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COLUMNISTAS / memorabilias
sábado 28 diciembre, 2019

Un relato oriental

por Fabián Casas

sábado 28 diciembre, 2019

Fue una noche de Navidad. En ese entonces me pasaba algo que ahora ya no me importa: sentía deseos de salir después de brindar con mi familia. Siempre había una fiesta o nos juntábamos con amigos en una de las esquinas del barrio y simplemente pasábamos la noche tirando cohetes y charlando o escuchando música. Había una sensación de felicidad que se fue aplacando con los años.

La noche de la que hablo el japonés Uzu –un amigo del barrio cuyos padres tenían una tintorería en la calle José Mármol– le robó las llaves del auto a su viejo y nos pasó a buscar por la esquina dónde estábamos rapeando antes de que existiera el rap. Nos subimos varios. El auto era un Ford Taunus rojo. Y tardamos cuatro o cinco cuadras en chocarlo contra un árbol. Vino la policía. Uzu no tenía documentos ni registro ni nada. Llamaron a los padres. El padre vino en camiseta, pantalón pijama y ojotas y le pegó un cachetazo al japonés frente a todos nosotros más la policía y los curiosos.

Al otro día dejamos de ver a Uzu por muchos años. El padre lo mandó a Okinawa, con una tía. El padre de Uzu había combatido en la Segunda Guerra Mundial. Entró en Manchuria con el ejército japonés y cuando perdieron la guerra se volvió literalmente caminando hasta Okinawa. En el medio, estuvo en un campo de refugiados. En esa larga marcha hasta volver a su casa, atravesó campos inmensos con todos los movilizados y, como hacía mucho calor, los demás soldados abandonaban sus abrigos. El papá de Uzu no. Agarraba los abrigos que dejaban sus compañeros y se los ataba en la espalda, a pesar de la larga caminata y el calor. Cuando llegó el invierno, sus compañeros morían como moscas por estar mal abrigados, pero él no. Esa fue la primera vez que se salvó. Bajo la nieve, casi se muere de hambre pero –según le contaba a su hijo y este a nosotros– un día encontraron en medio de un prado un árbol inmenso, cuya corteza –su piel– parecía goma. Entre todos los que quedaban vivos se comieron la corteza dejando el árbol pelado en pocos segundos. Finalmente, logró regresar a Okinawa y puso una bicicletería. Se casó y tuvo un hijo: nuestro amigo Uzu. Salió la posibilidad de viajar a Argentina y alejarse de la radiación atómica. Acá lo recibieron otros japoneses que estaban en el negocio de las tintorerías. Abrieron una en Flores y rápidamente se mudaron a Almagro, donde finalmente pusieron la tintorería llamada tautológicamente Japón. Mi primer blazer del secundario se limpió ahí.

La mamá de Uzu era una persona muy amable, de pelo prematuramente blanco. Siempre estaba detrás del mostrador y era la que atendía a la gente. El padre planchaba detrás con un cigarrillo en la boca. Cuando salía a la calle, se vestía de manera elegante, salvo la noche del choque en que le pegó el formidable cachetazo a su hijo. “Menos mal que no sabía karate”, decíamos nosotros. Y durante un tiempo nos preguntamos dónde carajo estaría Uzu, hasta que alguien se enteró y le contó a mi mamá y ella a mí y yo a mis amigos.

Japón, como le decíamos, estaba en el exilio. Volvió varios años después. Ya estábamos saliendo de la adolescencia. Me acuerdo que me lo crucé por la avenida principal y me quedé mudo. Nos abrazamos y fue como si el tiempo no hubiera pasado. Yo había terminado el secundario y estudiaba Filosofía. La dictadura agonizaba y se vivía una primavera política. Uzu tenía el pelo largo y se había hecho plomo de una banda de rock pesado. Me dijo que iba todos los domingos al Parque Rivadavia a cambiar discos y casetes de ese tipo de música. Que se juntaba con gente que tocaba en bandas. Me habló de una banda llamada Lulú que era una especie de banda tributo de Kiss porque se pintaban la cara, pero todavía el concepto de banda tributo no existía. Me preguntó por los amigos de antes y le conté que algunos habían ido a la guerra, que otros militaban y que otros estaban muertos o internados: nuestro barrio era un lugar complejo.

Me invitó un domingo a que lo acompañara al Parque Rivadavia, donde se juntaban a intercambiar discos y memorabilia de heavy metal. Eran puestos que estaban ubicados en torno a un ombú. “Un árbol de este tipo se comió tu viejo”, le dije. “Sí”, me dijo. “Es un buen tipo mi viejo”.


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