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AÍLTON KRENAK Ver comentarios

Es la tierra que ruge, estúpidos

Filósofo, defensor de la naturaleza, de las cosmovisiones indígenas, y activo representante del pensamiento poscolonial en Brasil, Aílton Krenak (Minas Gerais, 1953) se ha convertido en una de las voces más originales y urgentes de nuestro continente, devastado por prepotencia del extractivismo desmedido. La reciente publicación en Argentina de su último libro es la excusa ideal para este diálogo fecundo.

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Aílton Krenak. | Pablo Temes

Aílton Krenak (Minas Gerais, 1953) se ha convertido en uno de los representantes más notables del pensamiento poscolonial en Brasil. Defensor del territorio, de la naturaleza, y de las cosmovisiones indígenas, Krenak es una de las voces más originales y urgentes de nuestro continente –aunque aún es poco conocido fuera de las fronteras de Brasil. Ahí, Krenak alcanzó reconocimiento mediático luego de convertirse en uno de los rostros más visibles del movimiento indigenista de los años ochenta. Su activismo jugó un papel central en llevar a la naciente Constitución brasileña el derecho de los indígenas a su territorio y sus costumbres –incluidos aquéllos que viven al márgen de la modernidad y del Estado-nación. 

La vida no es útil (2023) es el más reciente libro de Krenak que se traduce al español. Publicado por Eterna Cadencia y con prólogo de Natalia Brizuela, el libro recopila conversaciones, observaciones, ideas y conferencias, todas profundamente marcadas por la filosofía, la perspectiva indígena y la capacidad de Krenak de tomar el pulso de un mundo que él ve extraviado, a la deriva, confundido, comandado por una humanidad que se dirige sin darse cuenta a la aniquilación del planeta que le da sustento. Los textos van y vienen entre la esperanza de la pospandemia –el libro fue meditado en los meses posteriores al encierro– y el desencanto por la subsiguiente necropolítica capitalista, y son, para quien los lea desde el liberalismo político, altamente provocadores. Krenak no escatima sentencias: argumenta, entre otras cosas, la imposibilidad revolucionaria (esto puesto a que, en su visión, el Estado está muerto y somos gobernados por corporaciones). Argumenta que el humano no es “la sal de la tierra” y que, por el contrario, el antropocentrismo es una fuerza nociva que separa al humano de la naturaleza y le da permiso de destruir. Se lanza contra los programas insignia de la gobernanza mundial, como los de reforestación, que apenas han servido para sembrar bosques que se talan en ciclos de ocho años para producir celulosa, y también contra las falsas ilusiones que ofrecen el consumo sustentable y las soluciones a título individual ante una crisis a todas luces colectiva y global, de la que son responsables las empresas, pero también la humanidad, que se niega a cuestionar el ethos capitalista. “Mi decisión de no usar un automóvil y combustible fósil, de no consumir nada que aumente el calentamiento global, no cambia el hecho de que nos estamos derritiendo. Y, cuando alcancemos un grado y medio más de temperatura en el planeta, muchas especies morirán antes que nosotros”, vaticina el autor.

Para Krenak es claro que la humanidad está en crisis, que la destrucción ambiental nos está colocando en una situación que amenaza nuestra existencia. Al mismo tiempo, no lo ve necesariamente como un hecho catastrófico; por el contrario, a veces la desaparición humana le parece una opción que ayudaría a la vida en la Tierra: pues en efecto, la destrucción del ser humano no significa la destrucción de la Tierra. La naturaleza será capaz de reconfigurarse. Quienes corremos el riesgo de no hacerlo somos los humanos. “Tenemos la oportunidad para decidir si queremos o no apretar el botón de nuestra autoextinción, pero todo el resto de la Tierra seguirá existiendo”, apunta. 

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Esta conversación con Krenak se dio por Zoom una mañana de abril. Él, sonriente y magnético, contestó una serie de preguntas desde su hogar en la provincia del Mato Grosso, en el interior brasileño. 

—Resulta interesante que varios de los textos del libro se escribieron durante la pandemia, en un mundo que cambiaba rápidamente.  El virus ofrecía una esperanza paradójica: sembraba caos, pero también generaba esperanza. Muchos creíamos que el mundo sería distinto, y el libro toca esto. “Ojalá no volvamos a la normalidad, porque si volvemos, es porque no significó nada la muerte de miles de personas en el mundo entero. […] No tiene sentido que, para trabajar, una mujer tenga que dejar a sus hijos con otra persona. No podemos volver a aquel ritmo, encender todos los autos, todas las máquinas al mismo tiempo. Sería como convertirse al negacionismo, aceptar que la Tierra es plana y que debemos seguir comiéndonos.”

A tres años del comienzo de la pandemia, ¿cuáles son sus valoraciones?

—AÍLTON KRENAK:  La pandemia ofreció  la oportunidad de cambiar radicalmente una serie de paradigmas equivocados. Pero en lugar de reformular, se ahondaron. Una muestra de ello es que se suspendieron casi de inmediato las recomendaciones de cuidado, se dispararon una serie de dispositivos que aceleraron el capitalismo. Uno de ellos fue la “uberización” de la vida, que no es más que una forma más del desempleo. El capitalismo aprovechó la pandemia para acabar con el empleo, al tiempo que convenció a las personas que lo que estaba haciendo era darles la oportunidad de crear sus propios negocios. En su idiotez, esas personas abrazaron el caos y continúan creyendo que el capitalismo es una suerte de religión capaz de ofrecerles sentido existencial, que para ellos es básicamente medios de consumo. El orden capitalista ya invadió todos los territorios del planeta, no hay país que no esté contaminado por esa furia; y qué mejor ejemplo que la gigante economía china, que ahora expande su dominio hacia otros continentes, incluyendo África y América del Sur.

—Algunos podrían considerar contradictoria su postura al respecto del lugar del ser humano en el planeta. Aunque ha luchado por los derechos indígenas, usted no ve al humano como amo y señor del mundo ni del territorio. En ese sentido, su filosofía parece exigir que el humano reformule su lugar en el mundo: que ocupe un lugar más modesto, más pequeño. Usted apunta: “Tenemos que abandonar el antropocentrismo; hay mucha vida más allá de nosotros, no le hacemos falta a la biodiversidad. Por el contrario […] los humanos proliferamos, destruyendo selvas, ríos y animales. Somos peores que el covid-19. Ese paquete llamado humanidad se va despegando de manera absoluta de ese organismo que es la Tierra, viviendo en una abstracción civilizatoria que suprime la diversidad, niega la pluralidad de formas de vida, de existencia y de hábitos.” En un sentido ontológico, parece también sugerir que necesitamos abandonar los preceptos que ven al ser humano en el centro de la creación, que lo definen como superior al mono o a la hormiga. ¿Cómo combatir algo tan arraigado en la conciencia humana como el antropocentrismo?

—AK: Comparto esto con muchas otras filosofías del horizonte amerindio, entre ellos los cuna de Panamá o los guaraníes de Paraguay y Brasil, quienes creen que la existencia humana está interrelacionada con la de otros seres; la experiencia de lo llamado “humano” está incompleta sin los demás seres del planeta. Esos vínculos son parte de una ontología humana, si esos seres no existen, tampoco nosotros. Cuando las selvas son silenciadas, lo que nos queda es el abismo, en todos los sentidos. Para entender la experiencia humana, hay que entender que el humano es jaguar, es mono, es hormiga, es abeja, es árbol, es piedra. Es necesario experimentar las posibiilidades plurales de la conciencia. Y eso es, al mismo tiempo, humano y críticamente no humano. No creo que el humano merezca ninguna posición especial, el antropocentrismo es un defecto en la evolución de aquello que llamamos humano. Es como si el humano hubiera alcanzado un poder tal que se ha convertido en un dictador. Puede acabar con la ballena, la hormiga, el león; es decir, con la comprensión del otro. [Y no hay muestra más grande de esto] que los blancos, quienes tratan al resto de los pueblos con desprecio olímpico. El hombre blanco y rico, que desprecia al resto de la humanidad. Y son estos bandidos, productos de la afirmación antropocéntrica, eurocéntrica y patriarcal quienes gobiernan el mundo.

—Usted ve en el proceso capitalista como una estrategia de autoextinción. Pero el humano se aferra a la supervivencia. Hoy vemos a millones de migrantes en el mundo que cruzan los continentes aferrándose a la vida. ¿Qué opinión le merecen estos flujos humanos? ¿Cómo los inserta en su visión del mundo?

—AK: Lo que movilizó los cuerpos inicialmente no fue la búsqueda de una vida o un lugar mejor para vivir, sino que esos cuerpos se arrastraron, se vendieron como mano de obra. Recordemo lo que dice Darcy Ribeiro: en América, los cuerpos africanos se quemaron como carbones en un horno y generaron así la energía del capitalismo. A 500 años de ese movimiento humano, ahora tenemos una estupor, una furia de cuerpos desesperados que peregrinan por la superficie de la Madre tierra, como zombies. Conozco los llamados a la solidaridad, a acoger a las personas, pero a quien les corresponde acoger a los refugiados es a Europa, pues ese fue el continente que produjo a los refugiados del mundo. 

—En su libro, usted habla de la importancia de escuchar la naturaleza. Habla de prestar atención al río, a los árboles. Apunta que “los pueblos que viven dentro de la selva sienten eso en su piel: ven desaparecer los bosques, las abejas, los colibríes, las hormigas, la flora; ven cambiar el ciclo de los árboles. Cuando alguien sale a cazar tiene que caminar días para encontrar una especie que antes vivía allí, alrededor de la aldea, compartiendo con los humanos ese lugar. El mundo alrededor de ellos está desapareciendo. Quien vive en la ciudad no experimenta eso con la misma intensidad porque todo parece ocurrir automáticamente: extiendes la mano y tienes una panadería, una farmacia, un supermercado, un hospital”. ¿Qué pueden hacer los habitantes de las ciudades para escuchar la tierra? ¿Es posible, entre el asfalto y el concreto, hacer esto?

—AK: Sí podemos. ¿Qué es una ciudad? Es algo que fue bosque, es una ruina forestal. Cuando camino por esos sitios, veo las huellas ocultas en esas ruinas. Ninguna ciudad antecede al paisaje. Antes fueron ríos, bosque, pantanos, lagos. Los griegos comenzaron a construir ciudades por el mundo y hoy las personas creen que esa es la única forma de vivir. Es una bobería: pasamos millones de años sin vivir en ciudades. Hoy la mayoría de la población del planeta vive en ciudades, es presa de las ciudades. Una vez que el 90% del planeta viva en ciudades será fácil hacer que todos desaparezcan de una vez. Pero ahí están las ruinas forestales. Hay voces hablándonos: basta pegar la oreja en el suelo. Y quien lo desee escuchará debajo de ese montículo de piedra y cemento el rumor de un río oculto. 

—Esta conversación no sólo está pensada para un lector predominantemente urbano, sino para un público de Argentina, un país donde las crisis han generado una palpable pobreza, precarización y emprobrecimiento de millones. La confusión, frustración e imposibilidad de hallar sentido en medio de una crisis capitalista, ocurre aquí pero también en países como Venezuela y Líbano, que experimentan crisis económicas similares y aún más graves. ¿Qué posibilidades hay de encontrar sentido en medio del caos?

AK: Tuve un encuentro con migrantes de Venezuela, que entraban a la Amazonía a través de Roraima. Me encontrá con integrantes de la etnia arahuaco que estaban huyendo de Venezuela, de la crisis económica, buscando la manera de sobrevivir de ambos lados de la frontera. Al hablar con algunos de ellos, noté que eran diferentes. Que los integrantes de este pueblo pensaban distinto al ciudadano venezolano promedio. Es importante recordar que las personas en pobreza viven esa pobreza en relación a valores capitalistas. Las métricas, incluyendo el Índice de Desarrollo Humano, no son más que invenciones sociales. Antes de caer en la fantasía capitalista, los pueblos producían ya un sentido de la vida, pues no es el capitalismo quien lo crea. Pepe Mujica lo dijo alguna vez: el capitalismo no busca construir ciudadanos, sino consumidores. He estado en sitios donde las personas no tienen mercancías más allá de las que se obtienen del bosque, de la naturaleza, del desierto, de la selva húmeda. Esas personas viven maravillosamente sin mercancías. Si hoy tenemos tanta pobreza en Argentina es porque los argentinos fueron engañados con la idea de la riqueza. Quien nunca fue rico no se convierte en pobre. Y si creo en esa idea de lo que es ser pobre, es porque habré aceptado los argumentos del rico. Tendríamos que pensar en índices de felicidad bruta, no en un índice que mide el desarrollo a partir del número de televisores, heladeras, iphones, autos, ropa, dinero y cuanta porquería compramos. Reponemos con objetos la falta de sentido de la vida y vivimos en una máquina monstruosa de producir insatisfacción. Lo que requerimos es agua buena para beber, lo suficientemente buena para que ahí vivan peces los cuales pescar, y donde crezcan cerca árboles frutales de los que podamos comer. Pero estamos dejando que la naturaleza sea dominio de una estructura mercantíl debido a una insistencia por consumir lo que esta estructura produce. 

Y tan pronto cuestionamos la lógica de ese sistema nos damos cuenta que ya falló. Y en ese sentido es que tenemos que ser capaces de tomar decisiones, las cuales tendrán mucho más sentido si se hacen de forma colectiva, comunitaria, como ocurre en las pocas comunidades –las llamamos “tradicionales” – que aún viven esas experiencias: pueblos originarios, quilombos. 

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Más allá de la crítica del status quo, Krenak nos recuerda constantemente que las filosofías y cosmogonías de los pueblos originarios nos ofrecen caminos para repensar nuestro lugar en el mundo y para escapar al ethos capitalista. Este nodo central no se manifiesta a través de la prescripción, sino que se dibuja como un horizonte posible para la humanidad. Para Krenak es claro que la salvación solo ocurrirá si somos capaces de rechazar el capitalismo como credo. “Cuando pensamos en la posibilidad de un tiempo más allá de este, estamos soñando con un mundo donde nosotros, humanos, tendremos que estar reconfigurados para poder circular. Vamos a tener que producir otros cuerpos, otros afectos, soñar otros sueños, ser acogidos por este mundo y poder habitarlo. Si encaráramos las cosas de esta manera, esto que estamos viviendo hoy no será solo una crisis, sino una esperanza fantástica y prometedora.” Esto también es Krenak.