CULTURA
entrevista a jose eduardo agualusa

Angola no es para los mansos

Escritor multipremiado por su obra narrativa, el angoleño José Eduardo Agualusa es uno de los mayores exponentes de la literatura africana actual. Hijo de colonos portugueses, sus obras son una revision sobre la historia convulsa de su patria, atravesada por la biografÍa del autor y el barroco tropical.

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José Eduardo Agualusa. Periodista, agrónomo y escritor angoleño que escribe en portugués, su carrera literaria es una de las más originales y fulgurantes en una lengua europea afincada en África desde Coetzee. | Salatino

Angola es un país de Africa del sur que, después de una larga lucha por su independencia (1961-1975), ha atravesado –o ha sido atravesado– por una cruenta guerra civil que protagonizaron el MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola) y la Unita (Unión Nacional para la Liberación Total de Angola) como actores principales, y el FNLA (Frente Nacional para la Liberación de Angola) secundariamente, que se prolongó durante décadas. No son pocas las contradicciones políticas que acontecieron –y acontecen– en este país con abundantes recursos naturales (petróleo, gas y diamantes) pero que, paradójicamente (o como siempre sucede), tiene un ingreso per cápita de los más bajos del mundo. La traición a los ideales del socialismo, la igualdad y la justicia social, junto a la corrupción imperante en todos los estamentos, la violencia, tanto física como ideológica, que habita en todas partes y una extravagante “falsificación de la realidad” son la cálida atmósfera que se viene respirando en Angola.

Hijo de colonos portugueses, el escritor José Eduardo Agualusa ha vivido, se ha formado y ha trabajado tanto en Angola como en Portugal y Brasil pero, claramente, toda su escritura está comprometida con la vida y la historia de Angola –que es “la vida en estado de embriaguez” y no se lea aquí ninguna connotación etílica.

Así que, ante la perentoria duda que expone su personaje José Buchmann en la novela El vendedor de pasados, sobre si es más importante dar testimonio de la belleza o denunciar el horror, el escritor apuesta doble y contiene ambas con la firmeza de lo inevitable.

Si bien declara que nunca fue militante de partido alguno, siempre apoyó todas las iniciativas de pacificación y democratización de su país, y hace muchos años –era entonces un joven escritor– participó en un grupo informal de reflexión para la paz en Angola, que agrupaba figuras históricas del movimiento independentista, como Mario Pinto de Andrade, fundador del partido del poder y luego uno de sus principales opositores, en el campo de la no violencia, quien fue muy importante en su formación. Igualmente, resulta muy fuerte para quien lee la consecuencia militante con la que su escritura trata de echar algo de luz sobre lo que ocurrió –y ocurre– en Angola.

Es en este sentido que profundiza la perspectiva histórica y la actitud investigativa con su novela La reina Ginga, ambientada en el siglo XVII, un período importante en la formación de Angola y Brasil. Estudiar ese período lo ayudó a comprender la Angola de nuestros días, en particular Luanda, cuya sociedad está todavía muy marcada por los siglos de régimen esclavista. La relación entre Luanda, una ciudad antigua, con una cultura criolla, euroafricana, y el resto del país solamente se comprende conociendo bien su historia.

—Y entonces, sabiendo de dónde venimos, cabe aquí aventurarnos (hago esto extensivo a Latinoamérica toda) a lo que nos espera: ¿pueden el presente y por ende el futuro ser distintos o estamos, como pueblos, condenados a una constante repetición?

—Estamos condenados a repetirnos por ignorancia, por olvido, por no conocer el pasado y por no reflexionar sobre él. En un país como Angola es necesario, por ejemplo, quebrar esa relación histórica perversa, entre el mundo urbano y el mundo rural; es necesario llevar a cabo un proceso de reconciliación, pero eso pasa por el conocimiento y reconocimiento mutuo.

Se produce aquí una tensión, por lo menos en las cuatro obras que se publicaron en nuestro país, entre los acontecimientos vividos en el pasado y sus consecuencias presentes hasta el punto de que, por ejemplo, los que visitan a Félix en El vendedor de pasados pagan, generosamente, para no haber sido lo que fueron. Todos –incluso Ludo, la protagonista de Teoría general del olvido, que vive casi treinta años encerrada sin contacto con persona alguna– recuerdan el pasado de manera vergonzante y culpable e intentan olvidarlo. Es así que sus historias hacen sentir que solo a partir del olvido podrá aparecer la esperanza de un mejor porvenir a la vez que, y queda de esta manera expresada la tensión referida, por el contrario, la imposibilidad de anular un pasado violento y cruel produce la inevitable aparición de la memoria, y eso es lo que mantiene un presente conflictivo. Agualusa potencia este conflicto en la intención muy precisa, casi un fundamento, de trabajar con personajes que han cometido hechos aberrantes, como Jeremías Carrasco y Hossi Apolónio Kaley –que comparten la característica de haber muerto y renacido–, los cuales no solo no pueden olvidar sino que tampoco son olvidados, y el pasado les presenta un aquí y ahora de pesadilla. O también, abriendo otro camino que parece ir al hueso de la idea, en las palabras de su personaje Jean Mpuanga, un congolés que devino brasileño y ahora se llama Paulo Costa Pinto: “Usted, señor periodista, me da pena, no tiene ninguna imaginación, (…) cree que el presente nace del pasado, pero es lo contrario. El presente crea el pasado”. Agualusa, entonces, recoge el guante:

—En la novela Teoría general del olvido, les di a casi todos los personajes la posibilidad de reinventarse y de hacerse perdonar. La protagonista, por ejemplo, se salva cuando se entrega al otro; el mercenario portugués muere y renace, cambia la piel, transformándose en ese otro que combatía y odiaba. Kaley no consigue hacer eso. Vive atormentado con los horrores que cometió durante la guerra. Solo se salva, en el final, a través del sueño y del amor. Me gusta creer en eso, que dentro de todas las personas, por muchas que hayan sido las crueldades que han ejercido, hay alguien mejor queriendo nacer. En un país como Angola, que vivió tiempos tan terribles, tenemos que creer en esa posibilidad de regeneración. Por lo demás, conozco realmente personas que hicieron la guerra, que cometieron crímenes, y después se reinventaron. Y conozco a los otros, a los antiguos torturadores, viviendo en un infierno cotidiano de culpa, amargados, alcoholizados. También conozco –es cierto– torturadores que no muestran arrepentimiento y se enorgullecen de los actos que cometieron. Pero no creo que sean felices.

—Ahora bien: ¿no hay nada heroico en el pasado que merezca ser recordado?

 —Angola tiene un largo pasado de violencia y de heroísmo. Infelizmente, en Angola, el heroísmo está casi siempre asociado a la violencia. Tal vez sea necesario descubrir héroes no violentos.

Chistinne Messiant, socióloga francesa que dedicó su vida entera a estudiar Angola, acostumbraba decir que en mi país “hasta el pasado es imprevisible”. Es verdad, porque el partido del poder se dedicó con gran energía a falsificar el pasado. Hizo eso por muchos años. Los historiadores comienzan ahora a confrontar esas versiones –y ha habido grandes sorpresas–. Yo creo que es necesario escuchar todas las versiones. A eso también se lo llama democracia.

—Insistiendo: ¿dónde habitan la esperanza y el heroísmo?

—En los últimos años, con el surgimiento de un activismo juvenil pro democracia, comenzamos a tener referencias de héroes no violentos, como Luaty Beirão y sus compañeros, presos por defender una mayor apertura democrática y justicia social. Esos jóvenes fueron liberados después de que Luaty cumpliera 36 días de huelga de hambre, que generó un amplio movimiento de solidaridad y de protesta contra el régimen. Hoy, tenemos un nuevo presidente que se viene destacando en el combate contra la corrupción. Y tenemos también mucha más libertad de expresión.

Se hace referencia a este hecho en su última novela, La sociedad de los soñadores involuntarios, en donde la ordinaria cotidianeidad da paso, o es atravesada constantemente por lo onírico, pero su utilización no resulta un simple recurso narrativo. Más allá de definir que en el libro algunos de los personajes son soñadores profesionales –como él mismo, personas que usan los sueños como material de trabajo–, también propone la existencia de esa masa de soñadores involuntarios –todo el pueblo– que cuando comienza a soñar en conjunto se descubre capaz de cambiar el mundo. Esto, nos referimos a las propiedades del sueño, resulta un programa de acción del propio Agualusa que está presente en el conjunto de su literatura. Todos sus personajes importantes sueñan y ese sueño ocupa en todos ellos un espacio en el cual se puede comprender mejor la realidad y, lo que es más importante, se vuelve una herramienta eficaz para transformarla. Parece así acreditar la frase de V.I. Lenin que le gustaba citar a Julio Cortázar: “Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía”. O, seguramente mas afín a su pensamiento pacifista y como manifiesta Félix en El vendedor de pasados: “Me viene a la memoria la imagen en blanco y negro de Martin Luther King haciendo un discurso frente a la multitud: ‘Tuve un sueño’. Debería haber dicho antes: ‘Yo hice un sueño’. Hay alguna diferencia, pensándolo bien, entre tener un sueño y hacer un sueño”.

Se siente siempre en sus palabras la intención de hacer su sueño.

Finalmente, otro aspecto fundamental en su literatura está dado por la importancia que tienen las mujeres en sus novelas. No solo siendo el origen de la narración como en La reina Ginga, o la estructura central del relato como en Teoría general del olvido sino que siempre resultan ser el factor más dinámico y determinante en las historias, al punto incluso de encabezar revoluciones. Esto no se ve como una simple elección estética sino que es, sin duda, una convicción política. Para Agualusa, en un país como Angola es muy obvio que las mujeres desempeñen un papel fundamental en el proceso de pacificación y de reconciliación de la sociedad. Las mujeres son entrenadas desde niñas para la diplomacia. Eso no significa que las mujeres no puedan también ellas cometer actos terribles y de gran sadismo. También había mujeres torturando presos durante la dictadura. Pero cree que si tuviéramos un poder dominante femenino, podríamos tener otra manera de ejercer el poder.

Literatura, Brasil y Venezuela

—En el plano específico de la escritura: ¿qué influencias literarias reconoce?

—Hay una serie de escritores latinoamericanos que fueron muy importantes para mi formación, como Borges, García Márquez, Julio Cortázar, Jorge Amado o Rubén Fonseca. Soy también un gran lector de poesía, soy un ficcionista movido por la poesía. Leo poesía para escribir ficción.

—¿Y de las artes visuales? (su escritura combina, armoniosamente, lo visual con lo conceptual. “La reina Ginga” hace recordar al primer Herzog, Por otra parte, la génesis de “Teoría general del olvido” fue un guión cinematográfico).

—Creo que el cine cambió la forma como escribimos. Por ejemplo, volvió la escritura más ágil y menos descriptiva. Usted lee a un autor del siglo XIX y se perciben las diferencias.

—Usted vivió en Brasil. ¿Cómo ve hoy la situación política con el triunfo de Bolsonaro y, extendiéndonos en la región, puede comentarnos algo sobre la realidad venezolana?

—Brasil es una tragedia, un buen ejemplo de las imperfecciones de los sistemas democráticos en la era del rumor digital y las noticias falsas, y de cómo eso puede influenciar a los electores. Para liberarse de la corrupción, los brasileños eligieron desprevenidamente a un sujeto totalmente misógino y defensor de la tortura, envuelto no solamente en casos de corrupción sino también ligado a la mafia militar. No sé lo que va a pasa con Brasil, pero preveo lo peor: veo que Brasil se puede transformar en una nueva Venezuela. Maduro y Bolsonaro son, en esencia, muy semejantes.  

—¿Podría comentarnos cuáles son sus proyectos?

—Estoy escribiendo, con gran placer, una nueva novela que se desarrolla en la isla de Mozambique, donde vivo actualmente, durante un festival de literatura. Sospecho que será una novela sobre el poder de la imaginación, pero también sobre el misterio del tiempo y las trampas de la memoria. A ver qué descubro. También me estoy divirtiendo inmensamente porque el libro me permite jugar con la propia literatura.

RESEÑA BIOGRAFICA. Nacido en Huambo, Angola, en 1960, José Eduardo Agualusa estudió Forestales y Agronomía en Lisboa, Portugal. Es escritor y periodista. Fue becado por el Centro Nacional de la Cultura y el Deutscher Akademischer Austausch Dienst. Sus libros han sido traducidos a más de 25 idiomas. A conjura (1988), Premio Revelación Sonangol; por Nación criolla (1997) y el Gran Premio de Literatura RTP; por El vendedor de pasados (Edhasa, 2017), el Independent Foreign Fiction; por Teoría general del olvido (Edhasa, 2016), el Dublin International Literary Award y el XIX Premio Llibreter de novela. Escribió varias obras de teatro, como Geração W (2004), Chovem amores na Rua do Matador junto con Mia Couto o el monólogo Aquela mulher.

Colabora en el diario Público. Realiza el programa La hora de las cigarras (A hora das cigarras) en RDP Africa, en el cual trata temas sobre música y poesía africana.

También trabaja para la revista LER redactando crónicas; en el diario angoleño A Capital; es miembro de la Unión de Escritores de Angola y creó en 2006 junto con Conceição Lopes y Fátima Oterola la editorial Lengua de Brasil, que solo edita libros escritos originalmente en portugués.

En Argentina, Edhasa ha publicado Teoría general del olvido, El vendedor de pasados, La reina Ginga y su última novela, La sociedad de los soñadores involuntarios.

Actualmente vive en Mozambique con su mujer y su pequeña hija.