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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 7 abril, 2019

Dos días en Facebook

Los escritores por lo general son pobres y no tienen éxito. Si no pueden hacerse un poco de autobombo, ¿qué les queda?.

por Damián Tabarovsky

Johann Wolfgang von Goethe (1749 - 1832). Poeta, novelista, dramaturgo, científico... un pensador total. Foto: Cedoc Perfil
domingo 7 abril, 2019

Por razones que no vienen al caso ahora –imaginen, por decir algo, que estuve dos días internado sin poder hacer muchas otras cosas– estuve investigando el tema del autobombo en Facebook (con perdón de la redundancia), en especial entre los escritores y las escritoras. Podríamos decir que hay dos modelos (¡ah, la tentación de los sociólogos de hacer tipologías!). El primero, más bien brutal, es el autobombo explícito. El escritor o la escritora que sin cesar sube informaciones sobre sí mismo, links a reseñas de sus libros, fotos de sus éxitos e incluso capturas de imágenes de otras redes sociales (como Twitter) en las que los lectores elogian su libro. El otro, aparentemente más sutil, en verdad es más estratégico y planificado. Consta de tres movimientos. En el primero se suben imágenes de algo trivial, como la foto de su gatito, del atardecer o del asado que está cocinando (esto último solo ocurre en el género masculino). Rápidamente se obtienen comentarios elogiosos (del tipo “Qué hermoso!!!!”) y decenas de “me gusta”. El segundo paso consiste en hacer alguna pregunta sobre temas cotidianos pidiendo ayuda, con la que se expresa cierta sensación de vulnerabilidad, de fragilidad, de buena onda humana. Por ejemplo: “¿Alguien conoce un buen plomero?” o cosas por el estilo. Aquí se obtienen respuestas como links a páginas de plomeros o comentarios sobre la experiencia de cada uno (del tipo “A mí el año pasado Metrogas me dejó sin gas veinte días, fue terrible”). En este segundo paso, de vez en cuando también se puede hacer un comentario obvio anti Macri o sobre las políticas del gobierno, de esos que suelen gustar mucho a los escritores y las escritoras progresistas (es decir, superficiales –como que Macri es casi gangoso o demasiado cheto–, que nunca tocan los temas estructurales). El tercer paso es el importante, el único que importa (ya que los otros dos pasos fueron solo excusas para llegar al tercero) y ahí sí aparece la verdad. Fotos de la traducción al italiano de su libro, fotos de la mesa redonda (en la que está con “el genio” o “la genia” tal o cual), frases del tipo “Gracias XXX por tu hermoso comentario a mi libro” (junto, obviamente, con el link),  etc., etc., etc. Eso obtiene decenas de “Te felicito”, “Te lo tenés merecido”, “Me lo leí de un tirón” y demás excesos. Luego de esto, comienza de nuevo la ronda. Una foto de la plantita que acaba de florecer. Luego una pregunta trivial sobre algo o un comentario igualmente trivial a favor de la educación pública. Y finalmente la foto de su libro en una librería. Y así sucesivamente.

Permítanme decir que la primera categoría –el autobombo explícito–, pasado un primer momento en el que tuve pensamientos en torno a los riesgos de los trastornos narcisistas de la personalidad o sobre las nuevas formas de sociabilidad y subjetividad en las redes sociales, rápidamente me produjo una inmensa ternura. Los escritores y las escritoras en general son pobres, no tienen éxito, se dedican a algo que no le importa a nadie. Si no pueden hacerse un poco de autobombo, ¿qué les queda? A la inversa, la segunda categoría –la del autobombo sutil– me dio temor. A nada le temo más que a la gente buena, sensible, progresista y cálida. Como decía Goethe: “Desconfía de tus sueños de juventud, siempre terminan por cumplirse”.


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