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COLUMNISTAS / poemas
sábado 24 noviembre, 2018

La leyenda de Ozymandias

¿Cuántas veces te puede pasar? Estaba viendo el sábado por la noche un tramo de una película de la saga de Alien, que se llama Alien Covenant.

por Fabián Casas

Michel Fassbender, en Alien Covenant. Foto: 20th Century Fox

¿Cuántas veces te puede pasar? Estaba viendo el sábado por la noche un tramo de una película de la saga de Alien, que se llama Alien Covenant. Creo que es una de las que filmó Ridley Scott y que es una especie de precuela antes de llegar a la famosa que nos mostró a la teniente Ripley en toda su dimensión, gritando en el espacio, pero sabiendo que ahí nadie te va a escuchar.

La historia igual es la misma, una nave inmensa que lleva colonos hacia un planeta donde se van a radicar (los colonos están hibernando porque los viajes son más largos que los que hacen las combis que entran en todos los pueblos) y de golpe se escucha una llamada o una grabación de radio –qué más da– que entra en la frecuencia de la nave y, contra lo que opinan todos, el capitán decide bajar a explorar quién es el que la emite. Uno piensa: no, no lo hagas. Cada vez que escuchás ese mensaje no tenés que ir, no es necesario, no aprendés más. Pero lo hacen y abajo los está esperando un robot sintético que destruyó a otra expedición anterior y engendró a los aliens que se morfan a todos. En la nave que baja hay un sintético que es protagonizado por Michael Fassbender, abajo está el otro que es protagonizado también por Fassbender: como los Barros Schelotto. La cosa es que en un momento muy bueno de la película, los dos robots se besan después de que uno de ellos recitó de memoria (y quién si no un robot puede hacerlo de memoria) el Ozymandias, de Percy B. Shelley, un poema magistral del romanticismo inglés.

Termina la película y paso a Netflix para ver La balada de Buster Scruggs, de los hermanos Coen. Relatos salvajes de verdad, geniales. Viñetas pequeñas de la vida en el Oeste norteamericano. En una de las viñetas, un hombre que anda en un carromato entreteniendo a la gente que se desperdiga por los pueblos tiene como pupilo a un joven que no tiene brazos ni piernas. Es solo un tronco. Al que le pinta la cara de blanco con maquillaje y, sentado en un banco, lo hace recitar poemas y después junta la plata de los espectadores que lo escuchan, a  veces en medio de una fogata, otras debajo de la nieve. Me quedé pasmado cuando lo escuché recitar el Ozymandias de Shelley, otra vez, dos en la misma noche. Primero en la negrura del espacio futuro, en boca de un robot, después en el pasado de la conquista del Oeste, en la boca de un joven actor, una pura boca, casi un personaje beckettiano.

El poema de Shelley es inmortal porque habla sobre cómo las empresas de los seres humanos están todas condenadas al fracaso, por más grandes que hayan sido sus pretensiones, van a ser comidas por el polvo del desierto, dejando solo dos inmensas piernas y una cabeza cortada a su lado.

Los hermanos Coen lo saben desde hace mucho, por eso hacen un cine que no se toma en serio, un cine emancipado del cine.


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