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COLUMNISTAS / opinion
domingo 11 agosto, 2019

Juntos. Todos

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Juntos. Todos. Foto: cedoc

Así comienza el libro La mente de los justos: por qué la política y la religión dividen a la gente sensata, del profesor de la Universidad de Nueva York Jonathan Haidt: “Si extraterrestres hubiesen arrojado arados, paquetes de semillas y tarjetas con instrucciones ilustradas sobre Africa hace un millón de años, nuestros antepasados homínidos no se habrían convertido antes en agricultores. Se necesita mucho más que tecnología para cultivar; se necesita cooperación. Muchas personas deben trabajar juntas con un alto nivel de confianza que les permita dividir tareas y trabajar durante muchos meses sin recompensa. Cuando finalmente la cosecha llegue, los agricultores deben ser capaces de compartirla, guardarla, defenderla y hacer que una parte dure hasta que sea hora de la siembra el próximo año. Se necesita una aldea entera para levantar un cultivo”.

La falsa superioridad moral de ambos no ve el fracaso de cada uno justifica la continuidad del otro

Abejas u hormigas pueden construir comunidades numerosas en base a la cooperación gracias al parentesco: al descender de la misma reina, que pone millones de huevos, son todos hermanos, pero los seres humanos pudimos construirnos cooperativamente gracias al pegamento social de la moral. La moral es lo que nos ha permitido comportarnos como células de un mecanismo más grande. Pero la moral, así como nos une, nos ciega porque, al mismo tiempo que nos permite crear agrupaciones, es la herramienta usada para justificar la competencia más despiadada entre grupos.

Para Jonathan Haidt somos criaturas morales, nacidas para ser justas (lo “correcto”). Nuestra mente está diseñada para “crear” moral y todas las religiones lograron conectar prohibiciones sobre la comida o el cuerpo con el asco, algo preconsciente que formateó el paladar moral. Asco es también lo que terminan sintiendo por sus adversarios quienes están fanatizados en política. Es una reacción somática en el cuerpo con poca intervención del razonamiento. El tono de voz severo de Cristina Kirchner entre quienes nunca la votarían puede producirles repulsión. El tono cheto y desarticulado de Macri, lo mismo a los kirchneristas.

Jonathan Haidt se especializó en la moralidad con una perspectiva racionalista: desde John Locke, quien sostenía que la mente de los niños son hojas en blanco al nacer, pasando por Jean Piaget, quien explicó cómo el razonamiento moral de los chicos estaba directamente relacionado con su desarrollo físico, llegando a los experimentos de George Lakoff a fines del siglo pasado y posteriores, donde se mostraron coincidencias entre mellizos gemelos separados al nacer a la hora de compartir valores morales básicos. Los genes se relacionan con rasgos de personalidad que hacen a las personas más receptivas a determinados argumentos pero genes y cultura evolucionan conjuntamente haciendo que el ámbito en que se desarrolla la persona vaya moldeando su ideología. Por eso, a la hora de determinar lo que es correcto e incorrecto, los orientales son más proclives a tendencias sociocéntricas que colocan al individuo al servicio de la sociedad mientras que los occidentales, a las individualistas que colocan a la sociedad al servicio del individuo. Haidt destaca que la moralidad sociocéntrica también fue la dominante en Occidente en el mundo antiguo porque fue la Ilustración, el movimiento intelectual europeo del siglo XVIII, la que introdujo el individualismo en Occidente, lo que permite proyectar un futuro crecimiento del individualismo en Oriente, corroborado por las nuevas demandas de China e India.

Haidt –quien sostiene que la intuición viene primero y el razonamiento después– clasifica las preferencias morales en cinco fundamentos básicos y, en función de la preferencia de una selección diferente de ellas, ordena los bandos polarizados. Los cinco fundamentos son: el de cuidado/daño, el de equidad/engaño, el de lealtad/traición, el de autoridad/subversión y el de santidad/degradación. Las personas progresistas tienden a valorar en mayor proporción los dos primeros: cuidado/daño y equidad/engaño, mientras que los no progresistas valoran por igual los cinco principios, colocando la misma atención también sobre lealtad/traición, autoridad/subversión y santidad/degradación. También hay diferencias en aquellos valores en los que coinciden ambos lados de la grieta: mientras que para los progresistas el fundamento equidad/engaño significa igualdad, para los no progresistas significa proporcionalidad.

Es la moral lo que determina la forma en que las personas deben relacionarse entre sí, cómo se equilibrarán las necesidades de individuos y grupos, y la forma de organizar la sociedad. La “repugnancia moral” es el síntoma de rechazo visceral por los representantes más exacerbados de los valores que no compartimos. Esa repugnancia muchas veces es tan irracional u obsoleta como los tabúes alimentarios de cada cultura. Entre los variados ejemplos antropológicos que desarrolla Haidt, el que mejor exhibe su irracionalidad es el de la tribu hua de Nueva Guinea, donde se prescribe una dieta diferente para hombres y mujeres: “Para que sus

hijos se conviertan en hombres, tiene que evitar alimentos que de alguna manera parezcan vaginas, incluida cualquier cosa que sea roja, húmeda, viscosa, venga de un agujero o tenga pelo”.

Pero hay un denominador común: todos los seres humanos de todas las época y culturas coincidimos en reglas que prevengan el daño intragrupal. En una semana como la actual, atravesada por las elecciones y donde no pocos ciudadanos guiaron sus decisiones por el miedo a que se impusiera el grupo que representara una escala de valores diferente a la propia, será útil reflexionar –tanto dirigentes como dirigidos– sobre la necesidad de superar la grieta haciendo que las valoraciones diferentes que nos distinguen no sean un impedimento de nuestro desarrollo conjunto. Que sin el otro no habrá nosotros, y convertir las dos negatividades –expresadas en votar en contra de alguien– en una positividad, reconociendo fracasos y aciertos de ambos sectores en pugna, para unirnos todos en un sexto vector: el de libertad/opresión, que nos permita, sin importar a qué sector le toque gobernar, que existan garantías de no opresión del otro.

En la teocracia el otro es inmoral, en la democracia el otro solo valora distinto iguales fundamentos

Resulta paradójico (lo que para Freud sería sintomático) que los dos campos políticos mayoritarios eligieran como definición bautismal para nombrar sus alianzas las palabras “juntos” y “todos”, en contradicción con el uso que hacen de la división como mecanismo de cohesión propia. Está llegando la hora de que deje de ser un eslogan para asumir que sin cooperación no habrá futuro para nadie.


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