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CULTURA / literatura y tecnologia
sábado 4 enero, 2020

Cuando lo real alcanza a la ciencia ficción

Ya no se trata del traslado de un soporte a otro, del papel a la pantalla, sino de algo más complejo e imprevisible: una interacción entre dos campos que se encuentran en extremos opuestos y de la que resultan cosas maravillosas.

por Omar Genovese

sábado 4 enero, 2020

El jueves pasado se cumplió el centenario del nacimiento de Isaac Asimov, el escritor ruso nacionalizado norteamericano que sembró las semillas de la ciencia ficción, junto con una generación que sobrevivió a la depresión económica, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Asimov fue pobre y judío, estigmas de época que lo llevaron a ser rechazado por varias universidades. Eso no evitó que llegara a doctorarse en ciencias, accediendo al prestigio profesional. Pero el saber, en sus textos, siempre mostró un lado peligroso para la humanidad, tal vez por ello su imaginario era esa plataforma de lanzamiento para escapar de la tierra y su extinción inminente. Más allá de recomendar la lectura de su obra, veamos cómo hoy la ciencia y la tecnología intervienen en la literatura de una manera extraña, llamativa y, tal vez, arriesgada.

Caso 1. Con un algoritmo detectaron que Enrique VIII de Shakespeare fue una obra escrita en colaboración. Petr Plechác, del Instituto Checo de Literatura, Praga, publicó un estudio titulado Contribuciones relativas de Shakespeare y Fletcher en Enrique VIII: un análisis basado en las palabras y los patrones rítmicos más frecuentes. Allí explica el uso de un algoritmo que “aprendió” leyendo a ambos autores para luego detectar qué acto de la obra pertenece a cada uno. Esto apoya la tesis de James Spedding, quien por 1850 sugería que John Fletcher, sucesor de Shakespeare en la King’s Men Acting Company, lo ayudó a terminar Enrique VIII. Lo notable es adónde conduce el desarrollo de este algoritmo. ¿Vamos en camino de un lector universal artificial que puede detectar quién es el autor de un texto? ¿Se acabó el anonimato en la escritura? ¿También podrá detectar plagios de todo tipo? ¿Serán materia del registro de derechos de autor aquellos patrones que especifica el algoritmo y diferencian un estilo de otro?

Caso 2. Desde agosto de 2018, la Biblioteca Pública de Nueva York (NYPL) lanzó Insta Novels: novelas clásicas para lectores en Instagram que sigan su cuenta y sin necesidad de estar asociados. Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll; El cuervo, de Edgar Allan Poe; La metamorfosis, de Franz Kafka, entre otros libros, tuvieron más de 300 mil lectores en un año. Un estudio reciente afirma que existen 2.300 millones de teléfonos inteligentes en todo el mundo, de allí que esta forma de difundir la lectura recurra a las redes sociales más populares y accesibles en el ambiente cotidiano del lector. Insta Novels es un diseño de la agencia Mother New York, que utiliza pequeñas animaciones junto con ilustraciones a todo color insertas en los textos, diferencia estética llamativa con los libros digitales. En términos históricos, es convertir libros clásicos en biblias, como en el Medioevo, ilustradas al margen con la técnica del “miniado”. ¿Esta decoración de la lectura desatará un hábito y a la vez dependencia del lector? Y si no tiene animaciones, ¿el lector del siglo XXII podrá realizar una lectura comprensiva?

Caso 3. Ambient Literature (o Literatura Ambiental) es un proyecto conjunto de UWE Bristol, Universidad Bath Spa, Universidad de Birmingham y la empresa tecnológica Calvium Ltd. El equipo de artistas, escritores, investigadores y desarrolladores tecnológicos publicó online cuatro experimentos dentro del estilo “literatura ambiental”: cada texto toma tres funciones del teléfono inteligente (ubicación, clima y cámara) y se modifica de acuerdo a parámetros que surgen de tales datos en tiempo real. Por ejemplo, la novela Breathe (género de misterio y con fantasmas) puede leerse en Londres, en cierto barrio, y el texto remite a las calles circundantes, al clima, incluso a los colores que percibe la cámara. Así la historia se embebe de lo real y produce la extraña sensación de que lo narrado está personalizado a la medida del lector. El escritor de este tipo de obra, especie de puesta en escena posible e incierta, debe escribir textos impersonales que se adapten a todas las variables posibles. Entonces, ¿es una experiencia de lectura o la pantalla sale de sus límites integrando la realidad y eso es un nuevo tipo de experiencia estética? ¿Es algo así como la apropiación de la página para convertirla en algo entre la realidad virtual y el cine/TV amateur en tiempo real? Y en caso de releer el texto en otro lugar, con clima distinto, a otra hora del día, tenemos una lectura nueva, vale decir: un único libro que puede ser infinito. ¿Y el escritor? ¿Qué destino le espera?


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