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COLUMNISTAS / Memoria Histórica
lunes 10 septiembre, 2018

San Martín, los necios y los pícaros

El forjador de la independencia de Argentina, Chile y Perú no pudo escapar a la grieta que ha dividido desde siempre a nuestra sociedad.

Gustavo Druetta (*)

Los granaderos a caballo, el regimiento del Gran Capitán. Foto: Cedoc Perfil

La “semana sanmartiniana” culminó la madrugada de 17/8 con una “vigilia” en el Regimiento de Granaderos a Caballo “General José de San Martín” apelando a una memoria siempre actual. Su desobediencia desde Chile (1820) para no ser devorado por la “grieta” de la anarquía, el inicio de su definitivo “ostracismo” en 1824, el intento frustrado de volver a su tierra en 1829 y el tardío reconocimiento de sus hazañas y genio político en el último cuarto del siglo XIX, dejarán una herida profunda en el ADN argentino: treinta años entre su fallecimiento, a los 72 años en 1850 en Boulogne Sur Mer, y la repatriación de sus restos en 1880 recibidos por D. F. Sarmiento en el puerto de Buenos Aires. Había vivido 54 años en Europa y 18 en Sudamérica; en Argentina 6 de niño y apenas 6 de adulto

Corría mediados del año 1816 y el Coronel Mayor San Martín (38 años), dejando la administración política de Cuyo en manos del Coronel Toribio de Luzuriaga preparaba el Ejército de los Andes en el Plumerillo. Ante la débil voluntad independentista de varios delegados al Congreso de Tucumán, urgía al representante de Mendoza, Tomás Godoy Cruz, la declaración de la independencia. Apoyaba la moción de Manuel Belgrano de una monarquía (“temperada”) parlamentaria que reuniera las “Provincias Unidas en Sudamérica” bajo un trono incaico con capital en Cuzco. Narciso Laprida delegado de San Juan y de Juan Martín de Pueyrredón futuro Director Supremo, sabían su opinión: “…sin industrias, sin agricultura, sin ilustración y en un extenso territorio despoblado…” la república era una ilusión. 

San Martín apoyaba la moción de Manuel Belgrano de una monarquía (“temperada”) parlamentaria que reuniera las “Provincias Unidas en Sudamérica” bajo un trono incaico con capital en Cuzco

Los héroes anónimos serán los más de 5.000 criollos, mestizos, negros y aborígenes que cruzaron la cordillera en 1817 y dieron libertad a Argentina, Chile y Perú. Sus cenizas yacen depositadas en la Catedral Metropolitana junto a las del “Padre de la Patria” desde 1945. El “Protector del Perú” reclamaba en 1821 a los americanos libres “transmitir a sus hijos la gloria de los que contribuyeron a restaurar sus derechos”). 

¿Cómo fue el tratamiento recibido por aquellos soldados luego de su gesta? Veamos. El germen del ejército argentino nació en las invasiones inglesas (1806/1807) y el icónico Regimiento de Patricios. Fue su primer cuerpo profesional el Regimiento de Granaderos a Caballo. En su libro “Amanecer de un 3 de Febrero” (2013), Carlos Gigliotti nombra a los 7 únicos granaderos supervivientes de los 150 que pelearon en San Lorenzo en 1813. Entre ellos “el legendario trompa de órdenes, el indio guaraní sargento Miguel Cepoya”. Luego de cientos de batallas hasta la de Ayacucho a fines de 1824, regresan a Buenos Aires el 13 de febrero de 1826 casi en harapos. Los manda el Coronel Félix Bogado, un paraguayo que había participado como granadero raso en aquel combate inaugural. Con ellos también llegaron otros 71 granaderos incorporados a lo largo de la campaña libertadora. Una semana después la “Gaceta Mercantil” lo informaba en una breve nota a pie de página. 

Bernardino Rivadavia, enemigo acérrimo de San Martín y responsable del primer empréstito externo argentino con la “Baring Brothers” -cuya utilidad San Martín había criticado- decreta la disolución de los Granaderos. Recién en 1903, el Teniente General Pablo Ricchieri, ministro de guerra de Julio Argentino Roca, lo recrea como escolta presidencial. La crónica nos revela que ninguno de los 78 granaderos arrojados a la calle recibió nunca, como tampoco San Martín, una pensión militar. El “Código de Honor” sanmartiniano consideraba delito grave no pagar a los soldados sus servicios. 

La historia del General José de San Martín que no conocemos

En aquél mismo 1826, San Martín escribía desde Bruselas a Tomás Guido: “¿Ignora Ud. por ventura que de los tres tercios de habitantes de que se compone el mundo dos y medio son necios y el resto pícaros con muy poca excepción de hombres de bien?”. Herido por la maledicencia de diarios rioplatenses contra su figura, aborrecía a quienes calificaba de pillos consuetudinarios y revolucionarios de café. 

A 200 años del triunfo de Maipú, los frutos de nuestra democracia han quedado muy lejos del consejo de San Martín desde Grand Bourg (1842) al presidente peruano Andrés Santa Cruz: “Un buen gobierno no está asegurado por la liberalidad de sus principios, pero sí por la influencia que tiene en la felicidad de los que obedecen” (“San Martín en palabras”, EUDE, 2018). Había visto y sufrido como el deshonor, la avaricia y el desquicio institucional pervertían la sagrada causa de la libertad.       

(*) Sociólogo.
 


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