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CULTURA
domingo 22 diciembre, 2019

Las incurables vidas de Villa Cacimba

Acaba de publicarse “Venenos de Dios, remedios del Diablo”, novela del autor mozambiqueño nacido bajo el régimen colonial. Su literatura está atravesada por la guerra civil y conforma la historia reciente de su país.

Raul Zolezzi

Novedad. Mia Couto nació en 1955. Su verdadero nombre es António Emílio Leite Couto. Foto: cedoc
domingo 22 diciembre, 2019

Hace ya varios años la literatura en lengua portuguesa se nutre de extraordinarios escritores nacidos en las colonias que Portugal mantuvo en Africa hasta 1975 y liberadas tras largas y sangrientas luchas. De padres portugueses, el escritor mozambiqueño Mia Couto –de quién acaba de editarse su novela Venenos de Dios, remedios del Diablo–, pertenece a la generación que, nacida bajo el régimen colonial, llevó a cabo parte de esta épica emancipatoria y su correlato de guerra civil. Su literatura está atravesada por estas dos experiencias, que conforman la historia reciente de Mozambique y se expresa en un estilo que hace sentir voluntad de cambio y desesperanza, aunque Couto no cree que exista desilusión alguna, sino más bien “un deseo de sacudir las ilusiones, sobre todo aquellas que me hicieron salir de casa y participar en un proceso revolucionario”. No es que esté arrepentido: cree que esa voluntad por cambiar el mundo perdió su vitalidad porque envejeció, dejó de innovar y de atreverse a producir nuevas ideas.

—En 1975 comencé a visitar los países socialistas y fue una desilusión. Encontré conquistas sociales, pero hechas a costa de un clima de coerción, con élites jerárquicas. Todavía pienso que el error no está en la intención revolucionaria de cambiar el mundo. Ese cambio era y sigue siendo un imperativo ético. Pero es preciso admitir que se cometieron y cometen errores de análisis y práctica política. Los revolucionarios (como yo lo era y aún lo soy) tienden a simplificar el mundo y a reducir las complejidades humanas.

Esta idea se complica cuando leemos: “Puede que a los pobres no les gusten los ricos, pero lo que ellos realmente odian es a aquellos que son aún más pobres. La urgencia de desmarcarse de esos otros, los ordinarios (…) esta patente en cada gesto y palabra de su excelencia” (el mandamás de Villa Cacimba territorio donde sucede la novela).

—Entonces: ¿Qué decir? ¿Qué hacer?

–Lo que la literatura puede hacer no es tanto explicar la condición humana, sino sugerir sus complejidades. Nuestra forma de pensar dominante requiere categorías, generalizaciones, estereotipos. No se trata de ser de izquierda o de derecha. Así es como nuestros cerebros funcionan mejor: creando categorías y resolviendo el caos en estos cajones. Estuve involucrado la mitad de mi vida en una revolución socialista dominada por una visión marxista. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de cuánto simplificamos la realidad.

—En este sentido hay una imagen profundamente desesperanzadora, como la epidemia de meningitis en Villa Cacimba, que presenta “hombres adultos vagando, febriles, sucios y harapientos”…

—Con demasiada facilidad olvidamos a los que sufren. Hoy existe una especie de naturalización del sufrimiento, una banalización del espectáculo de la miseria. Veo el caso de mi propio país: hay mozambiqueños cada día decapitados por grupos islámicos radicales. Después de un tiempo, lo que sucede es como si el territorio donde esto pasa estuviera fuera del mundo. Quien es asesinado no tiene nombre, ni rostro, ni derecho a la historia.

Es de ahí que aparezca en su literatura la necesidad imperiosa de memoria. En Venenos de Dios… el relato se multiplica para dar, por un lado, versiones de lo que ocurrió, ya que “esta búsqueda del pasado y la identidad es una preocupación particular de personas que nacimos y vivimos en una especie de línea de frontera pero, la verdad es que esta multiplicidad de pertenencias es una condición mucho más general. Las líneas fronterizas atraviezan la interioridad de todas las personas. No hay nadie en este mundo que no comparta esta pluralidad interna, son el resultado de cruces lingüísticos, culturales y religiosos”, y por otro abre una dimensión onírica que Mia trastoca en espiritual y que deja de ser simbólica.

—El sueño genera miedo porque escapa a los patrones por los cuales organizamos el conocimiento. Nos han enseñado a temer lo que no entendemos. En la zona rural de Mozambique, donde trabajé durante años, este miedo está ausente. Las personas viven bien con lo que no saben, no necesitan este sentido de autocontrol, ni necesitan predecir con certeza lo que está por venir. Es parte de las creencias profundas que compartimos con los muertos en la gestión del mundo. No hay angustia al reconocer que no somos dueños de todo. En la cosmogonía mozambicana, los sueños son mensajes de los antepasados. Son conversaciones que tenemos con los muertos que permanecen vivos dentro de nosotros.

—¿Cómo ve el futuro?

—Siempre pensé que era demasiado tentador pensar en un futuro único. Hay muchos futuros, como hubo muchos pasados. En realidad, vivimos en un mundo que no es tan global como queremos creer. Quizás se ha generalizado entre los europeos un miedo al fin del mundo. Pero debe ser dicho que ese sentimiento de fin del mundo ya fue vivido por los indios americanos y africanos.

—¿Cuáles son sus influencias?

—Tal vez he sido marcado en la infancia por el período de oro del cine italiano: Fellini, Scola, Dino Risi, Antonioni, Pasolini. En la poesía, Lorca, Alberti, Miguel Hernández; los franceses como Prevert, Breton, y los portugueses Pessoa y Sophia de Melo Breyner.

—¿En qué está trabajando actualmente?

Acabo de publicar un libro de ensayos: El universo en un grano de arena. Y estoy trabajando en una novela que revisita mi adolescencia, que si todo va bien, terminaré para febrero.


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