Si dos personas tienen información contradictoria, les va a costar ponerse de acuerdo, aunque tengan valores parecidos. Y si no tienen la voluntad de encontrar esa base informativa común, el conflicto escalará. Esa será una típica conversación difícil. Los países polarizados son aquellos donde se ha reducido mucho esa realidad compartida. Si además llegamos a la polarización afectiva, al mismo tiempo que crece la necesidad de explicar decrecen las ganas de hacerlo.
En este sentido, como dijo antes de su retiro la excanciller alemana, Angela Merkel, la democracia vive de la información compartida, que es lo que nos permite hacer cosas en común.
De ahí un rol decisivo del periodismo: lograr que más allá de las opiniones de cada uno haya una coincidencia sobre cuáles son los hechos, qué fue lo que pasó en determinada situación. Si el periodismo profesional es riguroso, más allá de su línea editorial, es más probable que se construya esa base de información común.
Los sabelotodo. Hace años los psicólogos discuten sobre dos estilos de evaluar la información. Por un lado, hay personas en las que predomina el acercamiento emocional e intuitivo, que evitan los análisis complejos, el esfuerzo cognitivo, que buscan respuestas rápidas, claras, y siguen sus corazonadas. Sobreestiman su conocimiento y tienen una sobreconfianza en sí mismos. Es el clásico “se las sabe todas”.
Por otro lado, están quienes son más escépticos, buscan alertas de que pueda ser una noticia falsa, toleran la ambigüedad y la falta de certezas, a la vez que disfrutan el esfuerzo mental que implica penetrar la complejidad de lo real.
Todos somos esas dos personas según el tema del que se trate. El psicólogo y economista Daniel Kahneman popularizó esa dualidad en nuestras formas de conocer como el sistema 1, el más intuitivo, y el sistema 2, el más analítico.
Una vez le preguntaron cómo cree que los periodistas usan ambos sistemas y dijo que estos muchas veces ponen por arriba la coherencia sobre la precisión, y que sus historias son “mejores” que la realidad dado que suelen eliminar los datos y matices que pueden sacarle fuerza narrativa al agregar ambigüedad en la historia. Dice que hacen eso para tener más impacto en la audiencia. Por eso tienen la tendencia de resolver con el sistema 1 sin luego controlarlo con el sistema 2. Para corregir eso, Kahneman sugería someter a la información a una prueba de resistencia buscando datos que la contradigan.También proponía que el periodista aclare a su audiencia cuando está informando, interpretando u opinando, porque eso suele ser confuso, como pasa con esta columna.
Esas propuestas de Kahneman integran el código de un periodista desde hace un siglo, lo que no quiere decir que se respete mucho. Lo bueno es que hoy la inteligencia artificial ayuda al periodista a “estresar” los textos: si escribe su nota y luego le pregunta al chat cuáles son los errores lógicos, conceptuales, fácticos y gramaticales, seguro le dará buenas ideas para mejorarlo.
Tu asado del fin de semana. En cualquier asado de fin de semana escuchamos ambos estilos cognitivos. En la familia, con amigos o compañeros de trabajo –y en todo nivel económico o cultural– tendremos miembros de los dos equipos. Los que dan rápido una explicación y capturan el prestigio de liderar la conversación, frente a quienes van despacio y no se sienten tan mal por no haber llegado todavía a una respuesta que le parezca convincente. Son las liebres y las tortugas. Todos actuamos posiblemente como liebres en algunos temas y como tortugas en otros. Usamos los dos sistemas, pero los combinamos de distinta forma según el tema y la situación. La gran diferencia entre los dos sistemas es el grado de pereza cognitiva, pero esta tiene cierta justificación en el vértigo informativo en que vivimos.
Así somos. Lo mismo pasa en los grupos de whatsapp. Están los intuitivos, que hacen uso de una inteligencia adaptativa que les funcionó bien otras veces, que utilizan estereotipos como atajos informativos, son rápidos para las respuestas y lanzan explicaciones rotundas sobre lo que se acaban de enterar. Y están los que van paso a paso acumulando las piezas informativas. El periodista sí o sí tiene que estar en este último equipo, o integrarse a un grupo de colegas tortugas con orientación hacia la forma más analítica de tratar la información.
Los difusores de noticias falsas. Con respecto a la audiencia, el periodismo profesional no se relaciona igual con ambos equipos. La democracia y el periodismo necesitan en su audiencia más gente del equipo de quienes son más rigurosos con la información. Si un medio puede construir una relación de credibilidad con las personas más volcadas al sistema 2 que haya en cada ámbito de la sociedad, está asegurada una circulación más virtuosa de la información. Por definición, quienes son habitué del sistema 1 son más proclives a difundir noticias falsas, consumir prensa amarilla o jugar al teléfono descompuesto.
El problema creciente es que las fuentes, que antes eran mediadas por el periodismo, ahora son en sí mismas medios de comunicación, por lo que las versiones de todos llegan a la esfera pública. Eso es un proceso de democratización de las voces, pero también de mucha confusión. Además, el dinero político que fluye hace que existan más canales de noticias que en la mayoría de los países, y ahora encima se infló la oferta por el estallido de los canales de streaming y de los portales y radios que “estrimean”. Argentina tiene la rara contradicción de tener un espacio periodístico, a la vez, precarizado y súper abundante.
La gestión de la sirena. Como siempre, la ciudadanía no necesita datos sino estructuras de relevancia, esto es, jerarquizar la importancia de los problemas. Tras el huracán Katrina que inundó Nueva Orleans, un estudio posterior descubrió que la información sobre las deficiencias estructurales se había difundido, pero no se había alertado con el suficiente énfasis. Informar es transferir estructuras de relevancia. El valor agregado es la explicación y jerarquización de los problemas.
Pero el periodismo profesional convive con el periodismo populista y el periodismo militante, que tienen otros objetivos. El periodismo populista es un camión de bomberos con la sirena siempre prendida. Podemos decir que en la llamada prensa amarilla abundan los periodistas que son liebres, pero se autoperciben como tortugas (igual que yo en esta columna ). Por su parte, el periodismo militante solo usa la sirena para defender a las víctimas afines. Son dos mecanismos de desinformación. Esto pasa en todas las democracias, donde el nuevo ecosistema informativo marginó al periodismo profesional. No es que los periodistas sean irrelevantes, pero influyen menos, lo que hace más difícil la creación de la base informativa común.