jueves 23 de septiembre de 2021
CULTURA Canon ausente
15-08-2021 03:52
15-08-2021 03:52

Canon ausente

Amparados bajo el criterio de la exigencia y sofisticación lectoras, frente a cada canon literario emerge siempre un contracanon, un lugar de obras esquivas al mercado y al gusto de la mayoría, que suelen además compartir ciertos patrones: vanguardia, marginalidad y/o introspección; se trata de una tradición paralela donde, quién lo sabe, acaso lata lo mejor de la literatura argentina contemporánea.

15-08-2021 03:52

Acada época corresponde un pequeño grupo de escritores cuyas obras recibieron un manto de “olvido” o que no persistieron en la edición. A los destacados, promocionados por el mercado editorial, se opone un movimiento lateral, que se desentiende de ese círculo de notoriedad. ¿Qué tienen en común todos ellos? Vanguardia, marginalidad, introspección, modestia infinita y, tal vez, una pulsión que los sobrepasa: escribir sin publicar. Esto no significa que generaran una obra para no ser leídos. Desde la adecuación del pensamiento, incluso académico, la clasificación de estas manifestaciones normaliza lo que guarda un carácter excepcional: casos raros, anómalos, argumentan. 

El carácter permeable de la lengua resulta asombroso. La transferencia de modos, irrupciones, giros, ideas, métodos, recursos retóricos, ocurre sin autorización ni regla alguna. A esto podemos pensarlo como un fenómeno caótico, de dispersión al azar, donde el uso del habla culmina su trayectoria en lo cotidiano. Pero también se produce un movimiento inverso. Donde lo central es la lectura. El lector literario existe, ignorar su presencia es como omitir a esos miembros del canon, el canon ausente. Porque el pacto entre ambos produjo un espacio de edición denominado “independiente”, que hasta posee su propia feria de ventas. Resistencia cultural, oposición a los modos de acumulación de la cadena del libro, y todas las frases que puedan justificar su existencia, quedan a un costado porque aquel pacto es anterior. El lector literario siempre está disconforme, sospecha de lo unánime y sus formas de circulación. Casi al borde del escritor, su ensayo sobre la memoria de lector es una aventura discreta, un proceso de lenta acumulación, un diálogo de sí y para sí, definición de territorio.

¿Los escritores del canon ausente también son lectores literarios anómalos? Aquí es donde sale de foco el objetivo crítico: ¿será que los lectores adecuados llegan tarde a sus obras generando un artefacto teórico a modo de ocultar lo irrepetible? Tal vez, ahora sí, la preocupación debería ser por qué cierta literatura no accede a la publicación. Por caso, no se trata de la formación de un catálogo editorial, sino de algo más vulgar, cuasi presunción respecto a cómo funciona el destinatario, potencial comprador de libros. Este “lector” imaginario pervive por décadas modificando sutilezas, necesidades impuestas, andamiaje retórico para evitar el cuestionamiento de este tipo de publicaciones. ¿Quién cuestiona? Ese lector literario disconforme. Reclama que frente a la muralla de papel existe una ventana a otra escritura. ¿Por qué no se abre? ¿Qué efecto busca tal clausura?

Ocultar es atinente porque el tiempo, el pasaje de estados físicos tangibles a consistencias simbólicas que se diluyen, es un aliado para la disuasión. Porque, ¿qué anuncia una escritura cuya innovación radica en el cuestionamiento de los recursos utilizados en la actualidad que se materializa? Dicho acto supera la geometría, dice de sí, que las coordenadas de sentido realizan una ilusión, un pase de magia atroz (carente de sorpresa), hacia una lectura inane, puro sopor, que no propone ideas ni derivas. El movimiento de escritura del canon ausente tiende, por sus efectos, a una rebelión que insiste. Este acto ético genera el metrónomo de la exclusión. La concentración y modos del mercado (por encima de motivos económicos) despliegan un mecanismo de defensa porque el lenguaje en acto, la escritura que irrumpe, niega su esencia misma, todos los significados y valoraciones que lo constituyen. 

No existe una asociación de lectores defraudados ni movimientos radicales para cometer justicia libresca. En la ocurrencia de un lector literario, el proceso de constitución, su pacto constante (toda una vida), también aflora la transferencia de la inquietud. Siempre habrá un hombre observando el horizonte con desconfianza, porque de algún límite llegará un enemigo, un riesgo para que el propio tiempo quede vaciado de palabras, de pensamiento. Un panorama de estas escrituras sigue en los textos de cuatro lectores argentinos, ensayistas, dos de ellos novelistas. Matías H. Raia, Agustín Conde De Boeck, Ariel Luppino y Pablo Farrés marcan distintos extremos de un territorio tan diverso como misterioso.

 

Desde el borde

Matías H. Raia*

La literatura argentina arde en los bordes. Si hay un canon, si todavía existe algún tipo de canon y no se licuó con la llegada del siglo XXI, es probable que lo más interesante aparezca en las notas al pie de ese gran listado, en los pasillos laterales de ese mausoleo ficcional. 

Así, a la sombra de Jorge Luis Borges, uno puede encontrarse con José Edmundo Clemente, quien fuera su secretario en la Biblioteca Nacional y escribiera una galería de perfiles en 1969 titulada Historia de la soledad. Esas vidas ajenas, capturadas en un puñado de gestos y reflexiones, nada tienen que envidiarles a las ya requeteleídas continuaciones de Marcel Schwob llevadas adelante por el mismo Borges, Roberto Bolaño o incluso J.R. Wilcock. Ahí hay una fisura del canon.

Otro caso, merodeando las librerías de usados y con el impulso de recuperar las voces femeninas que poblaron la literatura nacional, podría ser el de Amalia Jamilis, escritora platense, cuentista excepcional. En algún momento pareció cortazariana, para qué vamos a negarlo, pero en sus mejores libros, Los días de suerte (1969) o Parque de animales (1998), Jamilis logra una sintaxis intrigante y un puñado de historias ligadas entre sí, y así transforma un libro de relatos en novela fractal. En los bordes del mercado editorial, también hay algo que arde, a veces una llamita que la lectura canónica o novedosa amenaza con soplar. Esa pequeña llama, como un libro de Jamilis, se aviva cada vez que un lector, por casualidad o por consejo, da con ella e intenta prender fuego el pastizal de lo redundante.

¿Leer entre líneas una revista como Punto de Vista no nos devolvería el nombre de Antonio Marimón y su novela El antiguo alimento de los héroes (1988)? En esa oportunidad, además de volver a decir en voz alta “¡Qué buen catálogo que tenía Puntosur”, también uno podría encontrarse con una narración compleja, dividida en un primer extenso relato con la experiencia imposible de un detenido-desaparecido y con una segunda serie heterogénea que va desde un recuerdo imborrable de la revista El Gráfico hasta breves anécdotas ficcionales de la lucha armada en los 70. Con la obra de Marimón, se reabrirían también discusiones sobre literatura y política pero a través de nuevas viejas voces, de nuevas viejas propuestas narrativas, más allá de Rodolfo Walsh y Haroldo Conti.

Los márgenes del antiguo canon vernáculo pueden resultar inagotables cuando se desea evitar la lectura obvia, dirigida, repetitiva. Vida y obras de Luisa Sofovich, Ernesto Schoo, Bernardo Kordon, Paula Wajsman y Juan Jacobo Bajarlía siguen tejiendo sus telarañas de novedad entre bateas de libros usados y comentarios al margen de la gran historia de la literatura argentina. A veces, es suficiente con abrir un libro encontrado casualmente, con buscar una referencia en una nota al pie, con tener el oído atento al comentario pasajero. Ahí, en el borde, es donde arde la literatura. Antes, ahora y después.

*Matías H. Raia nació en 1985. Es docente, editor y lector. Hace años responsable del blog literario Golosina Caníbal. Insiste en exhumar obras y autores olvidados de la literatura argentina como Marcelo Fox, Amalia Jamilis, Bernardo Kordon y Luisa Sofovich. Imprime en su propio hogar el fanzine Golosina Caníbal presenta, de circulación y tirada restringida.

 

Textos que nos rescatan

Agustín Conde De Boeck*

Para hablar de un “canon ausente”, se debe aceptar que pensar la ausencia implica reponer la cuestión del valor. No se ejercen vindicaciones por mero ocio arqueológico: hay que creer que de aquello olvidado o nunca leído dimana alguna clase de valor que justifica el entusiasmo de la exhumación. Hay que creer también que no es uno el que rescata el texto ausente, sino que más bien se invoca esa ausencia, ese fantasma, para que nos rescate a nosotros. 

Es más, ¿por qué vindicar a los ausentes y no aceptar la mano invisible del canon? ¿Por qué no aceptar las leyes de ordenación y desordenación con que el canon va disponiendo presencias y ausencias? Sabemos que no existe tal cosa como la lógica intrínseca del valor, que se impondría darwinianamente como motivo de supervivencia cultural.

Pero si hablamos de ausencias, ¿qué define la presencia? ¿La vitalidad editorial, que el libro exista físicamente, dispuesto a la mano del consumidor en librerías? Pero hay libros cuya vida editorial es sólida y persistente, y aun así nunca dejan de ser libros que no se pueden leer, escrituras inasimilables que quedaron pegadas al canon por mor de intereses ajenos a sus propias lógicas interiores. ¿Por qué, por ejemplo, se sigue reeditando a Martínez Estrada, si en realidad nunca hemos empezado siquiera a leerlo? Quisiera nombrar a:

Elías Castelnuovo, mal leído, enquistado como ejemplo escolar del realismo del Grupo de Boedo, cuando debiera en cambio celebrarse su lengua anómala, su gusto estrafalario por lo deforme, su expresionismo radical, su morbosidad gótica. 

Ignacio Anzoátegui, su estrafalaria ideología maldita y, como tiro por elevación, la recuperación que hace Luciano García en su libro magistral Vida de un payaso muerto, lo cual reenvía, entrópicamente, hacia todo un proyecto editorial periférico, la rosarina Ediciones del Trinche, apoyada en una antifilosofía cínica cuyos contrapuntos pueden ser Macedonio Fernández u Omar Viñole. Trinche: productora de libros iluminados, destinados a circular en una orgullosa, casi jactanciosa, marginalidad. 

Norberto Luis Romero, sobre cuya obra pesa quizás un malentendido. Ubicada en el cono de sombra que a veces se cierne sobre la literatura fantástica escrita en castellano, los alcances de su escritura perversa y distorsiva deberían colocarse en la constelación más productiva que ofrece nombres como Osvaldo Lamborghini, Felipe Polleri, Alberto Laiseca o Mario Bellatin. Signos de descomposición, La noche del zepelín, Isla de sirenas… novelas abyectas, escrituras grotescas e inclasificables que despliegan un espacio de pesadilla, una monstruosidad moral, un universo estragado y regido por extrañas leyes de sadomasoquismo. Un infierno de lascivia demencial que construye un territorio baldío donde la literatura adquiere el rango de un sortilegio.

Alberto Laiseca dijo: “Tarde o temprano todos seremos escritores injustamente olvidados”. No hay que demonizar el olvido o la ausencia. A veces es la prueba de fuego para que retornos mejores sean propiciados.

Agustín Conde De Boeck nació en 1987. Es doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba y becario posdoctoral del Conicet. Publicó los libros El monstruo del delirio. Trayectoria y proyecto creador de Alberto Laiseca (La Docta Ignorancia, 2017); Sinfonía para un monstruo. Aproximaciones a la obra de Alberto Laiseca (Eduvim, 2019, en coautoría con Celeste Aichino) y H.P. Lovecraft. Vida y obra ilustradas (Diábolo, 2019).

 

Canon: aquí el presente 

Pablo Farrés*

Cuando se habla de canon, el tufillo mortuorio del fetichismo se huele a la distancia. De raigambre eclesiástica, el canon no deja de presentarse como una imagen platónica de la literatura, un modelo que sugiere una contemplación estática e improductiva. En cuanto “modelo”, impone reglas de producción y recepción, pautas de escritura y modos de lectura. Con ello, reduce al resto –los que no entran en el canon– a copias condenadas a la imperfección o al olvido. De allí la imposición de una relación jerárquica y piramidal. Un nombre (Borges, Arlt, Puig, Walsh, Saer o el que fuere) es puesto por fuera del conjunto de todo lo escrito para explicarlo, sintetizarlo y darle sentido. Las copias y los olvidados siempre serán los eternos –y acaso resentidos– pretendientes de la imposible e histérica novia celestial. Claro que hay cánones para todos los gustos: un canon del mercado editorial, otro que se teje en los programas escolares, otros tantos en las disputas académicas, cada cual con sus reglas, sus normativas, su burocracia sacerdotal, acerca de lo que se debe leer y cómo hacerlo. Lo absurdo de todo esto es que ninguno de los autores canonizados propicia semejante imagen de la literatura. Borges mismo es una impugnación de este modelo: no hay libro en la Biblioteca que explique la Biblioteca. 

Tampoco hay canon que no invite a la risa con la que leemos la división de los animales trazada en la Enciclopedia China. Cito de El idioma analítico, de John Wilkins: “No hay descripción del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo”. Tampoco sabemos qué es la literatura y ese “no saber”, esa incertidumbre acerca del lenguaje y la realidad, es lo que define su posibilidad. Y sin embargo, la noción de canon funciona como una fantasía que acalla el murmullo caótico de la literatura, el entrevero de las escrituras, las conexiones infinitas. Ante esto surge el “canon ausente” o el “contracanon” y la paradoja consecuente de desear lo que se desprecia: la trampa de la institucionalización del margen. 

Tengo la impresión de que si existe un “canon ausente” es aquel donde no se escribe contra el canon –llega un punto en que este ni siquiera importa–. De Lellis, Wernicke, Rozenmacher, Orphée, Castilla, Moyano, Demitrópulos, Colautti, Bañez, Thonis –se pueden dar mil nombres y vale la pena hacerlo, pero lo que queda es la invitación a leer de otro modo–. No se trata de una literatura “contra” el canon sino de la afirmación de una deriva de las conexiones, cómo las voces y las imágenes conectan con otras, qué mundos traman más allá de los autores y las obras. De algún modo trazan el mapa de un territorio imposible, incluso un mapa hecho para perdernos. A largo plazo, los nombres se pierden y los destinos individuales se confunden, entonces ya no importa quién ni cómo, sino la felicidad rara de una multiplicidad que no reconoce jerarquías ni modelos, un viaje nómade que no va a ningún lado, menos aún al cementerio de la canonización.

Pablo Farrés nació en 1974. Publicó El punto idiota (Pánico el Pánico, 2011), Literatura argentina (Pánico el Pánico, 2012 / Nudista, 2020), El reglamento (Letra Viva, 2013), El desmadre (Pánico el Pánico, 2013), Mi pequeña guerra inútil (Nudista, 2016) y Las pasiones alegres (Nudista, 2020). Su próxima novela se titula El libro del buen olvido.

 

Gestos de la máquina de escritura

Ariel Luppino*

Breve tratado sobre el texto fantasma: 

El poder de un texto no está en lo que el lector lee sino en aquello que permanece en un segundo plano: lo que falta también existe y hay una presencia de lo ausente que no deja de interpelarnos. El texto fantasma no clausura el sentido pero deja margen para que el lector siga completando la escritura. No es el texto principal o visible el que le da sentido a la lectura sino que es el texto fantasma o invisible el que permite que el lector reponga lo que no está dicho. Es en esa relación que la lectura encuentra una posibilidad para su propio despliegue. 

Gran ensayo sobre las variaciones y las series:

-Hay algo sagrado en la repetición (eso es algo que enseña el tasbih mejor que nadie) y nosotros solo podemos repetir frases, palabras.

-El gusto es una construcción histórico-cultural pero también es un saber, es decir, un conocimiento de la lengua.

-Hay textos que se escriben para un gusto ya creado y por eso tienen un marco de recepción acorde. Esos textos buscan que el lector se ratifique en el gusto. De lo anterior se desprende que no todos los textos crean lectores.

-Todas las fuerzas renovadoras generan fuerzas reactivas que se enmascaran como fuerzas renovadoras.

-Escribimos con frases pero las frases no son de nadie. “Preferiría no hacerlo” no es una cita. La intertextualidad es una idea tributaria de la vieja concepción de la escritura. Nunca hubo otra cosa que escritura.

-Un texto no puede traducirse. La traducción es otro texto.

-La palabra “releer” debería estar prohibida: nunca “ya” leímos un texto.

-El que explica está perdido: no hay nada que explicar. ¡Que entienda el que pueda!

*Ariel Luppino nació en 1985. Publicó las novelas Las brigadas (2017), Las máquinas orientales (2019), ¡Paraguayo! (2020) y Serbia o no Serbia (2021) por Club Hem, Tratado de insectología (2021) y el libro de ensayos La risa (2020) por FA Editora. Los relatos Una novelita soviética (2019) y Contra las MM (2020) en Oficina Perambulante de Carlos Ríos; y El decapitado (2021) por Golosina Caníbal, presenta... Las brigadas se tradujo y publicó en Italia por Edizioni Arcoiris. Las máquinas orientales también se publicará por la misma editorial.

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