CULTURA
Escuela de Oxford

Filosofía en 3 minutos: John Langshaw Austin

Uno de los protagonistas centrales de lo que se conoce como Filosofía del Lenguaje. Su obra más conocida es "Cómo hacer cosas con palabras".

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John Langshaw Austin (Lancaster, Reino Unido, 1911 - Oxford, 1960) | Cedoc Perfil

La filosofía, que suele escandalizar al sentido común, es tenida por muchos como mera charlatanería, puro palabrerío, en el mejor de los casos un conjunto de signos abstractos o una forma sofisticada de poesía, todos modos, en el fondo, de impugnarla o de transformarla en un discurso vacuo. Dicho de otra manera, de un lado está la realidad y del otro la teoría, la cual con relación a la primera no sólo es de segundo rango sino completamente inservible, inútil. Quienes opinan así se definen como pragmáticos, queriendo decir con eso que son gente práctica y que no se guían por abstracciones inciertas o filosofemas, solo que no saben que no saben –recordando el principio que se adjudica a Sócrates –, porque el pragmatismo (del griego pragma: hecho, obra) es una filosofía creada a finales del siglo XIX por Charles Sanders Peirce, William James (hermano mayor del escritor Henry James) y John Dewey. Desde luego, hay algo más que esta ignorancia en aquellos que consideran a la filosofía como pura charlatanería: la concepción simbólica del lenguaje, dicho sea de paso, que no tiene nada de pragmática. Esto quiere decir que para esta concepción todo enunciado se reduce a simbolizar algo (una idea, un hecho, una cosa) y que, por esto mismo, pertenece a la esfera etérea e inmaterial del símbolo, en suma, del puro significante. 

Pero tal reducción del lenguaje es justamente el que cuestionó el filósofo inglés John Langshaw Austin (1911-1960), uno de los máximos referentes del “giro lingüístico” del pensamiento contemporáneo, y denominó “falacia descriptiva”. Miembro de la llamada escuela de Oxford, que se ocupaba del lenguaje común y corriente, Austin –fallecido tempranamente– legó a la filosofía del lenguaje posterior un concepto fundamental para la comprensión del funcionamiento de los enunciados, el de “actos de habla” o speech act, que trasciende la simple dimensión simbólica de la palabra. Educado en el Balliol College y profesor del Magdalen College, durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para el servicio de inteligencia británico y desde 1952 hasta el final de su vida ejerció la docencia en la cátedra de Filosofía Moral de Oxford. Pese a su escasa obra escrita, el libro póstumo de Austin, publicado en 1962, Cómo hacer cosas con palabras (How to Do Things with Words), que reúne 12 conferencias pronunciadas en la Universidad de Harvard en 1955, se considera la cúspide de su teoría de los actos de habla, en elaboración desde 1939 influenciado por Platón, Aristóteles, Kant, Leibniz y G.E. Moore. 

Para ir al grano, Austin distingue entre enunciados constatativos (descriptivos, dicho de otro modo, simbólicos) y realizativos (o performativos), entre los hechos de la realidad (cosas y palabras) y actos de habla, con lo cual no confunde la significación del signo con el uso que se hace de las palabras, ni este uso con las proposiciones verdaderas y falsas. No se trata, en los speech act, de verdad o de falsedad. Por consiguiente, Austin desacuerda con el positivismo lógico del Círculo de Viena que postula que ninguna oración que se refiera a una realidad más allá de los límites de la experiencia sensorial puede tener una significación cognitiva, es decir, el sentido de una frase existe siempre y cuando la proposición que expresa se verifique analítica o empíricamente. Así se divide a las proposiciones en dos clases: las que susceptibles de verificación (verdaderas o falsas) y las que carecen de sentido. Al contrario, Austin sostiene que el lenguaje posee una gran variedad de usos (por ejemplo: “¡Adiós!”, “¿Dónde está el gato?”, etc.) que no deben examinarse de acuerdo con su adecuación o no con la realidad.

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En cuanto la falsedad de una proposición no consiste en corresponder a un no-hecho sino en concernir incorrectamente a los hechos, la correspondencia o no con éstos no siempre se restringe a verdadero o falso. Para caracterizar un enunciado, según Austin, es necesario también valorar su grado de adecuación a las circunstancias, a los diferentes entornos y propósitos y no solo la descripción de un estado de cosas como la única función del lenguaje. Esto es, un enunciado puede desempeñar varias funciones, entre las cuales se halla (no la única, ni la más importante) describir. En otras ocasiones – y aquí está el núcleo del concepto de los actos de habla –, puede ser relevante el cumplimiento de una acción. Por ejemplo, locuciones rituales obvias como “No quiero”, “Creo en Dios”, “Bautizo a este barco”, etc., emitidas en las circunstancias adecuadas, no describen la acción que se está haciendo sino la hacen. Tales expresiones, por lo tanto, no son falsas ni verdaderas sino realizativas. 

Austin propone tres niveles de los enunciados: 1) gramatical: la oración, 2) lógico: la proposición, 3) enunciativo: el enunciado como tal. Los enunciados se hacen, las palabras y las oraciones se usan. La misma oración, por lo tanto, puede usarse para hacer diferentes enunciados (yo digo “es mío”; otro dice “es mío”) o también en dos ocasiones o por dos sujetos para hacer el mismo enunciado a condición que la emisión se haga con referencia a la misma situación o acontecimiento (“Te pido disculpas”, “Te prometo que iré”, etc.). Desde la perspectiva del nivel gramatical, los enunciados realizativos son declaraciones en primera persona del singular del presente del indicativo y no pueden considerarse verdaderas o falsas, sino en tanto adecuadas o inadecuadas a las circunstancias. Estos enunciados se usan para llevar a cabo diferentes tipos de acciones ya ritualizadas, uno de cuyos episodios centrales consiste en pronunciar determinadas palabras. Para Austin lo importante es que esas locuciones, dichas en los contextos apropiados (por ejemplo: “Declaro la guerra”), componen una acción distinta de la que describen.  Obviamente, cualquier fallo o violación de las condiciones origina actos nulos o mal aplicados, actos vacíos o incumplimientos. 

La tipología de los speech act concebida por Austin (y luego completada por el filósofo estadounidense John Serle) se divide en tres clases de acciones: el acto locutivo, ilocutivo y perlocutivo. El primero dice algo (“¡Mañana voy a llamar por teléfono a Pedro!”) que implica, a su vez, claro está, hacer algo cuando se dice algo. El segundo se relaciona con el acto que se efectúa al precisamente decir algo (por ejemplo, hacer una promesa, advertir, disculparse, explicar, dar órdenes, apostar, etc.) y el tercero se refiere al efecto o consecuencias de decir algo en los demás (persuadirlos, divertirlos, fastidiarlos, etc.). Además, los actos ilocutivos contienen una “fuerza ilocutiva” que expresa con precisión de que acto se trata y por eso, en esta clase, los verbos (condenar, absolver, aconsejar, jurar, felicitar, protestar, afirmar, negar, informar, etc.) que se usan resultan decisivos para la eficacia performativa (en el sentido de perlocutiva) de la locución. Desde luego, es muy común que la misma oración se empleada de manera constativa o descriptiva y realizativa al mismo tiempo. 

Esquemáticamente, Austin muestra que el lenguaje no pretende establecer una verdad apodíctica en base a significados sino, más bien, constituye cierto uso que un contexto determinado y siguiendo un conjunto de reglas puede producir algo efectivo en la llamada realidad, en la exacta medida que “hablar es hacer”. Tal la premisa básica de la concepción performativa del lenguaje que se encuentra en otros filósofos de la misma escuela, como en la teoría de los “juegos de lenguaje” de Ludwig Wittgenstein. Con esto no se niega la dimensión simbólica o de significado de los discursos. En realidad, se le añade otro estrato: el de la capacidad de “hacer cosas”, al decir de Austin, de las palabras. Volviendo al principio, aquellos que creen – no sin alguna razón – que la filosofía es pura charlatanería, una palabrería hueca que jamás toca ni siquiera los bordes de la “realidad” (y habría que definir qué se entiende por ese vocablo) harían bien en reparar, al menos, en la “fuerza ilocutiva” de algunas de las grandes filosofías y, sobre todo, en los efectos perlocutivos – deseados o indeseados – que han generado a lo largo de su ya larga historia.  
 

*Doctor en filosofía, escritor y periodista
@riosrubenh
Blog: https://riosrubenh.wixsite.com/rubenhriosblog