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COLUMNISTAS / ROMPER O SUSTITUIR
sábado 23 noviembre, 2019

Paradojas de la transición

Hay pocos indicios de que la convivencia democrática se reoriente en el sentido del diálogo. No es buen escenario.

Gabriel Palumbo

Cambio de gobierno. Foto: Pablo Temes
sábado 23 noviembre, 2019

Cuando los analistas y los protagonistas se refieren al actual proceso de cambio de gobierno, hablan de una transición. Más allá de la meticulosidad en el uso de las categorías politológicas, que se llame a este proceso “transición” y no “sucesión” puede verse como una señal del temperamento con que vivimos la rutina institucional.

Si bien es cierto que la política argentina nunca pierde la oportunidad de demostrar lo bien que se lleva con la anormalidad, es justo decir que el ánimo populista se ha extendido lo suficiente como para teñir el discurso y la práctica de propios y extraños.

En el tiempo que va desde la elección que consagró electo a Alberto Fernández hasta hoy hemos vivido un verdadero minué de gestos y sobreactuaciones que demuestran, más que firmeza en las convicciones, una bajísima sensibilidad democrática y una profunda falta de confianza en la conversación pública.

Según algunos medios, el equipo del presidente electo manifestó hace unos días que este “no quiere compatibilizar ni compartir las experiencias de Macri”. Desde la actual presidencia se confirma que, luego de la foto del día posterior a la elección, poco y nada se ha avanzado para hacer del traspaso de mando un ejercicio y una rutina normalizada, democrática y hospitalaria. Los ministros actuales aseguran que, si no aparece nadie del nuevo gobierno, se irán dejando los papeles sobre los escritorios. Alberto Fernández consideró este miércoles que la transición no es necesaria y que la documentación está toda en la web.

Atributos. Para abundar en el gesto y la diferenciación fácil, Fernández -fiel a la estirpe de los Kirchner- quiere recibir los atributos en el Congreso Nacional y no en la Casa Rosada.

El sistema político argentino se ha empeñado, en estos años y por diferentes razones, en mantener la condición agrietada de nuestra vida democrática. El argumento de la grieta, en definitiva, es como esas cosas que nadie quiere pero que persisten a fuerza de su utilidad. Algunos por cercanía ideológica y otros por torpeza e inacción, todos han colaborado para consolidar un ejercicio esencialista y dicotómico de la política que terminó incluso reflejándose en el resultado electoral. Los votos no son de nadie y los agregados electorales pueden terminar no significando demasiado, pero la sensación de un país partido en dos tiene más efectos tóxicos de los que se advierten a primera vista. Lo curioso es que todos los actores jugaron para que el resultado fuera este, aun pregonando lo contrario.

Es posible establecer un análisis político sobre esta coyuntura, sobre todo si se cree que puede contener alguna señal sobre el modo en que se establecerán las relaciones políticas entre oficialismo y oposición a partir del 10 de diciembre.

Una de las posibles interpretaciones de esta falta de interés por parte del candidato electo por prestarse a un proceso ordenado de sucesión es que esta actitud le permite instalarse en un lugar de distinción frente al macrismo, sin tener la necesidad de pronunciarse con claridad sobre su idea de gobierno. Esto puede resultar importante para Fernández, toda vez que desde sus contradicciones históricas en relación con el kirchnerismo y desde su propia biografía política se le hace difícil sostener un imaginario nacional y popular como le reclama su nuevo lugar en la política argentina. La diferenciación con el gobierno de Cambiemos le permite camuflar, al menos por un tiempo, los problemas internos que su gobierno parece tener a la vuelta de la esquina. Con el kirchnerismo de prosapia manejando las cámaras y la provincia de Buenos Aires, la capacidad de acción política del próximo presidente está, desde el inicio, desafiada.

En el aspecto económico, el más importante dentro del escenario de crisis actual, las cosas no están más claras. Situados en un marco de restricciones que tiene un extendido consenso, las señales del nuevo Ejecutivo no pueden ser más encontradas. En la misma semana se habla de nombres propios ligados al establishment económico más concentrado y, al mismo tiempo, se sostiene la idea de la emisión como forma de financiamiento de un vago programa que implicaría “poner plata en el bolsillo de la gente”.

Partición. Una vez más, la opción más sencilla es la de la confrontación general. Lamentablemente, el escenario futuro sólo tiene una certeza y es la de la partición en dos de la sociedad política argentina. En un marco de internas muy fuertes en el próximo gobierno y de una disputa por la conducción de la oposición, lo único invariable es la distinción. El populismo se reconoce fácilmente en este discurso, se encuentra a gusto y lo fomenta, porque se alimenta de él.

Cambiemos, por su parte, nació para derrotar esta visión y fracasó. Terminó desperfilado, reivindicando posiciones que había denostado y apelando a la movilización popular como expresión legitimante. Sin dudas es un punto negativo del gobierno terminar sin haber logrado quitarle centralidad a la política en la vida cotidiana de los ciudadanos. Se retira, además, con una apelación tardía sobre el campo simbólico, apurando un relato ligado a ganar la calle como modo de resistencia frente a un otro cargado de elementos negativos. Esta estrategia, aun percibiéndose como exitosa en lo electoral y hasta en lo anímico, es uno de los principales retrocesos de Cambiemos en relación con sí mismo.

La vocación populista del kirchnerismo y la falta de eficacia de Cambiemos para cambiar ese vector de confrontación, dio como resultado que quedemos inmersos en una paradoja poco virtuosa, un contexto en el que hay pocos indicios de que la convivencia democrática se reoriente en el sentido del diálogo.

No es un buen escenario. Las palabras importan: nunca son inocentes y siempre están cargadas de significados. Además, como lo señaló bien Raphael Lemkin, siempre el discurso de odio o de exclusión termina en acciones. La idea de rompimiento total con el pasado y de cambio de régimen, en lugar de sustitución de elencos que ejercen una función, puede resultarle útil al presidente electo para posponer definiciones de todo tipo y también a la nueva oposición para mantenerse unida y expectante. Sin embargo, no parecen una buena idea para construir una sociedad más amable.

*Analista político.


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