CULTURA
Palabras finales XX

Así se divertía el proletariado

Filósofo, escritor y cineasta francés, Guy Debord es conocido, ante todo, por haber sido quien conceptualizó la noción sociopolítica de “espectáculo”, desarrollada en su obra más conocida, “La sociedad del espectáculo” (1967). Antes de suicidarse, en 1994, dejó el primer tomo de lo que hubieran debido ser sus memorias: “Panegírico”.

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La despedida de Guy Debord (1931-1994) tuvo algo de esas “situaciones construidas” que impulsó la Internacional Situacionista, grupo que entre fin de los 50 y principios de los 70 propuso la superación del arte en tanto esfera separada de la vida dentro de una revolución que Debord seguía llamando, sin concesiones, “proletaria”.

Es curioso observar el derrotero de ciertas palabras que en otros tiempos fueron potentes. En el vocabulario situacionista, una de las más novedosas y equívocas fue détournement: la tergiversación y el desvío de elementos estéticos preexistentes y su composición en una nueva unidad de sentido. Por ejemplo: un título, un recorte de prensa, una frase neutra, un póster, una consigna, una foto cuya relación con el texto no sea obvia de inmediato, producen otros significados si se los inserta en un nuevo contexto. Se modifica un cartel publicitario o señal de tránsito, se arranca un fragmento de su lugar fijo y predeterminado, se desvía su curso y se subvierte su sentido. Desviación o tergiversación serían más apropiadas, pero en las reediciones argentinas de La sociedad del espectáculo, desde su primera publicación por Ediciones de la Flor en el ’72, détournement siempre aparece como “diversión”, quizá tomando en cuenta su traducción al inglés.

El responsable de ese desvío (¿involuntario?) de sentido fue Daniel Alegre, traductor argentino de Debord que también firmaba como Fidel Alegre. Por supuesto que lo de “diversión” es un desliz mínimo dentro de una versión de La sociedad del espectáculo, que probablemente sea la mejor en contraste con otras españolas, para un libro de 221 tesis de alta complejidad. Además, como valor añadido, la traducción criolla le agregó una interesante vuelta de tuerca al meandro.

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Alegre, a principios de los 70, también publicaba textos en la revista Contracultura de Miguel Grinberg y en la revista 2001, así como en el primer y último número de la única revista situacionista nacional, realizada por un grupo de estudiantes de Filosofía y Letras: En Cuestión, agosto-setiembre de 1971. Luego editó un anuncio en seis páginas de otra revista que nunca llegó a publicarse, llamada precisamente “Diversión”. Allí, Alegre insistía en su traducción personal, definiendo la diversión como antagónica al espectáculo y superadora de la separación entre arte, juego y vida cotidiana. Editado por un sello fantasma, El Amigo del Pueblo, ese anuncio utilizaba fragmentos de las historietas Misterix y Martín Toro con textos políticos en los globitos de diálogo. “Las revoluciones proletarias serán fiestas o no serán, puesto que la vida que ellas anuncian será creada bajo el signo de la fiesta”, diría un bebé o los gauchos reclutados en los fortines del cómic, y algún indio respondería: “El juego es la racionalidad última de esa fiesta, vivir sin tiempo muerto y gozar sin trabas son las únicas reglas que podrá reconocer”. Más tarde, Alegre abandonó estas inquietudes y se dedicó a la medicina china, pero eso ya otra historia.

El tiempo pasó, el espectáculo se extendió y el proletariado se precarizó. Debord vivió lo suficiente para ver que su llamamiento revolucionario era convertido en otra mercancía, cliché o mera descripción de la sociedad. Y decidió desautorizar muchas de las traducciones a otros idiomas y absolutamente todas las ediciones en castellano de su libro fundamental, por considerarlas “defectuosas”. También optó por retirar de circulación sus seis películas experimentales, aunque no sus guiones cinematográficos ni el resto de su extraordinaria producción, entre boletines, ensayos breves, collages, mapas “psicogeográficos” y tableros de su Juego de la Guerra, además de pósters y panfletos elaborados con la técnica del détournement.

En 1989 publicó su último libro, Panegírico, como el primer tomo de una autobiografía que no llegó a terminar. Allí recordó sus viajes y amores extranjeros, sus lecturas y derivas por las cervecerías irlandesas, los licores de Alsacia, la grapa de Turín, el ron de Jamaica, todos los vinos de Francia, Italia y España: “Dos o tres pasiones han ocupado casi continuamente un amplio espacio de mi vida. Pero beber ha sido la más constante y la más presente… Aunque he leído mucho, he bebido más”.

Finalmente, una polineuritis alcohólica que avanzó rápidamente pese a todos los tratamientos intentados, excepto dejar de beber, redujo su capacidad de movimientos por dolor e insensibilidad en las piernas, amenazando con extenderse a los brazos. Antes de que fuese demasiado tarde, un 30 de noviembre se apoyó un arma sobre el pecho y se disparó al corazón, como si hubiera querido preservar su rostro de un impacto en la sien o en la boca. Ese suicidio fue considerado por Philippe Sollers, entre otros, como una situación pura, una crítica en acto contra la sociedad del espectáculo. Sabrá Dios. Lo cierto es que “ni yo ni quienes han bebido conmigo nos hemos sentido en ningún momento avergonzados por nuestros excesos”, dejó escrito Guy Debord en su Panegírico. Y también: “Aquí el autor finaliza su verdadera historia: sepan perdonarle sus defectos”.