CULTURA
Miembro de la Royal Society

Filosofía en 3 minutos: Karl Popper

Nacido y criado en la Viena de principios del siglo pasado (la capital del crepuscular Imperio Austro-Húngaro), Popper está considerado como uno de los epistemólogos decisivos del siglo XX.

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Karl Raimund Popper (Viena, 1902 - Londres, 1994). | Wikipedia.org

Desde la antigüedad se sabe que la filosofía no tiene relación alguna con el sentido común. Por el contrario, este ha sido y es el escollo más resistente con el que se ha enfrentado y se enfrenta el pensamiento filosófico. Para peor, cualquiera dispone de sentido de común y la mayoría se vanagloria de eso, como si se tratara de una cualidad suprema e indispensable de la vida humana. Incluso no pocos sujetos recurren a él como un argumento evidente y que no necesita demostración para desarmar o refutar enunciados que no entienden o no les gusta. Es cierto que Tomás de Aquino lo emplea de cierta manera y que G. E. Moore, amigo de Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, escribió en 1925 una Defensa del sentido común, pero muy pocos considerarían que aquello planteado por estos filósofos se relacione con el sentido común. Ahora, si cabe alguna duda sobre este antagonismo inconciliable, el falsacionismo de Karl Popper (1902-1994), uno de los epistemólogos decisivos del siglo XX, bastaría por sí solo para demostrar que no existe ningún punto de convergencia entre la filosofía y su sombra invertida, por decir así.   

Entrando en tema, Popper nació y creció en la Viena de principios del siglo pasado, la capital del crepuscular Imperio Austro-Húngaro, una ciudad cosmopolita cuyo Zeitgeist (o “espíritu de época”) generó un ambiente sociocultural caracterizado por el entrelazamiento y la colisión a la vez, extraordinariamente influyente en Europa, de conservadurismo decadente y vanguardismo intelectual. Es la Viena sombría y luminosa que describe Robert Musil en su novela El hombre sin atributos y en la que habitaron Mahler, Schönberg, Klimt, Wittgenstein, Loos, Zweig, Schrödinger, Kraus, Sigmund Freud. El padre de Popper era un distinguido abogado de origen judío, de gran cultura, relacionado con los círculos políticos liberales. Por el lado familiar de su madre, estaba vinculado con científicos y artistas. En la casa de los padres, donde había una formidable biblioteca en la que Popper descubrió a Marx, se realizaban reuniones con lo más destacado de la cultura vienesa de la época. En ese entorno cultivado se formó el joven Popper, por entonces bajo influencia del marxismo.  

A causa de esta adhesión a las ideas marxistas, que lo llevaron a incorporarse a las Juventudes Socialistas de Austria, abandonó el bachillerato y se convirtió en aprendiz de carpintero. Pronto se dio cuenta que no era lo suyo y volvió a los estudios de bachiller. Luego de terminarlos, realizó un profesorado de físicas y matemáticas e ingresó al doctorado de psicología de la Universidad de Viena. En 1928 adquirió el diploma con una tesis titulada Die Methodenfrage der Denkpsychologie, cuya traducción sería La cuestión del método en la psicología cognitiva. En 1930, Popper comenzó a desempeñarse como profesor de bachillerato en física y matemáticas. En ese año se casó con una maestra de escuela, con quien estuvo hasta la muerte de ella en 1985. Al mismo tiempo, se acercó al Círculo de Viena, un grupo de filósofos de la ciencia y científicos con inclinaciones filosóficas que ejercería una enorme gravitación en la filosofía del siglo XX, conocido como positivismo lógico, empirismo lógico o neopositivismo.   

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Popper estaba en desacuerdo con algunos conceptos fundamentales del Círculo, entre ellos el principio de verificabilidad, la primacía de la experiencia sensorial como base del conocimiento, la crítica a la metafísica por su falta de sentido y el respeto irrestricto al Wittgenstein del Tractatus logico-philosophicus publicado en 1922. A pesar de ello, algunos miembros del Círculo estimularon a Popper para que escribiera un libro donde expusiera su pensamiento y le ofrecieron publicarlo en una de las colecciones. Así se publicó editada por el Círculo en 1934 la obra crucial de Popper, La lógica de la investigación científica (en alemán Logik der Forschung), cuyo impacto en la epistemología del siglo XX le imprimió un giro radical que está todavía lejos de la caducidad a poco menos de cien años de su publicación. El mismo Círculo de Viena, atacado sin reservas (o con pocas) por Popper en el libro, se vio forzado a reconocer la consistencia de la filosofía popperiana de la ciencia y aceptó muchos de los postulados del falsacionismo.  

En 1937, luego del asalto al poder de los movimientos fascistas austriacos, Popper recibió el ofrecimiento de integrarse como profesor en la Universidad de Canterbury, en Christchurch, Nueva Zelanda. Hasta ese momento había intentado emigrar a Estados Unidos y Reino Unido, como la mayoría de los miembros del Círculo de Viena disuelto en 1936 tras el asesinato de su fundador, el físico y filósofo Moritz Schlick, por un estudiante nazi. Los Popper permanecieron en Christchurch hasta el final de la guerra. En esa ciudad escribió otro de sus libros famosos, La sociedad abierta y sus enemigos (Die offene Gesellschaft und ihre Feinde) publicado en 1945. En esta obra, en la cual culmina su alejamiento del marxismo y de la ideología socialista iniciado después de la primera guerra mundial, Popper opone a las sociedades “cerradas” fascistas y comunistas, autocráticas y teocráticas, una sociedad “abierta”, en realidad, una democracia reformista, para decirlo todo, que representa a su juicio el único régimen social y político que asegura al individuo libertad y cierto bienestar, a pesar de todos sus defectos. En Christchurch también escribió La miseria del historicismo, publicada en 1945 en inglés, donde cuestiona la concepción hegeliano-marxista del devenir histórico regulado por leyes suprahumanas.  

Popper fue nombrado en 1946 profesor de filosofía en la London School of Economics and Political Science respaldado, según se dice, por el sociólogo y economista neoliberal Friedrich von Hayek, con quien había trabado amistad en 1935 durante una visita a Inglaterra. En 1949 se lo designó profesor de filosofía de la ciencia en la Universidad de Londres. A partir de la década siguiente, la notoriedad de Popper creció rápidamente impulsada por la traducción al inglés de La lógica de la investigación científica y luego a otros idiomas. En 1962 se tradujo al castellano.  En 1963 publicó en lengua inglesa Conjeturas y refutaciones: el crecimiento del conocimiento científico y Conocimiento objetivo: una perspectiva evolucionaria en 1972, sus últimos dos grandes libros de filosofía de la ciencia. En cualquier caso, en esa época, lo que hizo famoso a Popper, sobre todo en la Europa continental, fue la llamada “polémica del positivismo”: un fogoso debate entre los liberales popperianos y los epígonos de la Escuela de Frankfurt. 

Por entonces la fama de Popper se encontraba en su apogeo. En 1965, la reina de Inglaterra Isabel II le concedió el título nobiliario de Knight Bachelor (o sea, el rango caballero). Posteriormente recibió varios reconocimientos y premios, como el Lippincott de la Asociación Norteamericana de Ciencias Políticas y el selecto premio Sonning otorgado por la Universidad de Copenhague. Asimismo, fue electo miembro de la Royal Society de Londres y de la Academia Internacional de Ciencia. En los últimos años de su vida, en una palabra, Popper era una gloria viviente, aunque ya no publicó ningún libro significativo sino sólo de divulgación. También hacia el final de su vida se dedicó a la traducción e interpretación de los fragmentarios textos de los filósofos presocráticos. Estos ensayos sobre “la ilustración presocrática”, que Popper consideraba un mero pasatiempo, se publicaron póstumamente bajo el título El mundo de Parménides.

Lo dicho: el falsacionismo bastaría por sí solo para demostrar que no existe ningún punto de convergencia entre la filosofía y el sentido común.  Claro está, no puede decirse lo mismo del liberalismo popperiano, al menos respecto de cómo ha sido interpretado por los liberales popperianos. En cambio, la filosofía de la ciencia de Popper no deja lugar para equívocos. En ella se trata de la metodología correcta de las investigaciones científicas, especialmente en la física, que Popper denomina falsacionismo o racionalismo crítico. Esto significa que una teoría científica legítima es aquella que admite su falsación o, expresado de otra manera, que puede refutarse, impugnarse o probarse su falsedad. De aquí que todo conocimiento científico se fundamenta a sí mismo como tal si es falsable. La falsación (o falsabilidad) de las hipótesis y creencias científicas y, por lo tanto, el falsacionismo como metodología de la ciencia, constituye la idea más original y revulsiva de la epistemología del siglo XX. Ningún filósofo o científico antes que Popper había pensado que el conocimiento auténtico se basa en no saber más que en saber, en falsear más que en la certeza.

Se sigue que para el falsacionismo no existen, ni deben existir, demostraciones o verificaciones concluyentes en la ciencia, ante todo en las ciencias naturales. El científico popperiano nunca sabe si lo que cree saber implica un conocimiento fidedigno, en un sentido positivo y verdadero. Según Popper, demandar y exigir evidencias definitivas por parte de los científicos –lo que se hace ya desde la antigüedad y en forma preponderante en la edad moderna– no sólo es un craso error de método sino una ingenua ilusión. El pensamiento popperiano parte del hecho manifiesto de que las grandes teorías científicas de la historia (como la teoría de la gravitación de Newton refutada por Einstein) finalmente se mostraron falsas. Popper entiende que la falsación del conocimiento científico, por más que se haya verificado en múltiples investigaciones y experimentos, resulta inevitable debido a razones puramente lógicas. El argumento descansa sobre una regla de inferencia lógica: el modus tollens. 

Esta regla, estrictamente formal, suele resumirse de este modo: “Si P implica Q, y Q no es cierto, entonces P no es cierto”. En el léxico popperiano es la falsación del supuesto “P”. La regla contraria se conoce como modus ponens: “si P implica Q y si P es verdad, entonces Q también es verdad”. Formulado de una manera más complicada el modus tollens dice: “Si P y si Q implican b, que no es cierto, entonces o bien P no es cierto o bien Q no es cierto”. Esta situación de indecisión entre P y Q es muy frecuente en la ciencia cuando se aplica el modus tollens, lo que Popper explota en detalle. En principio, si no se tiene más información, no es posible decidir cuál de los dos supuestos es verdadero. En las teorías científicas, el modus tollens se aplica junto a otra regla lógica, la instanciación o, dicho en otros términos, la eliminación del cuantificador universal (comúnmente indicado por palabras como “todo”, “todos”, “cualquiera”).  El enunciado “para toda entidad x” es un cuantificador universal y la proposición del caso se denomina un condicional cuantificado universalmente. Se considera la forma lógica paradigmática de las leyes científicas, ya que la eliminación del cuantificador universal permite deducir de una ley general una proposición particular. 

La aplicación del modus tollens en las proposiciones particulares se hace más compleja y por eso configura el razonamiento científico que más le interesa a Popper. Esta inferencia puede formalizarse en el siguiente esquema: (ley general) “Para todo x, si x es P, entonces x es también Q”, luego “Si b es P, entonces b es Q (eliminación del cuantificador universal x y sustitución por la propiedad particular b), entonces si “b es P”, se sigue que “b no es Q”, de modo que o bien la ley general es falsa, o bien es falso el enunciado particular. De acuerdo con el falsacionismo popperiano, ante este dilema corresponde poner en duda la teoría general y no la proposición particular. Esto es, la metodología científica correcta parte de enunciados particulares, que se presumen firmes, para falsear una ley universal y para ello basta sólo con una excepción. Esto es lo que Popper define como racionalismo crítico, su propia concepción filosófica que afirma una ética: la honestidad intelectual de poner en cuestionamiento las propias hipótesis o creencias o aquellas consideradas probadas y verdaderas por la comunidad científica.

Por consiguiente, para el falsacionismo en el conocimiento científico no hay verificaciones o confirmaciones en los hechos de hipótesis o teorías sino sólo corroboraciones, es decir, comprobaciones o validaciones provisorias. En este sentido, por más que una teoría científica haya sido corroborada muchas veces, un nuevo descubrimiento puede convertirla en falsa. Si realmente es científica, ninguna ley o teoría universal admite verificación alguna por su propia característica de postular una totalidad general acerca del universo. Por esto mismo la cantidad de casos que compruebe la ley siempre será finito y parcial y, de este modo, infinitamente escaso para probar su contenido de verdad con certeza absoluta. De alguna manera, este es el principio esencial del falsacionismo popperiano. Dicho en otras palabras, está permitido para el científico no creer en la veracidad de una teoría o ley científica e intentar falsearla por todos los medios posibles. De cualquier manera, para el falsacionismo no tiene la misma validez cognitiva una teoría científica que ha sido corroborada muchas veces y nunca falsada por los diferentes intentos de falsarla, que otra nunca corroborada o pocas veces y poco sometida a falsación. 

En Conjeturas y refutaciones, Popper sostiene que, si bien las hipótesis generales son probablemente todas falsas, pueden ser más o menos verosímiles, lo que equivale a decir que más que verdaderas se aproximan a la verdad. Según esto, la evolución del conocimiento científico sería la propensión para formar hipótesis y teorías cada vez más verosímiles. El concepto de verosimilitud popperiano se articula sobre las nociones de contenido de verdad y contenido de falsedad de una proposición dada. El primero es el conjunto de las consecuencias verdaderas de tal proposición y el segundo el de las falsas, de modo que el grado de verosimilitud se define como la diferencia entre el contenido de verdad y el de falsedad. Con lo cual, sin embargo, Popper no soluciona el problema de que lo más probable es que las hipótesis científicas sean todas falsas. En todo caso, no hay manera de verificar las leyes generales y las teorías científicas, todas ellas falsables. En resumen, el criterio popperiano para distinguir entre ciencia y no-ciencia no es el principio de verificabilidad –una de las disidencias con el Círculo de Viena–, sino el de falsabilidad. 

Por ello la metafísica o la astrología, por el contrario, no pueden falsarse y, al no ser falsables, para Popper no son más que seudociencias, y entre ellas incluye, posiblemente para sorpresa de muchos, al psicoanálisis y al marxismo. Si bien se piensa no tiene nada de sorprendente: falsear la hipótesis del inconsciente o de la lucha clases significa aniquilar por un lado al psicoanálisis y por el otro al materialismo histórico. Lo curioso es que Popper no termina de romper con Marx en cuanto respeta el análisis marxiano del capitalismo de su época, la ética que lo lleva a denunciar las condiciones de vida de los obreros de aquel entonces y, además, no recusa el economicismo de Marx. La discrepancia con él radica en que Popper no acepta que los individuos se encuentren determinados por la estructura económica ni por supuestas leyes del desarrollo histórico. No por eso ignora las deficiencias sociales de la democracia liberal-capitalista. La filosofía político-social popperiana se presenta como una respuesta moral no sólo ante los totalitarismos. 

Es que el racionalismo crítico de Popper se funda sobre una ética que precede tanto al falsacionismo como al modelo la sociedad “abierta” y, por este motivo, son conceptos relacionados estrechamente. La actitud crítica del científico falsacionista, quien no se detiene ante ninguna creencia ni verdad apodíctica, no se diferencia de la que exige la democracia popperiana. También en ella se hacen necesarios los falsadores de las verdades concluyentes e incuestionables, como la única posición racional posible y la única capaz de mantener a la sociedad “abierta”, en contra de la cerrazón de las dictaduras de cualquier tipo. Parafraseando a Popper se diría que existen teorías verosímiles que explican el funcionamiento del universo social y político de la democracia, aunque probablemente falsas. Sin duda, al pensar algo así ya uno se coloca a una distancia descomunal del sentido común. Dicho en latín, quod erat demonstrandum, es decir, justamente lo que había que demostrar. 

 

*Doctor en filosofía, profesor de UBA. 
La era del kitsch (Alción Editora, 2021) es su último libro
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