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COLUMNISTAS / Asuntos internos
domingo 2 junio, 2019

Erase una vez en San Miguel

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por Guillermo Piro

default Foto: CEDOC

Transcribo abreviadamente una historia de la que en su momento se ocupó El País, el diario portugués Pubblico y más recientemente el Guardian. Y lo hago porque me parece una historia insuperable, con la que ya debería haber una exitosa serie producida por Netflix. La historia es interesante porque mezcla la tragedia y la comedia en dosis similares.

La cosa es así: el 6 de junio de 2001, un yate, un lujoso Sun Kiss 47, tuvo problemas con el timón cerca de la isla San Miguel, la más grande del archipiélago portugués de las Azores, en el Atlántico, a casi dos mil kilómetros de Portugal. El yate pertenecía a un traficante de drogas y llevaba una carga importante de cocaína –se supone que alrededor de 3 mil kilos–. Obligado a atracar en el puerto para reparar la nave, pero temeroso del riesgo que significaba que alguien descubriese lo que cargaba, y antes de atracar en el puerto de Rabo de Peixe, decidió ocultar la carga en una gruta en el noroeste de la isla, en Pilar da Bretanha. Una vez reparada la nave, volvería a buscarla y se haría a la mar otra vez. Ocultó la droga bien: bajo el agua, usando redes de pesca que mantenían juntos los paquetes, y atando el conjunto a unas anclas que mantenían al complejo sujeto al fondo. Pero algo salió mal –siempre algo sale mal–, y poco a poco empezaron a aparecer paquetes de cocaína en la costa de la isla, arrastrados por la corriente. Aquí comienzan entonces dos historias: la de la investigación hecha a un traficante internacional y la del impacto que la cocaína tuvo en la vida de una isla de poco más de 100 mil habitantes.

El traficante tenía dos pasaportes italianos y uno español y se llamaba Antonino Quinci. Tenía 44 años, la piel bronceada y el cabello oscuro. Era originario de Trapani, Sicilia, y la policía descubrió que en los últimos meses había atravesado dos veces el Atlántico, siempre a bordo del Sun Kiss 47.

Tal vez cambió la marea y las redes no resistieron, o tal vez el sistema de contención de la droga no estuvo bien amarrado, pero lo que pasó fue que la droga terminó en las costas de San Miguel. Alguien denunció la aparición de los paquetes de droga, pero muchos otros los tomaron y se callaron la boca. La policía no tardó mucho en conectar la droga con la llegada del yate de Quinci y comenzaron a seguir sus movimientos. Quinci fue arrestado sin oponer resistencia. El narcotraficante se mostró preocupado por el efecto que toda aquella cocaína –de una pureza del 80%, es decir, potente y terriblemente adictiva– podría tener en los pacíficos habitantes de la isla.

El asunto es que si por un lado la policía había hecho su trabajo, recuperando casi mil kilos de cocaína, otros 2 mil kilos de droga estaban dando vueltas en una pequeña isla con más o menos la misma cantidad de habitantes que Monte Grande. La mayor parte de los habitantes vivía del turismo –las aguas termales de Furnas, el Parque de Terra Nostra, la Laguna de Fuego–. Antes de aquel 6 de junio, la única droga conocida era la marihuana.

En la serie, aquí comenzaría la verdadera buena historia, describiendo los distintos efectos que la droga causó en la pequeña isla: negocios millonarios, clanes enemigos, asesinatos, muertes por sobredosis... La droga llegó a convertirse en elemento de intercambio, como la sal en la Antigua Roma. Muchos, para combatir la adicción a la cocaína, se hicieron adictos a la heroína, y luego, para combatir la adicción a la heroína, comenzaron a inyectarse metadona. Quinci fue procesado y condenado a 18 años de cárcel, y desde allí sigue administrando el tráfico internacional de drogas en Sicilia.


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