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CULTURA /
domingo 10 noviembre, 2019

Dylans y más Dylans

No deja de ser risible la versión de los sucesos de Mario Vargas Llosa, según la cual las protestas en Chile podrían compararse con la de los chalecos amarillos.

Oliverio Coelho

Foto: CEDOC.
domingo 10 noviembre, 2019

Sería apresurado preguntar qué pueden compartir un político y un escritor, considerando que cualquier político a priori, en el imaginario popular, es sospechoso, y cualquier escritor, por el contrario, un beatífico guerrero de la civilización y la estética. Hace unas semanas, M. John Harrison, entrevistado en el marco del Filba, habló de su pareja y del momento en que en un pub de Manchester escuchaban al primer Bob Dylan en vivo.

Refirió la situación con suma nostalgia, como uno de esos momentos que nunca volverán a repetirse y reaparecen en sueños, por un lado porque ya no hay más Dylans en el mundo, y por otro porque Bob Dylan, al igual que otros tantos músicos geniales, nacieron en un contexto cultural que raramente vuelva a darse: el hippismo y la contracultura de los '60 que Alberto Fernández, en una reciente conversación con Pepe Mujica en la Untref, no dudó en reivindicar y hacer propia. Bob Dylan, citado con enorme ternura, en un lapso de un mes, por dos figuras de mundos tan contrapuestos, me resultó llamativo. Efectores colaterales de esa contracultura son M. John Harrison y la melomanía de nuestro futuro presidente, que sin gobernar todavía, gana simpatías a diario en contraste con su antecesor fantasmal.

En un primer momento, las actuales protestas en Chile se me representaron como un sano brote de nostalgia sesentista. Recordé a Joan Báez, cantando a Violeta Parra, tras el golpe a Salvador Allende. Se me dio por pensar que células madre de la izquierda chilena habían sobrevivido, reprimidas durante décadas, y salían a la luz refractadas en nuevas generaciones que tal vez no habían nacido cuando Allende fue elegido presidente. En mis visitas a Chile, más de una vez me pregunté qué había quedado de la izquierda después de Pinochet y del lento y errático juicio a los genocidas de la dictadura. No observé una sociedad equitativa, pero sí hábitos de consumo y trabajo esclavizantes, casi como en Corea del Sur. La falta de condena a militares –que no es el resultado de una decisión judicial sino de una indecisión política– y cierta apología de la dictadura en todos los estratos para justificar resultados económicos bajo el lema “Pinochet puso orden en la casa”, entonces volvían difusa la emergencia de una masa crítica, que finalmente encontró su posibilidad frente a Piñera, un gobernante casi tan cínico y bizarro como Macri.

No deja de ser risible la versión de los sucesos de Mario Vargas Llosa, según la cual las protestas en Chile podrían compararse con la de los chalecos amarillos, una lucha de pequeño burgueses indignados por la inequidad: “¿A qué comparar la explosión chilena, entonces? Al movimiento de los “chalecos amarillos” francés, más bien. (…) Es una movilización de clases medias, como la que agita a buena parte de Europa y tiene poco o nada que ver con los estallidos latinoamericanos de quienes se sienten excluidos del sistema”. Esto es todo lo que un escritor sobremadurado en un mundo de celebrities quiere o puede ver para que no se desmorone su ideario liberal. Mal que le pese a Vargas Llosa, las protestas chilenas son protestas latinoamericanas, en gran parte compuestas por jóvenes excluidos de la educación, la salud y el mundo laboral. Y la respuesta de la policía, con decenas de muertos, heridos, torturados y presos, es la respuesta de una fuerza impune que en Francia tendría un enorme costo
político.


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