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COLUMNISTAS / GOLPE EN CHILE
martes 11 septiembre, 2018

Derivaciones del respeto al derecho de asilo

Durante la dictadura de Pinochet, los funcionarios de la Cancillería argentina seguimos las normas del Derecho de Asilo: sólo se trataba de preservar la libertad o la vida de los refugiados.

Albino Gómez *

Pocos meses antes del golpe de septiembre hubo un abortado intento a cargo de un grupúsculo de derecha que terminó en nada. Foto: CEDOC.

Cuando el 11 de septiembre de 1973 se produjo el golpe contra el gobierno del Dr. Salvador Allende en Chile, recibí una instrucción precisa de nuestra Cancillería: “otorgar asilo amplio y generoso”. Y así la cumplí con la colaboración del entonces Cónsul General en Santiago, Héctor Sáinz Ballesteros y el Secretario de Embajada Félix Córdova Moyano, que lamentablemente ya no están  en nuestro mundo.

Llegamos a otorgar refugio a más de cuatrocientas personas en menos de un mes, y la tarea fue realmente ardua y penosa, por razones humanas, de organización y de abastecimiento. Por supuesto, en una situación tan grave, las jornadas de trabajo no tenían límite de horario. Y día a día la situación se iba haciendo más crítica por elementales razones de espacio, toda vez que crecía el número de refugiados y la promiscuidad creaba serios e insolubles problemas.

Claro está que los refugiados no podían dejar la embajada de un día para otro. Debían esperar no sólo que la Cancillería argentina determinara su condición de “asilados” y luego que la Junta Militar chilena otorgara su salida del país segura y garantizada. Porque pese a la instrucción, yo no podía “otorgar asilo” sino meramente refugio, determinando si la situación del refugiado justificaba o no el otorgamiento de asilo por parte de nuestro gobierno.

El cambio de Cámpora a Perón con el interinato de Lastiri y la presencia en la Cancillería de Alberto Vignes, un exdiplomático sumariado en dos oportunidades por sendos hechos ilícitos  -cuyo increíble acceso a la titularidad de ella se debió a su pertenencia a la logia P2 comandada por Liccio Gelli- modificó el espíritu de aquella primera instrucción de la Cancillería. Tanto así, que se llegó a aceptar como válida la ridícula denuncia de los agregados militares de nuestra embajada en Santiago, de que mis dos colegas y yo habíamos transformado la residencia oficial -o sea, la propia Embajada- en una sucursal del Kremlin, dada la ideología supuesta o real de la mayoría de los refugiados. Porque había miembros del Partido Comunista, trotkistas, maoístas, terroristas que habían actuado en Brasil, simples latinoamericanos allendistas, y muchos sin militancia de ningún tipo, porque como los alquileres estaban congelados, bastaba la sola denuncia de los propietarios para que sus inquilinos fueran llevados detenidos de inmediatos al Estadio. Y hasta funcionarios de la Cepal.

Por respeto al nivel intelectual de los eventuales lectores de este texto, creo innecesario todo comentario a semejante estupidez. Pero dicha denuncia logró que la Cancillería argentina nos trasladara a los tres funcionarios a cargo de esa tarea en 24 horas, sin ninguna explicación, ni inmediata ni mediata. Más aún, nunca hubo explicación para nosotros. Pero se nos dieron sólo 24 horas para volver a Buenos Aires, sin que hubiese mediado queja alguna por parte de la Junta Militar chilena sobre nuestra actuación con referencia al otorgamiento de refugios.

Pocos meses antes del Golpe de septiembre hubo un abortado intento a cargo de un grupúsculo de derecha que terminó en nada. Sin embargo, como encargado de negocios tuve que atender la solicitud de refugio que me hizo un militar chileno en favor de su hijo, porque corría peligro de ser detenido por su implicancia en la asonada. Y por supuesto le concedí refugio y lo albergué por largos días en la Embajada.  

Los tres funcionarios que intervinimos durante el golpe de septiembre, lo hicimos cumpliendo las normas del Derecho de Asilo, más allá de cualquiera consideración política y al margen de nuestras propias posiciones ideológicas: sólo se trataba de preservar la libertad o la vida de las personas que justificadamente solicitaban refugio. Así lo hicimos y, a pesar de las sanciones que sobrevinieron, nunca nos arrepentimos de haber procedido de tal manera.  

 

* Periodista, escritor y diplomático.


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