe la analista internacional española Ana Montes en el sitio El Orden Mundial, en minimizar el gasto público, los impuestos y las subvenciones, acoger y facilitar la inversión extranjera y local, favorecer a la empresa privada, desregular los precios y los despidos, y asegurar los derechos de propiedad privada, intelectual y de empresa. De manera “oficial”, el neoliberalismo se instalaba entonces en nuestro continente, monitoreado por los organismos nombrados.
En la Argentina, sin embargo, se había adelantado durante la década de los años 70 al amparo de la dictadura militar. Su mascarón de proa fue Alfredo Martínez de Hoz, ministro de Economía de ese régimen e íntimo amigo del magnate David Rockefeller, como supuestamente lo es hoy Javier Milei de Donald Trump. En un artículo publicado en la revista de educación Magister, del Instituto Superior Particular Incorporado Fray Francisco de Paula Castañeda, de Santa Fe, Maximiliano Vandenberghe describe los puntos destacados de aquella gestión: “La derogación de la nacionalización de los depósitos bancarios; la eliminación de precios máximos; la modificación de tarifas de servicios; la liberación de tasas de interés y del tipo de cambio; la reducción notable de los aranceles de importación y la prohibición del derecho de huelga, entre otras”. A continuación, el autor enumera los efectos de esa política: llegada masiva de productos foráneos con la consecuente considerable caída de la producción de las industrias nacionales y un crecimiento notable del desempleo. A eso se sumaba la política cambiaria que encarecía el país y facilitaba viajar al exterior, con grandes pérdidas para los sectores que dependían del turismo nacional.
Las recetas neoliberales echaron raíces, encontraron ejecutores feroces como Menem y Cavallo, o vacilantes como Macri, y nunca fueron desinstaladas por el populismo kirchnerista, que las combatía de palabra, pero estaba más ocupado en sus proyectos de corrupción. Así llegamos al presente, en el que no hay nada nuevo, salvo la desfachatez de la aplicación (con un ministro de Economía que incita a no consumir productos nacionales y uno del Interior que no ve desocupación en donde esta brota como hongos al calor de importaciones irrestrictas, a contramano del mundo). La historia no siempre es lineal. A menudo es circular y regresa a puntos por donde ya pasó. Solo puede ignorarlo la masa crítica de una sociedad dispuesta a ejercer una amnesia voluntaria, una demencia fingida o una ignorancia militante.
Decía el historiador y político francés Alexis de Tocqueville (1805-1859), sagaz observador de los fenómenos sociales, que en las sociedades entregadas a la búsqueda de la salvación personal se olvida el interés colectivo. Es fácil entonces arrebatarles a esas sociedades sus derechos porque, advertía De Tocqueville, los entregan mansamente.
*Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Austral.