CULTURA
Apuntes en viaje

La sanación

Del bolsillo izquierdo del delantal desabotonado asoman un estrecho bloc de hojas y un puñado de lapiceras, de distintos colores. Es de día.

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| MARTA TOLEDO

Desde la ventana de la habitación se obtienen unas vistas espléndidas del patio interior del hospital. Allí conviven, junto al cerco vivo, bancos de piedra dispuestos en coreográfico sentido, dos castaños en flor y un conjunto de cipreses enconados por el arte de la jardinería. Es de noche. Una brisa persistente oxigena el ambiente sofocado por los vapores del verano porteño. Mariano cierra la ventana; está cansado, duerme poco a causa del cóctel medicamentoso. Las venas endurecidas de los brazos, la perfusión que encontrará mejor recepción en las arterias de los pies. Vuelve a la cama sin desprenderse del pie porta suero que atesora la magia. Recostado ya, con un movimiento elástico estira su brazo derecho hacia atrás; tantea el respaldar, juguetea con sus dedos hasta dar primero con la bolsa plástica llena de magia, luego con la llave de paso, que abre con pericia. Ahhh… (largo suspiro.)

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El médico es un rubio treintañero aficionado al fitness. Viste mocasines negros, camisa blanca y corbata oscura; pantalón caqui, el pelo rebelde bien peinado. Del bolsillo izquierdo del delantal desabotonado asoman un estrecho bloc de hojas y un puñado de lapiceras, de distintos colores. Es de día. Mariano todavía sacudido por el atracón de morfina de la noche anterior. El doctor avanza ahora sobre él. Toma la silla del escritorio y la coloca junto a la cama; se inclina hacia adelante, dejando el cuerpo levemente sostenido por sus antebrazos, dejando su rostro a corta distancia del paciente, dejando escapar las palabras: escúcheme bien lo que le voy a decir. Mariano percibe que algo no está bien.

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Cuando la puerta se abrió, Mariano fue el primero en verlo. Al que llamaban Dr. King tenía el pelo ondulado, aunque ya le comenzaba a ralear por la coronilla, la piel ceniza, y no era demasiado alto aunque sí muy delgado. Iba vestido con una chomba Lacoste gris y una finísima campera rompevientos. En lo primero que se fijó fue en la silla de ruedas de Mariano, que le sorprendió agradablemente, como si no esperara esa súbita materialización. Mariano, por su parte, no pudo evitar mirarle el brazo derecho; su sorpresa, que esta vez no tuvo nada de agradable, fue mayúscula al constatar que del puño de la campera sobresalía una mano metida en un vendaje grueso. Detrás de King entró una enfermera, no la que los había atendido hasta ahora, sino otra, un poco más joven y mucho más morocha, que se sentó en una silla junto a una de las ventanas y desplegó sobre la falda la historia clínica que empezó a leer, desentendiéndose de todo menos de King, que pasó a presentarse como kinesiólogo recibido y admirador de la obra del padre José Ignacio Peries, reconocido por su efectiva imposición de manos; les extendió la izquierda a Mariano y a Alejandro, quienes se la estrecharon con cuidado, y luego se sentó en otra silla, junto a la cama, y se dedicó a observar a Mariano, como si en aquella habitación solo existieran ellos dos (las sombras que se desplazaban por el interior del pabellón creando ángulos donde antes no los había, inciertos dibujos que aparecían de pronto en las paredes, círculos que se difuminaban como explosiones sin sonido.) Al principio King hizo un ligero, casi imperceptible, esfuerzo por entablar un diálogo. Luego cerró los ojos y procedió a realizar lo que realmente había ido a hacer. Dejó su mano mala en el bolsillo de la campera y extendió lo más que pudo la otra hasta dejarla caer sobre el tórax del enfermo. Y ahí quedó, durante casi veinte minutos.