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CULTURA / LA NOVELA EPIDEMIOLOGICA
domingo 29 marzo, 2020

El triunfo de la muerte

Desde Giovanni Boccaccio hasta William Burroughs, pasando por una larga serie de intervenciones eficaces de la mano de Albert Camus y Stephen King, entre otros, la plaga (y sus sinónimos: la peste, la epidemia, la infección, todos distintos nombres con que designar el infortunio) puebla la ficción del mundo.

Luis Chitarroni*

En la historia de la literatura hay hitos que extrañamente narran la llegada de la plaga, el mal encarnado en la enfermedad, que ataca a su presa y raramente la suelta. Foto: pau carbonell
domingo 29 marzo, 2020

Fue a comienzos de setiembre de 1664, que oí en conversación ordinaria entre mis conciudadanos que la plaga había regresado a Holanda de nuevo, donde había sido en extremo violenta, particularmente en Amsterdam y Róterdam, en el año 1663; había sido traída, según algunos, de Italia, y según los demás, del Levante, entre variados bienes; allí la llevaron merced a la flota turca. Algunos otros decían de Candia; algunos otros, de Chipre. No importaba tanto de dónde procediera, pero todos coincidían en qué había vuelto a Holanda de nuevo.” 

Así comienza uno de los prodigios fundacionales de la narrativa realista, Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, que traza esa línea horizontal y única, capaz de llegar de rodillas a los reinos de George Moore, los Goncourt y Emile Zola, que sabrán abjurar de acuerdo con ese credo ajeno a cualquier tentativa estética verdadera.

Defoe, ajeno a esos escrúpulos, se limitó a contar la historia, como Pepys había contado el gran incendio de Londres del 6 de setiembre de 1666. La violencia y austeridad con que presenta su argumento guarda una autoridad suficiente, y es ya una prueba de estilo. Tenía una gran misión, que eliminaba de su plan cualquier tentativa o iniciativa amenazadora: se animaba a hacerlo siendo (o habiendo sido), como Marlowe, con talentos distintos antes que él, un libertino y un espía. 

Las combinaciones de lo posible. Tal vez no haya manera de comenzar bien una nota de este tipo, convengamos. La enumeración obliga a una especie de cortedad conceptual aceptable, pero el miedo contribuye también a atrasarnos, a tratar de evitar la ignorancia o abarcarla. 

Negadores e ignorantes los hombres, negadores e ignorantes sus registros de su origen, que sin consideración ni cálculo este escriba sospecha en las Escrituras y son consecuencia directa de la cólera divina; es decir, un efecto del monoteísmo, de su severo régimen absoluto regido por un plural tirano único, noción implícita en la trinidad católica, modelo perfecto e inimitable. No es necesario que apelemos a los segundos pensamientos: el remordimiento nos persigue con ventaja, como una saeta anticipada.

Uno de los escritores que entendió modernamente el Diario de Defoe fue Albert Camus, quien previó para su libro La peste dos agravantes: el primero, el tratamiento de la repetición; el otro, la emergencia de Joseph Grand, el escritor que ronda la trama y que corrige siempre una oración de su proyectada novela. El primero proporciona la dimensión de lo incalculable y la sumisión a cierta escala de variaciones que nos dejan en un cosmos minimalista sin salud ni salida. Camus no es un realista como Defoe, o, si lo es, su rara contemporaneidad lo disimula; pero, a pesar de su posición solitario/solidario, tampoco deposita mucha confianza, ni un optimismo ciego, en la buena disposición humana en relación con el destino trágico. Ordenadamente desordena.

El otro, nunca último, da la vuelta a la esencia misma de la novela del siglo XX y adecua una preocupación obsesiva de Flaubert a esta ronda que cierto tratamiento –no primitivo pero sí escaso de recursos– limitaría a las combinaciones de lo posible en la ficción: la recursividad y el infortunio. Si hay una tragicidad inherente, un eterno retorno que el realismo no celebra como fatalismo sino como única falta de invención humana, inexorable, la novela tiene su modo de intentar corregirlos. Inexorable también.

Diez narradores florentinos. Siete muchachas y tres muchachos confinados dan curso a una de las fuentes más feraces de la literatura europea, ¿debemos agradecérselo a la Peste Negra? Boccaccio encontró ese motivo para que los diez florentinos intercambiaran relatos magníficos. Entre otros el que corresponde al sultán de Babilonia llamado Beminedab, cuya hija deshoja catástrofes, el de la captura del ruiseñor y el que describe los pesares y añoranzas de las espinas del deseo… Lo explotarían luego con diversos resultados escritores de toda laya, y uno de los relatos conduciría a esa rara maniobra que mezcla la novela psicológica con el cuento de fantasmas, Otra vuelta de tuerca. 

De manera más próxima a su propia inspiración, Boccaccio hacía lugar a Troilo y Crésida, esos apasionados chismosos que observan una guerra de Troya a su medida, que inspiraría a Chaucer y luego a Shakespeare y a otra fuente de destinos cruzados como el castillo de Calvino. Insisto: ¿todo esto debemos agradecerlo a la peste negra? Los monstruos de cara horrible se pegan a las ojivas, aterrorizadores y ufanos, tal como lo exige un tiempo que fingirá no volver, por lo menos de acuerdo con los vehículos del caso…

El cólera en tiempos del caso Dreyfus. Hoy podemos ignorar que Marcel Proust era hijo de Adrien Proust, quien escribió un libro menos famoso que importante para la salud (y esta tiene, pese a nuestra considerable falta de consideración, un raro matiz epocal digno de la moda, el cordon sanitaire combatió con inteligencia y denuedo un flagelo del siglo XIX, La defensa de Europa contra el cólera (1873), y que procuró a Chaikovski su manera inmortal de morir y a García Márquez el modo de recordar a ambos Proust, padre e hijo, en una novela que remonta un río que no es el Mississippi en un vapor a rueda.

El ensimismamiento proustiano con el asma parecía restarle energía para considerar otros males de este mundo, y fue merced a los desvelos y logros de su padre que la salud del siglo xx tuvo que retroceder ante otras tragedias y penurias, entre ellas el crimen de la guerra. No obstante, Marcel no rehusó la instrucción militar y mantuvo con grácil frivolidad un gusto por los uniformes militares digno de Joseph Conrad o de Hugo Pratt. Su pintor favorito fue, durante años, Meissonier, como el del ex escandaloso Dalí (después “se dedicó al arte edificante”, decían los surrealistas de última generación, comandados por André Pierre de Mandiargues). Descartado por los impresionistas como un recolector de fulgores patrios (Degas), Meissonier, pintor pompier de tragedias escenográficas, ha recobrado hoy su lugar en el panteón, entre David y Delacroix. 

 Y es que la epidemia avanza también como un ejército. Sin la deliberación marcial y el garbo de los regimientos napoleónicos, con un cencerro de leprosario colgándole del cuello… 

La novela epidemiológica, la novela sobre la peste, tiene una secuela consecuente y lógica, que se instala después de la epidemia o catástrofe nuclear. Se recuerdan sobre todo las de Stephen King (La danza de la muerte) y las William Burroughs, Ciudades de la noche roja, y se olvida casi siempre un raro hallazgo de una escritora de un solo libro Maryann Forrest, seudónimo de una australiana de talento muy singular. Here (Aquí) convoca y convence al grupo de sobrevivientes como si fuera la tripulación de una novela que se lanza a la aventura –Moby Dick y La isla de Felsenburgo– y los somete, como de alguna manera luego The Road (La carretera), de Cormac McCarthy, a una vigilia intemperante que ocurre en parajes desolados, devastados, al que los condujo una vez un empresario griego. 

Ahí viene la plaga. Hay una plaga al acecho siempre, que es equidistante del contagio que provocan, por distintos medios, la enfermedad y la guerra. Es el hambre. Los novelistas ingleses, de natural frugales, no siempre la soslayaron, pero los franceses (Céline, Montherlant) y los alemanes (Arno Schmidt) aceptaron sin resignación. El brezal de Brand y La república de los sabios, de este último exhibe dos citaciones distintas con la misma integridad y la misma zozobra entrecortada. Al sostener que la vida no es un continuo, Schmidt asume con extrema delicadeza y violencia simultánea que nuestra percepción se ahonda en el sobresalto del impromptu… Tiene espléndidos amaneceres que parten en bastardilla de una emanación, el comienzo de una ficha espléndida, romántica, poética. Que se desvanece luego y naufraga. Y se expande, y nunca se extingue.

Mal se adapta la peste o la plaga a la aparición de ese espíritu o genio cómico detectado a fines del siglo XIX por George Meredith. Nadie recuerda mucho hoy al escritor que supo deleitar a Joyce con un solo libro, La ordalía, de Richard Feverel, pero, a pesar de sus demoras e impaciencias, no carecía de genio, o de una impostura de genio que parecía imponerlo. La simulación no es ajena a las figuras del arte. William Gerhardie presenta ese espíritu cómico como quinta columna de Dios. Le atribuye esa vocación mefistofélica o sencillamente burlesca…, jardín japonés como podría ser hoy, en tiempos tan poco salutíferos, que los delfines irrumpen en Venecia con el vigor adverso de los peces de un jardín japonés.

No tan núbiles tendencias. Aparte de La peste, el siglo XX, que estableció la categoría de apocalípticos e integrados, tuvo una larga conciencia de los apocalípticos, que ya en la Segunda Guerra Mundial reclutó a Henry Treece y Dylan Thomas. El primero, luego de fundar el movimiento, motivó la causa de su abandono con una ignorada causa y, tras unos pocos poemas alegóricos de sí mismos, se incorporó motu proprio a la voluble lista de los novelistas históricos, cuyos argumentos mejor se dejan olvidar en la hondura de la antigüedad buscada o el fanatismo de los orígenes.

El grado apocalíptico de Dylan Thomas bien se deja oír, sin plaga ni peste intersticial, en una serie de poemas de los cuales la culminación es el atronador final de Ceremony After the Fire Raid, que tan mal se deja traducir. Y que nos aturde con las masas del mar, las masas del elusivo, uterino y continente mar, del que se exaltan la erupción y los glorias. “Gloria, gloria, gloria. El último reino del génesis truena”. 

La plaga, la peste acarrean su injuria, su sermón y su plegaria. Los escritores saben tratarla cuando pueden, como Defoe o Camus. Cuando no, se defienden de ella. No ser temerarios ni adscribirse como a un paño de protección al miedo suelen ser consuelos temporarios de la temporada en el infierno que es necesario cruzar.

Muertes y ensayos. Edgar Allan Poe, que inoculó a la literatura de su patria una serie de rasgos especiales, supo hacerlo también con todas las otras literaturas que influyó –la francesa, sobre todo, a la que, después de que lo tradujera Baudelaire–, tiñó gracias al fluido de Arthur Gordon Pym con la blancura pesadillesca de la noche ebria y albina de Mallarmé, exageraciones e improbabilidades por las que no debo temer ser comparado con Klabund, autor de una alarmante enciclopedia despachada entre los Textos cautivos de Borges…

Para eso, sus comienzos narrativos se alejan rápidamente del realismo. Indagó en todas la formas y fortunas (y desdichas) de la literatura preexistente, no solo reparó en los horrores de la historia (las torturas de la inquisición, por ejemplo) sino que, a sabiendas de que estaba fundando una literatura nacional, se tomó su tiempo para encontrar o inventar los epígrafes que esa naciente floración exigía. Una creación tan completa solo podía reñir con su propia grandeza, a la que supo trasfundirle leyenda y megalomanía. Murió de delirium tremens después de ser atacado por fanáticos del fraude político. Temprano, el 18 de octubre de 1849.

Así sabe comenzar un relato: “La ‘Muerte roja’ había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello; el rojo y el horror a la sangre. Comenzaba con agudos dolores , un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía. Y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.”

En algún momento de su Wanderjähre, Bill Burroughs reconoció el lenguaje como un virus del espacio exterior. Un virus que no ha sido considerado como tal porque la palabra mantiene aun la condición de simbiosis inestable con su huésped… Burroughs tomó siempre la precaución de correr riesgos, y mantuvo desde el comienzo esa fuga de los males y las plagas. Para pagar de paso su precio: un largo itinerario y relevo de adicciones.

Lo cierto es que esta enumeración más oportunista que oportuna no puede –ni quiere– dejar enseñanza alguna. Ya todo se ha vuelto, forzosamente, un manual de procedimientos seguido de un manual de instrucciones. O viceversa. La instrucciones poseen esa indoblegable suerte: depende de nuestra sensatez y voluntad obedecerlas. Hay tantos modos de ser rebelde en este mundo, que el esquematismo de desobediencia no debería tentarnos. 

This is the end. El mal llega a Venecia orientado por un viento africano, el siroco, y Tadzio, que lo respira, lo inspira y lo espira, y lo exime de entrar en su cuerpo. Sí, tiene la juventud necesaria para pasarlo por alto. El Tadzio de la novela de Mann y el film de Visconti era un sueco espigado, epiceno, de facciones y melena inolvidables. Se llamaba Björn Anderson y tenía un grupo de rock. El que vieron el autor y su mujer, Katia, en el Hotel de Bains, en el Adriático, el único varón de una familia polaca aristocrática, Wladislaw Moes. Descrita en términos alegóricos que la lectura de los 70 todavía exigía, se trataba sobremanera de una especie de estilizada alegoría en la que un hombre viejo se enamoraba de la Juventud con mayúscula y permitía que su pelo perdiera la tintura para agonizar en la playa. Según un libro nimio pero lleno de datos, Dirk Bogarde en el film viscontiano, que encarna a Von Aschenbach (proyección de Mahler), el ordenado y pulido hasta la hipérbole actor inglés que lo encarna, no tenía la menor idea de quién era Thomas Mann ni tan siquiera Mahler cuando recibió el pedido de hacerlo. Se dejó creer, circunspecto y serio hasta una insipidez de actor de cine mudo, y luego, reposando en esa mullida fama de la alta cultura.

*Escritor y editor argentino.

 Su último libro es La noche politeísta (Interzona, 2019).


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