sábado 10 de abril del 2021
CULTURA Triunfo del ciberpunk
21-03-2021 04:20

La traición del siglo XXI

El nuevo siglo nació con una certeza: el futuro no ha sido ni será como lo pintaron los artífices de la ciencia ficción clásica. Lo que quedan son obras, estrategias e inquietudes para comprender nuestro lugar en el cosmos, que a juzgar por lo indicios, no parece otro que la ruina.

21-03-2021 04:20

De la literatura fantástica tradicional, de género, aquella que pasó al cine y se convirtió en fenómeno de masas generando mitos populares, podemos reclamar un fracaso contundente: a 21 años del siglo XXI esos escenarios de tecnología futurista no ocurrieron. Ni colonizamos el espacio, no existen terminators, tampoco somos cyborgs, y menos aún llegaron los aliens para devorarnos como castigo del universo profundo. Tal vez por ello el escenario de la imaginación con más vigencia, pese a la apropiación escénica global, es el cyberpunk (columna de Gonzalo Santos). La experiencia del hombre ante el desplazamiento de los rasgos sociales básicos, la omisión de la ética, el triunfo de cierta voluntad corporativa, más que realismo o predicción, configuran un tiempo de lectura por fuera de tal clasicismo fantástico.

Los sucesos de esta desilusión (columna de Gastón Ribba) tienen origen en la formación del lector/espectador, en esa acumulación donde lo real ingresa frustrando la noción de futuro ideal. Hace casi cien años, Eisenstein confrontaba una dimensión ideal de la técnica en el barco con El acorazado Potemkin (confrontado, eso sí, con la masacre en las escaleras de Odessa), tecnología y realidad, contradicción dialéctica. Diez años más tarde, el registro documental expone el incendio del dirigible Hindenburg, el monstruo tecnológico en la conquista del cielo. Este carácter icónico de la evolución humana en la consagración del saber (en la posibilidad de transformación) produjo representaciones cada vez más intensas: el hongo atómico sobre Hiroshima, el hombre en la Luna, el estallido del transbordador espacial Challenger, la transmisión en directo de la guerra de Irak, la caída de las Torres Gemelas. Así, el cinturón de satélites para transmisión de datos, que es lo concreto, resultó el medio en que devino la amenaza de Reagan con su Guerra de las Galaxias.

Los íconos sugeridos en el comienzo constituyen una lista: Star Wars, Alien, Terminator, Robocop, Ellysium, Dictrict 9, entre muchas otras obras que expanden la narración hacia un pasado o futuro, retroalimentando el verosímil incuestionable. Hasta que llega lo real. A la consagración del saber científico (tecnología y desarrollo industrial), sigue una puesta en desgracia de la llamada evolución humana. Hace diez años el tsunami arrasó la costa japonesa (paradigma ejemplar del salto tecnológico), produjo un desastre nuclear, mostró la debilidad de dicha fantasía. Globalizadas las imágenes, la verdad tomó cuerpo como irrefutable. Pero el escenario del espectador adecuado a la centralidad imaginaria (que incluso naturaliza la llegada de un Golem como castigo general merecido, casi apocalipsis religioso reconvertido) cede la estabilidad de su posición por una concepción del tiempo que se desvanece por efecto de otra marea. Un ejemplo reciente: desde Marte, la nave robótica Perseverance transmitió la captura del sonido en la superficie del planeta. ¿Qué se escucha? Algo así como una interferencia de radio; en sí, nada. El carácter simbólico del viaje es eso, nada.

Una geometría de esta encrucijada la plantea Ricardo Romero a propósito de su reciente novela Big Rip (Alfaguara), en un reportaje publicado por Ámbito Financiero: “Alberto Laiseca hablaba de realismo delirante, Mario Levrero se sorprendía cuando le decían que escribía literatura fantástica, porque él se sentía realista. La realidad es extraña. Yo no imagino mundos alternativos, cosas que no existen. Las figuraciones que propone mi novela existen. Los límites de lo real son mucho más difusos de lo que en general aceptamos. Big Rip bordea géneros populares como el fantástico, el terror, la ciencia ficción, entra y sale de ellos, no se queda en ningún lado, eso la hace difícil de encasillar. Esos géneros me sirven para correr los límites de lo pensable y lo imaginable. Pensar, por ejemplo, en lo monstruoso, nos enfrenta al otro, a lo que en la novela se denomina ‘el desconocido perfecto’. Yo trato de establecer un diálogo con esa figura absolutamente enigmática. 

Ese desconocido perfecto podemos pensarlo como la consagración fallida de la globalización, encarnada en lo viral de los contenidos digitales, a la vez sepultados por otro tsunami, microscópico, que durante más de un año es pandemia planetaria. Y esto es territorio donde la centralidad de los discursos colapsa. El regreso del marxismo anticipado por Žižek, el control social y la restricción de libertades advertidos por Agamben, por ejemplo, no completan el cuadro de situación, resultan insuficientes por su centralidad misma. El efecto del virus, aquí, es como la del foco en la cacería nocturna, el pensamiento queda inmóvil como la liebre, sorprendido, fue descubierto en su debilidad.

Este año se cumplen 500 años de la conquista de México por parte de España. Esta cifra marca más de una transferencia de modos culturales, delimita la repetición de una forma de dominio que conjetura la condición material misma por la que se escriben estos párrafos. Porque la pregunta inherente es sobre la memoria, el tiempo de la misma, su resurgimiento y evocación como pasado, en ese campo que ya nos pertenece, la lengua castellana (como al Brasil el portugués): la lengua ya no es herencia alguna. Forma nuestra identidad, cuerpo y territorio. También respuestas. 

Una forma de pensamiento en este sentido la refiere Heriberto Yépez en Descolonización y cultura, teoría y praxis desde los sures de la poética (La izquierda mexicana del siglo XX, Tomo 3, UNAM, 2019), donde refiere a la intelectual boliviana Silvia Rivera Cusicanqui y su trabajo sobre cultura, intelectualidad y descolonización. “Luego de décadas y siglos de coleccionar, catalogar y almacenar conocimiento escrito de todas partes del mundo […] las bibliotecas estadounidenses se han convertido en cementerios del conocimiento, y los depósitos son el equivalente de extensos campos de fosas comunes y anónimas […] el encierro privado de un archivo inmenso […] es un acto de dominación y apropiación coloniales. Es además una estrategia de despolitización, una prosa contrainsurgente […] el acto de archivar bloquea el camino que lleva del conocimiento a la acción […]”. Este confinamiento de la memoria escrita también lleva a la conjetura de un canon. Yépez destaca el documental Los conjuros de Silvia Cusicanqui (2010), de Julio Ramos, que documenta su visita a la Universidad de California en Berkeley: podemos verla actuar performáticamente lo que después será su texto sobre la Biblioteca Colonial como un espacio de sentimientos encontrados y contradicciones. Es inevitable comparar la experiencia fantasmática de Rivera Cusicanqui con el imaginario de las bibliotecas borgeanas que configuró la imaginación literaria hispánica posmoderna. Como en Borges, la biblioteca es para Rivera Cusicanqui un espacio avasallante de confusión fantástica de espacio-tiempos donde utopías y distopías moldean un laberinto”.

Pero en Borges, a pesar de la ironía, el visitante de la biblioteca se presenta como un varón culto en armonía metafísica con la poderosa infinitud y circularidad de la Biblioteca. Rivera Cusicanqui, en cambio, es un personaje (femenino) que se mueve dentro de la biblioteca, temporalmente, en desventaja, una visitante más bien melancólica, donde el dominio del archivo nunca es prefigurado o anhelado. La biblioteca es un oasis, un espejismo. […] La Biblioteca Colonial de Rivera Cusicanqui pareciera ser la identidad secreta de la Biblioteca de Babel de Borges. Descolonizarse es tener una nueva y extraña relación melancólica, crítica, un duelo peregrino hacia los libros de la Biblioteca Colonial”. Esta descentralización del lector, correr el velo sobre un pasado literario escondido, es también evocación del fantasma como desconocido perfecto al que refiere Romero. ¿Cuánto de colonización contiene reclamarle a un siglo su traición al imaginario impuesto como cultura central?

El todo y sus partes. Por eso la respuesta va más allá de los híbridos de género en la literatura al sur el río Bravo, y al sur del sur, zona que nos implica. De hecho, salir del laberinto, de la reclusión espacial conurbana (más de la mitad de la población americana está confinada en los suburbios, extrapolación del laberinto), es hacerlo con el manejo del tiempo. La condición fantástica de la literatura, su carácter de excepción a toda norma de adecuación del pensamiento, tiene que ver con la experimentación de esa lectura temporal donde pasado, presente y futuro conviven en un latido asincrónico, cuestionando las lógicas de la iconografía dominante. Desde otra latitud, el tiempo expandiéndose desde la pantalla como incertidumbre en Stalker de Andréi Tarkovski (sobre el libro Picnic extraterrestre de los hermanos Arkadi y Boris Strugatski), nos lleva a esas formas de la experiencia estética donde la situación de orfandad referencial es a la vez marca de identidad ética.

Así, cierta realidad simbólica inmediata nos arroja a confrontar con una nada tan similar y vulgar como la marciana. La tecnología llegó a un nivel de abstracción que interviene en el arte otorgando identidad a imágenes (en movimiento, estáticas, digitales), a través de NFT (non fungible tokens), o certificados que garantizan unicidad, legitimidad y existencia (aunque sea no física). Hace poco más de una semana, un collage se vendió en casi 70 millones de dólares a través de criptomonedas. Esto conforma una situación acrítica, un suceso incuestionable por el valor. Pero no es así. ¿Podemos aceptar este rasgo de nueva colonización como espectadores/lectores inmóviles en el margen tecnológico? Esta, puede decirse, es la otra traición del siglo XXI. Intenta devaluar los ámbitos de la representación humana. Porque la imaginación está en riesgo, ¿cuánto falta para que el original de una novela se venda con NFT para que solamente pueda leerla aquel que disfruta del poder de una fortuna? ¿No sería la forma de crear una nueva Biblioteca Colonial pero inaccesible a otros lectores? La esclavitud de las palabras asoma, inquietante.

 

La pérdida de la fe

Gastón Ribba

El 15 de agosto de 1971 un tal Nixon decidió que la fe era suficiente respaldo para el dólar y dinamitó el patrón oro de Bretton Woods. Si hubiera sabido que el papel moneda era papel picado me habría negado a salir ocho meses más tarde. Nacer después del porvenir, qué puntería. Mi teoría es que el futuro ocurrió entre el 2 de marzo y el 29 de octubre de 1969, entre el primer vuelo del Concorde y el primer mensaje entre dos computadoras de Arpanet. En julio el pequeño gran salto a la Luna y en agosto un adelanto de lo que vendría: Sharon Tate. Eso fue todo, amigos. Cuesta abajo. Los sueños de mayo en Francia 68 y Córdoba 69 se apoyaban en pleno empleo, ascenso social, Estado de bienestar, y ese orden empezó a quebrarse entre el 6 y el 25 de octubre de 1973. Con la tercera guerra árabe-israelí comenzó la abundancia de la escasez. 

El bloqueo petrolero a Occidente ahogó los motores del planeta material, el cisne supersónico de Air France y British Airways e incubó saurios de todo pelaje: Khomeini, Thatcher, Reagan, Wojtila, Brezhnev, Xiaoping, Videla y Sid Vicious. Mi sala de jardín se llamaba Los astronautas mientras la carrera espacial agonizaba. Florecían los misiles bajo los trigales de Montana y los girasoles de Kiev y mi infancia terminó enterrada en algún punto de la Pradera del Ganso. De María Elena Walsh a The Final Cut de Pink Floyd en una temporada de Carozo y Narizota. Roger Waters susurraba que un alambre oxidado sostenía el corcho que mantenía la ira a nivel y estaba a punto de zafarse. Antes de que todo se fuera a los caños veríamos dos soles en el atardecer. Huelgas de carboneros en Gales y de astilleros en Danzig. Timba financiera en tanga y fábricas convertidas en discotecas. Compre ahora. Viva hoy. Muera ya mismo. Tenga miedo al mañana, a la vejez, a la pobreza y al sexo. Forever Young / Compro Oro / Préstamos en el acto / Coca Diet / Peste Rosa. 

Los nacidos y criados en la pampa asistimos a la muerte de las cooperativas y las asociaciones de socorros mutuos por avaricia, desidia o ambas. Un año después de la caída del Muro, tirados sobre los surcos, vimos caer la estación orbital Salyut 7. Una franja de fuego de Este a Oeste. No teníamos trabajo pero la educación nos haría libres. Resaca de los sueños de otros. Preparación para un mundo que ya no era. Habíamos leído a Orwell, Lem, Huxley, Ballard y Dick como quien escucha historias de locos o borrachos. En Estados Unidos un dólar hoy vale seis veces y un cuarto menos que en marzo de 1972. En estos cincuenta años la constante ha sido la devaluación, pero nada ha perdido valor como la imaginación: no hemos sido capaces de producir esperanza. Palabras claves: desconcierto y desamparo. Mi hija menor vive a la sombra del Famatina en La Rioja. Los domingos por la tarde vende limonada en la plaza y dona esas monedas a los que cortan los accesos a la mina para que la fiebre del oro no enferme el agua de su limonero. Los domingos por la tarde me brota algo agridulce parecido a la fe.

 

Omnipresencia del cyberpunk

Gonzalo Santos

En los últimos años la ciencia ficción viene experimentado un crecimiento tal que habría que pensar si no ha pasado a ocupar la centralidad de la literatura, por así decir, mainstream. Con el realismo en franca retirada, los escritores que huyen hacia este género, o que abrevan, por lo menos, en alguno de sus imaginarios –ya sin los pruritos de otrora–, cada vez son más. En general imaginan historias que transcurren en mundos apocalípticos, o posapocalípticos, o que retoman elementos de ese subgénero que mejor anticipó lo que estamos viviendo hoy: el cyberpunk. O sea, ya no se trata de ficciones con naves espaciales, con robots o androides, como en la ciencia ficción más clásica –si bien todavía hay autores que se sirven de esos tópicos, como es el caso de Juan Terranova, Michel Nieva, Hernán Vanoli, o la última novela de Samanta Schweblin–, sino de historias donde la tecnología está omnipresente, donde a veces no se distinguen los límites entre la realidad y los entornos virtuales, y donde el mundo está dominado por megacorporaciones asociadas a un “progreso” tecnológico que termina por degradar las condiciones de vida de la gente. Así eran los mundos de William Gibson, pionero de esta especie de “movimiento”; aunque también se pueden rastrear universos diegéticos parecidos en obras de autores anteriores, como Philip Dick. Hay, por ejemplo, una novela de este autor –Simulacra, se llama– en la que se advierten todo tipo de elementos proféticos o anticipatorios: hay aparatos similares a drones que vaticinan la intrusión de la publicidad en la vida privada; hay una retirada del psicoanálisis y un auge de los psicofármacos; y hay, entre otras cosas, una democracia que opera solo como fachada, dado que la presidente es en realidad una androide manejada por distintos grupos de poder corporativo.  

Ahora bien, la omnipresencia del cyberpunk no abarca solo la literatura del presente –y el mundo del presente, desde luego–; además uno puede advertir algunos de sus topos en el pasado. Como dice el escritor Michel Nieva en Tecnología y barbarie (Santiago Arcos editor, 2020), ¿no nace la literatura argentina con motivo de este subgénero? ¿No está la distopía en la descripción de la pampa como una tierra infértil, desértica? El tema del androide, ¿no está también en la figura del “gaucho”, en tanto se trata de un cuerpo improductivo para la lógica productiva, un ser cuya vida vale menos que la de los otros? En definitiva: ¿no habremos estado, desde siempre, sin darnos cuenta, viviendo en un mundo cyberpunk?

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