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PROTAGONISTAS / 17 de agosto
viernes 17 agosto, 2018

La historia del General José de San Martín que no conocemos

Un fragmento de 'El general y el almirante, Historia de la conflictiva relación entre José de San Martín y Thomas Cochrane'.

Omar López Mato

General Jose de San Martin Foto: Jovenesrevisionistas.org , diasdehistoria.com, universalmedios.com.ar

“La tormenta que llega al puerto”, los últimos años del Libertador.

El general San Martin continuó en contacto con varios latinoamericanos que pasaban a visitarlo, por su residencia en Bruselas aunque no siempre le trajesen buenos recuerdos. Le atribuían a Bolívar haber dicho que América había tenido “tres césares [San Martín, O’Higgins e Iturbide] y los tres habían caído por no amar la libertad”. Habría que preguntarse por qué cayó el caraqueño…

En una carta a O’Higgins, San Martín valoraba el oscuro panorama de las naciones recién liberadas, envueltas en guerras civiles: “Cuando uno piensa que tanta sangre y sacrificio no han sido empleados sino para perpetuar el desorden y la amenaza, se le llena el alma del más cruel desconsuelo”.

En los primeros años de ostracismo, gracias al rendimiento del alquiler de sus propiedades en Buenos Aires y en Mendoza y a la pensión del Perú, sumado a la vida frugal y sistemática que llevaba en compañía de su hermano Rufino, le permitía vivir con cierto desahogo

Sus problemas económicos comenzaron cuando la guerra de Brasil hizo bajar la cotización del peso (de 50 peniques a 16) y sus ingresos se depreciaron. Para colmo, las dificultades económicas del Perú impedían que el país girara la pensión convenida ($9000 originalmente) que, en poco tiempo, se redujo a $5000. La deuda impaga del Perú con el general ascendería a $33.000.

San Martín continuó frecuentando logias masónicas tanto en Bruselas como en Londres y en Francia. Cuando se enteró por Guido que Juan Manuel de Rosas había entrado en conversaciones con el Vaticano para la designación de obispos, no pudo menos que sincerar su vena anticlerical (había sido excomulgado por un Obispo peruano) con su amigo de confianza: “¡Negociaciones con Roma! Remitan un millón de pesos y conseguirán lo que quieran”.

En la misma carta, le confesó a Guido que “tiene una pacotilla (y no pequeña) de pecados mortales cometidos y por cometer”. Quizás se refería a sus muchas aventuras galantes que, en algunos casos, habían terminado con descendencia, inesperada y no reconocida. Se comentaba sobre el varón nacido de la relación con la mulata Jesusa en Lima, antes de conocer a Rosita Campusano. A pesar de su breve permanencia en Guayaquil y su apretada agenda, cuenta la tradición que el general tuvo un hijo con Carmen Mirón y Alayón, bautizado en abril de 1823 como Joaquín Miguel de San Martín y Mirón. El general lo conoció años más tarde durante su permanencia en Francia. También, en San Nicolás de Supe, Fermina González Lobatón tuvo un hijo, Domingo Luis González, que sería vástago del Libertador.

Dada la conflictiva situación en los Países Bajos, entre flamencos, holandeses y belgas, se fueron sucediendo una serie de desórdenes y revueltas. Como San Martín tenía aversión por este tipo de expresiones populares que podían terminar en un caos anárquico, decidió que era tiempo de mudarse y gestionó su traslado a Francia.

Estando en Montmorency, él y su hija fueron víctimas del cólera. En ese entonces solía visitarlos el joven diplomático Mariano Balcarce, hijo del general Antonio González Balcarce. Debido al estado desesperante en que se encontraban padre e hija, Mariano se quedó para asistirlos hasta que se recuperaran y posteriormente comenzó un noviazgo con Mercedes que terminó en el altar.

La joven pareja (ella tenía 16 años y él, 24) retornó a Buenos Aires con instrucciones precisas del general sobre el manejo de sus bienes en el país, ya que no tenía novedades de su propiedad en Mendoza desde hacía tiempo. 

La soledad por la ausencia de su hija fue atemperada por la amistad con Alejandro Marías de Aguado, compañero de armas que había desertado del Ejército de Fernando vii y luchado bajo las órdenes de José Bonaparte.

Aguado había amasado una fortuna como hombre de finanzas. Después de la restauración de los Borbones, gestionó un crédito para paliar las enormes deudas que había contraído el Tesoro español (mientras el rey acumulaba una fortuna de varios millones de libras esterlinas en Londres a nombre de él y de sus hijas).

A fin de agradecer esta asistencia, el Rey Felón lo había nombrado marqués de las Marismas del Guadalquivir, pues el empresario también había disecado los pantanos a orillas de ese río. 

En el suntuoso palacio de Aguado, sobre la Rue de la Grange-Batelière, San Martín se codeó con le Tout-Paris, que incluía al novelista Honoré de Balzac, al compositor Gioachino Rossini y al guitarrista Fernando Sor. Con este último, retomó las clases de guitarra que había iniciado en su juventud.

A instancias de su amigo –quien también tenía un palacio en Petit-Bourg (frecuentado en su momento por Luis xiv y Napoleón)–, el general adquirió, por 13.500 Francos, una propiedad vecina que, paradójicamente, y a pesar de ser de menores dimensiones, pasó a llamarse Grand-Bourg. Un año más tarde, en un remate judicial, también adquiriría un apartamento en París (9 Rue Saint-Georges), cerca de donde vivía Aguado. 

El joven matrimonio Balcarce retornó a Francia y, entonces, José pudo conocer a su nieta, María Mercedes. La familia convivió bajo el mismo techo.

Curiosamente, la mayor parte de las visitas argentinas que recibía el general eran opositores al gobierno de Rosas: Florencio Balcarce, Juan Bautista Alberdi, y Domingo Faustino Sarmiento, como así muchos de sus amigos (Goyo Gómez, Manuel Guerrico y sus cuñados, los Escalada) eran perseguidos por el rosismo. Sin embargo, y a pesar de tales amistades, San Martín le escribió una carta a Rosas con motivo de la intervención anglo-francesa, y le ofrecía sus servicios para pelear contra la injerencia de las potencias extranjeras. Rosas le respondió agradeciendo el cumplido, pero rechazando su asistencia aunque, pocos meses más tarde, le ofreció la Embajada de Argentina en Lima, honor que el general declinó.

Esta posición de apoyar la defensa del suelo patrio frente a una agresión francesa no fue obstáculo para que el rey Luis Felipe i pidiese conocer al famoso general José Francisco de San Martín para estrechar su mano y expresarle su “admiración por vuestra labor”.
Frente a Florencio Varela deploró que la dictadura de Rosas enviara jóvenes talentosos al exilio. 

“Bárbaros —dijo frente al unitario proscripto—. No saciarse en quince años de perseguir a los hombres de bien”. Sin embargo, y como lo expresó en un artículo publicado en el Morning Chronicle cuando le pidió su opinión sobre la intervención anglo-francesa, San Martín exaltó “la resistencia de Rosas ante la agresión extranjera”.

Probablemente el general no deseaba que fuese puesta en duda su lealtad hacia el nuevo país que había asistido a independizar como antaño se lo había acusado de traicionar al Reino de España.

Con el paso de los años, sus amigos fueron muriendo. Aguado falleció por un accidente cerebro vascular mientras visitaba sus minas de carbón y O’Higgins, en el exilio. Con los achaques de la edad, quedó más cerca de su familia, que ahora le llenaba la vida con esas nietas a las que consentía como no lo había hecho con su hija, al extremo de entregarle sus medallas para que las niñas jugaran. “Mi juventud fue sacrificada al servicio de los españoles, mi edad media al de la Patria, creo que me he ganado mi vejez”, solía decir.

La designación de su yerno en la delegación argentina de París y su asunción como ministro después de la muerte de Sarratea, mejoró la situación financiera de la familia y acrecentó los vínculos con el gobierno de Rosas.

Los disturbios de 1848 contra la monarquía de los Borbones lo empujaron a abandonar París con su familia para dirigirse a Boulogne-sur-Mer, por si debían pasar a Inglaterra en caso de desatarse una guerra civil.

En esta espera, lo sorprendió la muerte. Las últimas palabras que se recuerdan de él, las dijo en francés: “C’est l’orge qui mène au port”. 
“Es la tormenta que llega al puerto.”
 


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