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Estabilidad

La demanda de cambio político y el mito de origen

Argentina nunca logró consolidar, como Brasil, una burguesía nacional comprometida con el país.

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Panorama. La última elección presidencial estuvo atravesada por un doble desencanto. | cedoc

El mito de origen de nuestra sociedad está soportado en la idea de que vivimos en un país rico, dotado de recursos naturales abundantes y de un capital humano excepcional. Ese imaginario funciona como una promesa implícita: si el país es rico porque tenemos todos los climas, los frutos de la tierra, minerales, petróleo y capacidades individuales, debiéramos tener bienestar. Cuando eso no ocurre, la sociedad no solo se frustra: busca responsables externos.

A lo largo del tiempo, los culpables fueron variando según la época y la mirada ideológica: los poderes extranjeros, la oligarquía, el FMI, el populismo, los políticos, los empresarios, los sindicalistas. Cada generación encontró un “otro” al que atribuirle la imposibilidad de convertir el sueño en realidad. Y detrás de esa búsqueda conviven dos grandes narrativas: para algunos, Argentina nunca logró pasar de la etapa de la producción primaria a la industrialización y nunca logró consolidar, como hizo Brasil, una burguesía nacional comprometida con los intereses del país; para otros, nunca se modernizó, atrapada por un Estado gigante y falto de una organización que incite a la competencia y a la innovación. Ambas coinciden en que el país quedó detenido en el tiempo.

La última elección presidencial estuvo atravesada por un doble desencanto: habían fracasado quienes prometieron “pobreza cero” y también quienes prometieron “llenar la heladera”. Ese vacío abrió paso a un liderazgo que propuso empezar de nuevo, volver a un punto de origen idealizado, el siglo XIX. Pero ese pasado al que se apela está asociado a un modelo primarizado de baja complejidad productiva y pensado para un país para pocos. La consecuencia política era el fraude patriótico y el horror ante la “chusma radical”.

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Tres años después del inicio de un nuevo ciclo político, el impulso refundacional pierde fuerza. Comienza una demanda de cambio sin encontrarse aún quién la encarne. No están los personajes, pero comienzan a esbozarse los perfiles. Frente a un outsider, se está pidiendo alguien exitoso en su gestión, con capacidad y experiencia para resolver problemas. Ganan peso los dirigentes que puedan mostrar resultados concretos: dirigentes, gobernadores, intendentes o exgobernadores que hayan demostrado capacidad de gestión antes que figuras sin recorrido.

En lo programático, las encuestas muestran que muy pocos quieren repetir el modelo actual; no obstante, se rescata la búsqueda de control de la inflación. Registramos a algo más de la mitad de los entrevistados priorizar una combinación de estabilidad económica, generación de empleo y fortalecimiento de la industria nacional. La sociedad argentina ha demostrado, más de una vez, que valora la estabilidad económica, pero que esta debe estar acompañada por políticas inclusivas que les permitan cumplir el sueño de la movilidad social ascendente.

En relación con la valoración de la estabilidad económica, Menem y Néstor Kirchner la valoraron aun con distintas orientaciones políticas y sociales. En el caso de Menem, su éxito se apoyó en la convertibilidad. Más allá de sus consecuencias posteriores, la estabilidad de precios y la previsibilidad económica generaron un respaldo social masivo, y esa misma bandera le permitió ganar a De la Rúa.

Durante los primeros años del gobierno de Néstor Kirchner, la estabilidad volvió a ocupar un lugar central. El mantenimiento estricto de los superávits gemelos y una inflación muy baja consolidaron un clima de previsibilidad que contribuyó a su alta aceptación.

Como vemos, la estabilidad no es vista ni como de derecha ni como de izquierda. Lo que cambia es si sirve para políticas inclusivas o genera exclusión social. Tema que como sabemos no es fácil de resolver

*Consultor y analista político.