En septiembre de 2025, Sora llegó a la App Store y en pocas horas estaba en el número uno. La aplicación de OpenAI generaba videos a partir de texto. Escribías una descripción y aparecía una escena. Un atardecer en Tokio. Un niño corriendo bajo la lluvia. Un océano filmado desde un ángulo que ninguna cámara podría haber alcanzado. Era difícil no quedarse mirando. Seis meses después, OpenAI la cerró.
El comunicado habló de prioridades de cómputo, del equipo enfocado en robótica, de la simulación del mundo real. Lo que no dijo es lo que más me interesa. Construyeron un producto para creadores, lo lanzaron con todo el peso de la marca más influyente de la industria, firmaron con Disney y después lo apagaron porque la ecuación no cerró. Fin.
Cuando apareció Sora, la narrativa fue que cualquiera podía hacer cine, sin cámara, sin años de formación técnica. El argumento sonaba bien. Y en parte era cierto. Pero lo que pasó después muestra el lado del relato que no suele aparecer el día del lanzamiento.
Los titulares de derechos de autor se movieron rápido. Sus obras habían entrenado el modelo sin autorización. Sus personajes y estilos estaban siendo usados como materia prima para una plataforma que cobraba suscripción. Nadie les preguntó. La democratización de la creación venía de la mano de una concentración enorme de valor en muy pocas manos. Ese debate nunca se resolvió. La app se cerró antes.
También apareció otro problema, más difuso pero igualmente real. Sora se convirtió en una herramienta para producir desinformación visual a escala. Videos de la guerra con Irán generados por IA circularon como si fueran imágenes reales. Escenas que no habían ocurrido, con una calidad suficiente para engañar en el scroll rápido. Nadie encontró la forma de distinguirlos a tiempo. OpenAI tampoco. El cierre de Sora deja una incomodidad que va bastante más allá de OpenAI.
Cada vez que aparece una herramienta de este tipo, el discurso habla de transformación permanente, de un antes y un después. Y hay algo de verdad en eso. Pero también hay una parte del relato que funciona más como presión que como promesa. Empresas con acceso a recursos extraordinarios lanzan productos, capturan usuarios y pivotan hacia donde el dinero es más grande y más predecible cuando la ecuación no cierra. Eso ya ocurrió con otras plataformas y va a seguir ocurriendo.
Hubo creadores que construyeron flujos de trabajo enteros sobre Sora. Pagaron la suscripción. Aprendieron a usarla en serio. Para ellos, el comunicado de cierre llegó como la confirmación de algo que ya deberían haber sabido.
Google Reader. Vine. Stadia. Cada generación tecnológica tiene su lista de productos que llegaron con promesas enormes y se apagaron cuando la ecuación no funcionó. Con la IA generativa el ciclo se acelera. Y los que quedan afuera cuando una plataforma cierra son creadores que integraron estas herramientas en su trabajo real y descubrieron, en el camino, que el suelo sobre el que construían era alquilado.
La promesa de democratizar la creatividad es real. Pero tiene letra chica.
Y la letra chica dice que la plataforma sobre la que construiste tu flujo de trabajo puede desaparecer un martes a la tarde con un comunicado de tres párrafos. Que la empresa que te invitó a imaginar un futuro distinto tiene otras prioridades ahora. La próxima vez que algo llegue con promesas enormes, vale la pena acordarse de Sora. Para saber sobre qué suelo estás parado antes de empezar a construir.
*Autor y divulgador. Especialista en tecnología emergente.