CULTURA
crítica

Donde todo es posible

Vitagliano explora con un estilo personal los dispositivos de escritura de los escritores, entendiendo “dispositivo” en el sentido que le asigna Giorgio Agamben: “cualquier máquina, elemento o artificio que contenga al menos la capacidad de orientar las conductas de los individuos.

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En una escena de Viaje a las cosas (2023), de Miguel Vitagliano, el narrador arma una serie literaria compuesta por distintos textos decimonónicos en los que un otro asesino y depredador es la contracara de un mismo yo: allí están Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, El retrato de Dorian Gray, La isla del Dr. Moreau y Drácula. Si aquella era una novela que incorporaba fragmentos ensayísticos, bien podría decirse que Sala de máquinas en cierto sentido invierte la premisa, ya que se trata de ensayos que a menudo echan mano de la narración y de la anécdota curiosa. Además, la operación de construir una serie, es decir, reunir textos, personas o acontecimientos a partir de sus semejanzas –y a veces también a partir de sus diferencias– es aquí el procedimiento central.

Vitagliano explora con un estilo personal los dispositivos de escritura de los escritores, entendiendo “dispositivo” en el sentido que le asigna Giorgio Agamben: “cualquier máquina, elemento o artificio que contenga al menos la capacidad de orientar las conductas de los individuos. Desde el lápiz a los teléfonos celulares, y desde las pantallas a los cuadernos de notas”. De este modo, el autor se concentra en los escritorios y en los soportes de quienes escriben, analiza su función y se pregunta si hay alguna relación entre el lugar donde se escribe y aquello que es escrito. Traza por ejemplo un paralelismo entre la luz siempre encendida del escritorio de Flaubert (ubicado en la segunda planta de la casa), el cual, según se dice, servía de faro para los pescadores de la zona; y el escritorio de Virginia Woolf, allí donde concibe Un cuarto propio, un libro faro para que las mujeres decidieran qué, cuándo y cómo escribir, y a la vez “un escritorio para dejar de ser invisibles en la casa-mundo”. Analiza, asimismo, el momento en que Sarmiento se sienta en el escritorio de Rosas luego de su derrota en la batalla de Caseros y, desde ahí, les escribe cartas a sus amigos con los papeles y la tinta del enemigo vencido. Se trata de un espacio de combate, y la escena, al decir del mismo Vitagliano, puede verse en contrapunto con la de William Gibson, cuando éste lee los cuentos de Borges reunidos en Labyrinths en el escritorio familiar que había pertenecido a Francis Marion, héroe de la independencia de Estados Unidos, y concluye, años más tarde, que ese mueble estaba embrujado, y que la lectura de Borges lo había transformado como lector.

Los ensayos de Vitagliano indagan con lucidez en las condiciones de la escritura y en los dispositivos materiales que la conforman y le dan entidad, ya sea en la realidad de los escritores o en el mundo literario de sus personajes: Hemingway cuenta las palabras que escribe por día para subrayar su disciplina de trabajo, en tanto que en Misery, de Stephen King, proliferan las máquinas de escribir. La metáfora de la sala de máquinas es central, debido a que se trata del lugar (físico, pero también imaginario) donde la literatura es concebida, es decir, donde todo es posible.

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Sala de máquinas

Autor: Miguel Vitagliano

Género: ensayo

Otras obras del autor: Viaje a las cosas; Enterrados; Tratado sobre las manos; Cuarteto para autos viejos; La educación de los sentidos; Manual de instrucciones; Papeles para una novela

Editorial: Tenemos las Máquinas, $21.450