martes 16 de agosto de 2022
CULTURA Las ruinas circulares

Centro Borges: falsas promesas

En 2015, una porción del viejo edificio de la Biblioteca Nacional volvió a formar parte del patrimonio de la institución, con la intención de establecer allí una obra de trascendencia para nuestro país y el mundo. El Centro Borges se diluyó entre mentiras, traiciones y tironeos políticos. Sus directores, Germán Álvarez y Laura Rosato, dialogaron con PERFIL para dar cuenta del actual estado de situación.

13-02-2022 01:53

Son siete los escalones que separan un balde del otro. Baldes plásticos azul rabioso desplegados por el personal de limpieza que conoce, como artesanos en un ejercicio de relojería, el lugar exacto donde ubicarlos; baldes alimentados con las gotas de agua que tardan siete segundos, entre una y otra, en desprenderse del techo y caer dentro del recipiente. Es una mañana de lluvia en Buenos Aires, San Telmo luce más gris que de costumbre; los turistas, que antes de la pandemia inundaban las calles, restoranes, negocios y bares del barrio hoy circulan, cómo no, a cuentagotas. Pero centrémonos en las gotas que escupe el cielorraso. Son gotas paridas por el aguacero que se estancan en la azotea para luego penetrar la estructura descolada, enmarcada por exquisitas molduras de yeso, farolas colgantes, un vitraux ocular espléndido a la vez que descolorido, cercano a un descanso con baranda de bronce desde donde, se cuenta, se asomaba Jotaele para contemplar el vacío. 

El edificio de estilo Beaux-Arts de la calle México 564 fue construido por el arquitecto italiano Carlos Morra, el mismo que hizo una veintena de obras en la ciudad, entre ellas el Palace Hotel. Se trató del segundo edificio en Buenos Aires en ostentar ascensor (el primero había sido el del Jockey Club); uno de los primeros en iluminar su interior y la fachada mediante luz eléctrica, no con gas como se acostumbraba. Y si bien la edificación se pensó originalmente como sede de Lotería Nacional, el entonces director de la Biblioteca Nacional, Paul Groussac (compartió con Borges una curiosidad: ambos estaban ciegos mientras ejercieron el cargo), emprendió una maniobra notable: utilizando sus influencias políticas, le pidió al presidente Julio Argentino Roca que le otorgara el inmueble a la institución que encabezaba. Fue así que la biblioteca abandonó la Manzana de las Luces para establecerse en este lugar. Se inauguró en 1901

Fue en la década de 1960 que se proyectó el actual edificio de la calle Agüero; desde que se inauguró, en 1992, aplacó el sentido de pertenencia que tenía este lugar que inició un peregrinaje serpenteante entre la posible venta y ensayos de compañías (la Nacional de Danza Contemporánea, el Ballet Folklórico Nacional, la Banda Sinfónica Nacional de Ciegos y el Centro Nacional de la Música, entre otros). De biblioteca, nada.

En 2015, la por entonces ministra de Cultura Teresa Parodi, junto al director de la Biblioteca, Horacio González, anunciaron la restitución del primer piso del edificio a la BN (resolución 7266 del Ministerio), y también el inicio de las obras de puesta en valor de ese espacio. La siguiente gestión, con Alberto Manguel como conductor de la BN, entendió la importancia de continuar la celebrada iniciativa. Pero lo que ocurrió fue que más allá de refrescar el frente del edificio con hidrolavadora, nunca se hizo nada; si bien cada tanto Manguel anunciaba en algún medio que ahora sí, ahora arranca (así lo hizo en diálogo con La Nación en enero de 2018, cundo aseguró que había cincuenta millones de pesos para comenzar con las obras que culminarían con la monumental obra: el Centro Borges), nada de eso sucedió. Hoy el edificio tiene problemas de todo tipo

Este año, y siguiendo con las casualidades (JLB: “Llamamos azar a nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad.”), se cumplen siete años desde aquel anuncio de 2015.  

—¿Qué pasó?

Álvarez: Pasó que Alberto Manguel pegó un portazo, y una de las razones fue porque el ministro Pablo Avelutto no cumplió con lo que le había prometido, que era terminar e inaugurar este edificio. De hecho en la etapa previa a su partida, nosotros nos reuníamos acá, con Manguel y también con Avelutto, se hacían cócteles, el ministro venía, nos saludaba, decía sí, ya tengo el dinero, mostraba un ítem de 11 millones de pesos en el 2019 (cada vez menos), para dejarlo estructuralmente activo. 

(Este cronista entrevistó al entonces ministro Avelutto en octubre de 2019, antes de las elecciones presidenciales, y le preguntó por las obras prometidas que nunca se hicieron; su respuesta fue: “Haremos el Centro Borges. Hemos empezado a arreglar las instalaciones. Se va a hacer, está establecido por presupuesto”. Días posteriores, quien suscribe se acercó al edificio junto a un fotógrafo de PERFIL para corroborar lo que habían transmitido las fuentes: nada de eso era cierto. No había obra alguna en marcha.)

—¿Qué ocurrió luego de la salida precipitada de Manguel?

A: El edificio cierra. Queda a cargo Elsa Barber, que había sido la subdirectora de González... a ella nunca le interesó esto. Ni siquiera adquirir nuevas colecciones que nosotros le sugeríamos. De hecho había surgido la posibilidad de conseguir una de las colecciones borgeanas más importantes, que es la de Alejandro Vaccaro, la segunda más importante del país (la primera es la de la familia de Nicolás Helft). Se empezaron unas tratativas. La colección la iba a comprar Alejandro Roemmers que es su amigo, para donarla a la BN. Esa donación iba a subsumirse a la colección Borges, imagínate la importancia. Tuvimos varias reuniones con Vaccaro y Barber y todo era sí sí, pero no se avanzaba. Por su parte Roemmers tuvo varios encuentros con Avelutto, con (Hernán) Lombardi, y lo mismo: sí sí, pero no pasaba nada. Él quería hacer esa donación pero venía que no tenía plafón político y a nadie le interesaba. 

—El tema luego se retoma con la asunción de Alberto Fernández.

A: Exacto. Una semana antes de asumir, o la misma, Roemmers se reúne con el presidente y le anuncia que estaba esta colección que él quería donar. Y ahí se produce un cortocircuito. Como María Kodama no se lleva bien con Vaccaro, salió públicamente a decir que ese material era robado, cosa que en realidad se puede comprobar muy fácilmente. 

Rosato: Entonces en el recuerdo queda ese cruce de Kodama y el material “robado”, pero lo que ocurrió fue que Roemmers se reunió con un ministro de la Nación (Avelutto) que no pudo decir sí, tenés un espacio para la colección. Lógico: el donante no da algo por nada, tiene un deseo. Es un donante, no un filántropo. Él también quería ponerle su nombre a la sala. Y el ministro no podía decirle te arreglo las goteras. 

—Las donaciones y las salas con nombres son algo habitual en cualquier biblioteca importante del mundo. 

R: Claro. Este edificio mismo se hizo a través de donaciones. En 1810, la Biblioteca Nacional se crea con donaciones de familias. Por eso hay salas que se llaman De Negri, Alcorta, poca gente lo sabe, pero tienen esos nombres porque fueron importantes donantes. Familias que no solo donaban enorme cantidad de volúmenes sino también el mobiliario. Y, algún reconocimiento tenés que hacerle a ese donante. 

—No parece descabellado pensar que quieran eso.

R: ¡Lógico! Mirá, en la época Manguel en el tema donaciones se avanzó mucho. Él armó un equipo que salía a buscar donaciones, a convencer a los herederos que debían donar de forma gratuita esas bibliotecas. En ese sentido Manguel, que venía de afuera con una cabeza más abierta al capital privado, estaba en sintonía. Horacio González, que para nosotros ha sido el mejor director de la BN, estaba muy cerrado con esto, con la intervención del capital privado. La posibilidad de que un empresario como Roemmers donara la biblioteca, a él no le gustaba. Por eso para mí las dos cosas más interesantes que hizo Manguel fueron la adquisición de un ejemplar de la revista Sur, con muchas correcciones de Borges, con un dibujo, algo inédito, que pertenecía a la colección de Antonio Carrizo y lo consiguió en un remate; y adquirir la biblioteca de Bioy Casares y Silvina Ocampo. Nosotros nos especializamos en biblioteca de autor. Por eso cuando entró Manguel y empezó a buscar manuscritos y vimos la cantidad de dinero que salen, le pedimos que tuviera en cuenta nuestra idea conseguir bibliotecas más que manuscritos.

A: Un manuscrito tiene digamos un interés fetichista, no más que eso. En cambio el potencial que tiene una biblioteca personal como la de Bioy, con 17 mil volúmenes, es enorme. Tiene muchas capas de lectura. Es una biblioteca que reúne parte de la biblioteca de Borges, de Ocampo, del propio Bioy, pero también de sus padres. 

—Percibiendo el continuo desinterés, ¿no pensaron en buscar subsidio externo?

R: Sí. De hecho vimos que la Fundación Amex tiene un subsidio al patrimonio cultural y edilicio, muchas fundaciones lo tienen. El problema acá es que el edificio es compartido. Simbólicamente no tenemos dudas: es el viejo edificio de la BN. Jurídicamente es del Ministerio de Cultura. Existe una resolución que le otorga a la BN el primer piso solamente. Entonces no podemos pedirle un subsidio a una fundación internacional, nosotros como ocupantes tenedores del primer piso. Te piden títulos de propiedad, y como la BN no lo es, no lo posee

Germán Álvarez y Laura Rosato son los directores a cargo del Centro Borges. Álvarez trabaja en la Biblioteca Nacional desde hace veinte años, Rosato desde hace treinta. Luego de desempeñarse en diferentes áreas dentro de la institución comenzaron, en 2011, a dedicarse por entero a Borges. Ese mismo año Horacio González formalizó sus funciones con el “Programa de recuperación de fondos borgeanos”. En 2013 tuvo lugar un hito dentro de ese programa. Lo sabemos de memoria: Borges corregía sus textos en el soporte original donde habían aparecido; si adelantaba un cuento en Sur, antes de incluirlo en Ficciones por ejemplo, tomaba ese ejemplar de la revista y lo corregía directamente ahí. Fue así que luego de una exhaustiva investigación en el fondo de la BN, Álvarez y Rosato hallaron un manuscrito en un ejemplar de revista Sur, el número 112. Ahí, el escritor había corregido, y mucho (el final de hecho), el relato "Tema del traidor y del héroe", para su posterior publicación en Ficciones. Ese material encontrado pasó a formar parte de la Colección Borges, que se nutre esencialmente de unos 800 volúmenes de la biblioteca personal que el escritor trasladó a su despacho de la calle México mientras ocupó el cargo de director. 

A: Cuando él se retira se lleva algunos libros, pero esos quedan. Digamos que no hubo una voluntad de donar abiertamente, pero quedaron, y se fueron acumulando en el sótano. En 1973 un grupo de investigadores los rescata y años después se encuentran en el edificio de Agüero. Esos 800 volúmenes que recuperamos tienen marcas, notas y demás de Borges, y la idea es que cuando este Centro funcione, vuelvan acá, que es el lugar donde estaban, para poder ser consultados. Este es el lugar donde Borges realmente estuvo, la gente quiere ver el lugar donde pasó 18 años y consideró su segundo casa. 

Si bien las mayores colecciones de Borges están en manos privadas, la Colección Borges que atesora la Biblioteca Nacional, confeccionada enteramente por el equipo comandado por Álvarez y Rosato, permite amplificar la tarea de los investigadores de todo el mundo. Hoy, y mientras aguardan que de una vez por todas se inicien las obras prometidas, la dupla Álvarez-Rosato se encuentra inmersa en un acontecimiento de escala planetaria. Por intermedio de Daniel Balderston que acercó la propuesta a la Universidad de Oxford, están escribiendo la entrada de JLB en el Oxford Companion, el libro de consulta más famoso del mundo, que inicia con los mitos griegos. 

—¿Qué pasó desde la asunción de Tristán Bauer como ministro de Cultura?

A: Luego del desentendimiento con Roemmers, Bauer se muestra muy interesado en el edificio, con una idea más amplia que solo la del Centro Borges. Y nos parecía bien, porque el edificio es enrome. Él quería aunar los centros de estudio, salas de lectura abierta, con material de consulta. Vino el 2 de enero de 2020, estaba entusiasmado, yo sentía que se lo había tomado como un proyecto personal. De hecho vino varias veces más, una de esas lo hizo junto al ministro (Gabriel) Kapododis de Obras Públicas y le dijo: “¿Ves?, esto es lo que quiero hacer, ¿vos me podés ayudar?”. Porque con el dinero del Ministerio no le iba a alcanzar. Cultura sí se encargará de la restauración, en la boiserie, el empapelado, el estuco, y así. Pero para que arranquen con la restauración, primero tiene que estar sellado el edificio. Que cuando llueva no haya goteras y no se inunde el sótano. Además de cambiar toda la instalación eléctrica que tiene más de un siglo.

—Tengo entendido que hubo una licitación. 

A: Sí, pero hasta donde sabemos estaba mal hecha… 

—¿Cuánto dinero se necesita para al menos arreglar lo estructural?

A: Si hay un número, nosotros lo desconocemos. 

(Ver recuadro). 

—¿Y mientras tanto qué hacen ustedes para que se retome el tema?

A: Nosotros ya le pasamos un informe al ministro, con lo que consideramos debe hacerse en el lugar, el espacio de escritor que es donde fue el despacho de Borges, la sala de consulta para los investigadores de todas partes del mundo que vengan, una sala de muestras, oficinas. Obviamente traer bibliotecarios cuando se traslade hasta acá el material de la colección. Hasta el merchandising tenemos planificado en ese proyecto, una cafetería. Cuando estás en la casa de James Joyce, que no es la casa de él, solo rescataron una puerta, te llevás un señalador del irlandés, o una remera. Acá estuvo Borges 18 años, en Agüero están los muebles, su escritorio, pero nunca estuvo ahí. Tenemos conversaciones con el equipo de restauración, le proveemos a ese equipo la documentación para volver a un momento único de esa historia. Tenemos guardadas lámparas originales, placas, vidrios, los planos edilicios, todo.

—¿Son  optimistas? ¿Creen que se realizará la obra alguna vez?

R: No bajamos los brazos. Nosotros tenemos todo y no lo podemos cristalizar en un espacio. Por lo general es al revés: está el espacio y falta material para nutrirlo. 

A: Para Laura y para mí este es el proyecto de nuestras vidas. 

Antes de abandonar el edificio, vuelvo a encontrarme con los baldes. Cavilo. Se agolpa en mi frente una idea que germina una mueca en el rostro. Una expresión zoquete, que siempre detesté por poco original y cursi, utilizada hasta el hartazgo por cronistas deportivos carentes de recursos cuando fabrican una necrológica: “X seguirá gambeteando con Y en el cielo”. En mi caso la enhebro con el siete, con el 14 (su múltiplo), número que caminaba con Borges (“La casa de Asterión”, “El milagro secreto”, “Las ruinas circulares”, y así). Una vez sorteado el segundo balde, levanto la cabeza, me detengo en el descanso desde donde le gustaba al viejo mirar (siendo ciego) hacia abajo. ¿Quién sabe? Quizá todo esto sea parte de una orquestación jovial de su parte, una forma de ponernos a prueba; tal vez, algún día un operario mientras se encuentre sellando una grieta descubra El libro de arena. Y él ría a carcajadas, en ese descanso o en el cielo.

 

¿Qué ocurrirá con las obras?

A.B.

Hoy el presupuesto del Centro Borges se reduce a lo indispensable para mantenimiento básico, sueldos, limpieza y seguridad. Punto. Antes del cierre de la presente edición, PERFIL se comunicó con el ministerio de Cultura de la Nación y pudo acceder a un documento que refleja, en efecto, una licitación “fracasada” y, aquí la novedad, la autorización al “segundo llamado para la obra en referencia”, en donde la Comisión Evaluadora del ministerio de Obras Públicas otorga la ejecución de las obras a la empresa Consulper S.A., por un monto de algo más de 230 millones de pesos para poner en valor las salas, los lucernarios, sistemas pluviales, azoteas, instalación eléctrica, etcétera. Dicho de otro modo: las obras necesarias antes de realizar la restauración y la posterior apertura del Centro Borges. Fuentes del ministerio confiaron que el contrato se firmaría en los próximos días, las obras comenzarían en unos meses, con un plazo de finalización estipulado en un año.

 

Ciudades y destinos literarios

Omar Genovese

Podemos afirmar que los cuatro escritores fundamentales de la literatura del siglo XX son Proust, Joyce, Kafka y Borges, quienes nacieron respectivamente en 1871, 1882, 1883 y 1899. Todos ellos asociados con una ciudad. Veamos qué importancia tienen para ellas esos tres compañeros de viaje del argentino.

En Dublín se recuerda a Joyce por la novela Ulysses. Allí existe el James Joyce Centre (jamesjoyce.ie), en una casa de estilo georgiano donde ofrece información histórica y sobre la influencia del escritor. Un dato: Joyce conoció brevemente a Proust en París y concurrió a su funeral. “Organizamos recorridos a pie, exhibiciones, talleres y conferencias… Vea la puerta de la famosa calle Eccles n.° 7 de Ulysses, una recreación de su vivienda en París, exhibiciones de arte y más...” En síntesis: de Joyce existe una puerta, bonita por cierto. Entre el merchandising, eso sí, tazas, libros y sombreros. También ocurre el festival en torno a Leopold Bloom o Bloomsday, del 11 al 16 de junio, que este año celebra los 100 años de dicha novela (bloomsdayfestival.ie).

Proust viajó al pasado en un punto geográfico de París (102 del bulevar Haussmann), alejado de la sociedad, escribiendo enfermo, hasta apagarse en su obra cumbre: En busca del tiempo perdido. La sobrina de Marcel donó, en 1962, sus manuscritos a la Biblioteca Nacional de Francia. Entre otras instituciones académicas, se destaca el estudio intensivo de la obra por parte del Institut de Textes et Manuscrits Modernes (item.ens.fr). La Sociedad de Amigos de Proust (amisdeproust.fr) se encuentra en la casa de la tía Léonie, en la localidad rural de Illiers-Combray, donde nació la mítica escena en la que el narrador de Por el camino de Swann, se transportaba a su infancia al mojar una magdalena en un té. Este año recuerdan en París el 150 aniversario del nacimiento con una exposición en el Museo de Carnavalet (carnavalet.paris.fr) y, por el centenario de su muerte, en el Museo de Arte e Historia del Judaísmo, con la exposición “Marcel Proust, del lado de la madre”, que lo presenta a través del prisma de su judaísmo. 

Kafka visitó París en 1910 y al año siguiente. El Museo Franz Kafka (kafkamuseum.cz) se inauguró 2005 en el edificio Hergetovy en la orilla del río Vltava, Praga. Allí funciona una exposición que consta de dos secciones: espacio existencial y topografía imaginaria. Mapas, remeras, posters, conforman los objetos en venta, más las visitas guiadas por la ciudad. Pero, ¿y la obra de Franz? Escapó de las garras nazis junto a Max Brod y su esposa en 1939, hacia el Mandato Británico de Palestina, luego Israel, donde el albacea murió en 1968. Tras un largo juicio a los herederos de su secretaria infiel, Esther Hoffe, en 2019 el último lote de los originales de Kafka pasó a la Biblioteca Nacional de Israel (la colección se encuentra en: nli.org.il), resultado de una cacería de manuscritos durante más de 11 años en diversos países.