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COLUMNISTAS / Inteligencia artificial
sábado 22 diciembre, 2018

Datum potentia est

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por Alejandra Litterio

Datos oscuros. En la revolución del acceso se vuelve crucial la identidad del actor. Foto: cedoc perfil

En la actualidad se supone que los escritos adquieren un  valor mayor que la palabra hablada como evidencia de un evento pasado. Sin embargo, en una mirada retrospectiva, hacia las culturas ágrafas, la palabra escrita no tiene valor como tal. En las culturas orales primarias la palabra articulada es poder y acción,  tiende a asimilarse a las cosas sujetas a la resurrección dinámica como sostiene Walter Ong. Entonces ¿cómo se reúnen esos “datos” para ser recordados, transmitidos, organizados? Existe un nexo íntimo entre el pensamiento, la memoria y el discurso rítmico. Desde la Grecia homérica hasta la actualidad, la experiencia es intelectualizada. Hay composiciones con matices agonísticos, donde la oralidad sitúa al conocimiento dentro de un contexto  de combate verbal e intelectual.  Las palabras y su significado son controlados por la denominada “ratificación semántica directa” (Goody y Watt, 1968), esto es, situaciones reales en el aquí y ahora.
Nos interpelamos: ¿podrían ser estos discursos orales considerados “datos oscuros”, dada su amplitud y ubicuidad? Y ¿qué sucede con el componente somático de la oralidad? Si la articulación oral envuelve todo el cuerpo, la inmovilidad absoluta sería en sí misma un gesto poderoso; entonces, este verbomoteur, en continua interacción que refiere al tejido de hilos de la realidad que lo circunda, ¿sería también para el hombre tecnológico un datum identificable como aquello susceptible de valor analítico, otro dato oscuro, es decir, una composición formada por aquellos activos o experiencias digitales captadas, almacenadas y sin embargo no utilizadas ni explotadas por cuestiones de volumen, procedencia o simplemente por considerarse metadata incompleta?
A diferencia de la “materia oscura”, criaturas teóricas cuyo comportamiento no puede descifrarse o predecirse, el dark data merece un análisis ulterior. De hecho, a la hora de comprenderlos no deben pensarse como un acontecimiento aislado, sino en sus tres dimensiones semióticas activadas. Reinterpretando la tríada de Pierce en términos veronianos, los asociamos con la dimensión de la primeridad de todos los usos de búsqueda posibles de la totalidad de los contenidos de la cultura humana, en la secundariedad en contacto, reacción y contigüidad metonímica de relaciones interpersonales, y finalmente en la terciaridad de la producción de un cierto resultado en operaciones que activan dispositivos de mediatización  de las superficies discursivas donde del orden privado hay un pasaje a lo público y donde se observan “bucles retroactivos”.
La revolución del acceso a estos datos oscuros pone en el centro de la escena lo que Darton denomina sociedades de información, y agrego aquí, “autpioéticas” (Luhmann), en las cuales se vuelve crucial la cuestión de la identidad del actor, fuente de datos no estructurados, que nos sitúa frente a dinámicas contradictorias. Por un lado, a la autonomización de sistemas cada vez más inteligentes y por el otro, a un mayor control en el contexto de sistemas descentralizados. De modo que los sistemas cognitivos serían reductibles a dispositivos lineales de cálculo susceptibles de ser estructurados, por ende, sujeto a análisis.
Solo queda un interrogante: ¿dónde radica la “relectura” de estos datos? Tal vez en la reflexión epistemológica del observador, en cómo apropiarse de objetos culturales generando modelos alrededor de materiales volátiles de cierta opacidad en la producción de sentido.

*Lingüista.


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