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Hasta que valga la pena vivir

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Hasta que valga la pena vivir” es, probablemente, uno de los escritos que más me han emocionado durante estas cinco semanas de movilizaciones, porque, creo, logra resumir la profunda humanidad que hay tras estas movilizaciones. Todo esto es un asunto de dignidad. La lucha nunca fue, solamente, por el precio del pasaje del metro, tampoco lo es, simplemente, por la necesidad de escribir de nuevo la Constitución. El precio del pasaje y la nueva Constitución son importantes en tanto pueden o no, devolver la dignidad a la gente. Es tan fundamental y humano este reclamo, que su legitimidad está consagrado en el primer artículo de los Derechos Humanos: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.

Por eso, no fue por majaderos, ni tozudos que decidimos no firmar el “Acuerdo de Paz y Nueva Constitución”. Fue porque sentimos y pensamos que, ni en el fondo ni en la forma este acuerdo logra responder a esto que, creemos, es lo esencial de la demanda: la dignidad.

Por eso es que hemos planteado una serie de medidas, que permitan dignificar a las personas en el Acuerdo Constituyente que fue suscrito. El reconocimiento del otro y de sí mismo, se juega en la capacidad de representación de las diferencias. Si una nueva Constitución replica el esquema de las élites, sean de izquierda o de derecha, solamente ha-bremos ganado quitar la firma del dictador del texto, pero seguiríamos hundidos y hundidas en su mismo sueño: la desigualdad como esquema y el terror como cemento de lo social.

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Por eso es que creemos fundamental corregir la capacidad de representación en el acuerdo. Primero, rebajando la edad para sufragar a los 16 años. Esto, porque es necio que una sociedad crea que una persona a los 16 años es imputable penalmente, porque sabe distinguir el bien del mal, pero que al mismo tiempo no tenga capacidad de distinguir lo bueno de lo malo, y por tanto negarle su derecho a voto. En segundo lugar, debemos definir condiciones –modificando la ley electoral–, que permitan una competencia justa entre militantes de partido e independientes, para la elección de delegados a la Convención, lo que es imposible con el actual acuerdo, que replica la legislación vigente.

En tercer lugar, sostenemos que el quórum de 2/3 estable-cido en el acuerdo, corre el riesgo de generar una Constitución extremadamente minimalista, y, en definitiva, frustrante. No es razonable que 1/3 tenga la posibilidad de bloquear normas fundamentales, que en cualquier Constitución democrática resultarían obvias. Se propone, en primer lugar, rebajar a 3/5 el quórum para la adopción de acuerdos, y que aquellas materias en que no se logre un respaldo de los 3/5, pero que hayan alcanzado la mayoría absoluta calificada, sean objeto de resolución ciudadana en el plebiscito de sa-lida. En este punto, creemos también que no tiene ninguna justificación, salvo un cálculo político subalterno, que solo el plebiscito de salida considere voto obligatorio. Creemos que es fundamental, debatir al menos, la posibilidad e importancia de considerar voto obligatorio en los dos plebiscitos y en la elección de delegados a la Convención.

La dignidad no solamente es el reconocimiento político de las personas. También lo es su materialidad. Una cosa es vivir y otra sobrevivir. Y en Chile se sobrevive. Creemos que la Agenda Social que planteó el gobierno de Piñera es mezquina.

Finalmente, el que debe ser el primer punto de la discusión en un Acuerdo por la Paz, pero olvidado por quienes lo firmaron: detener la violación a los derechos humanos. La práctica de la policía chilena es vergonzosa. Son decenas de muertos, miles de heridos graves, cientos sin sus ojos, y graves denuncias y acusaciones de violaciones, vejaciones y abusos. La política debe estar a la altura. Esta vez debe estar a la altura. El primer paso es inobjetable: la paz ahora, y un compromiso con la verdad, la Justicia y la reparación.

 

*Fundador del Partido Progresista de Chile y del Grupo de Puebla.