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CULTURA / Nueva edición y traducción
sábado 6 abril, 2019

Leer a Apollinaire en el siglo XXI

En solo 38 años de vida, el poeta francés dejó un legado clave para la poesía moderna. Caligramas, oralidad y versos libres que se mantienen vitales.

por Gustavo Yuste

Guillauma Apollinaire Foto: Cedoc
sábado 6 abril, 2019

“También tuvimos una guerra./ Ahora somos parte de Hollywood./ Ese chico con la cabeza vendada,/ que antes era Roli, dice llamarse Apollinaire”, así empieza el poemario Tuca (1990) de Fabián Casas. Este libro clave para la poesía argentina de siglo XXI, sirve también para ver la influencia de Gillaume Apollinaire (Roma, 1880) en la poesía contemporánea. En ese sentido, la reciente edición de Y que todo tenga un nombre nuevo por parte de Griselda García Editora y Ediciones del Dock, no hace más que confirmarlo.

Con una cuidadosa y profunda selección y traducción por parte del escritor y traductor Mariano Fizman, el lector puede introducirse en la vida potente del escritor nacionalizado francés. Este libro permite, nada más y nada menos, hacer un recorrido por la obra indeleble que dejó el poeta que participó de la Primera Guerra Mundial para convertirse en ciudadano galo, sin saber que en 1916 la explosión de un obús (arma de artillería similar a cañón que se utilizaba en esa época) agujerearía su casco y lo inmortalizaría como el poeta con una venda en la cabeza hasta morir en 1918, con apenas 38 años de edad y dos libros publicados, por la epidemia de gripe española de esa época.

Y que todo tenga un nombre nuevo (Griselda García Editora - Ediciones del Dock, 2019)

“Uno de los grandes logros de Apollinaire fue el de comprender poéticamente la importancia de la aparición de medios como el cine, la radio, el fonógrafo, la publicidad, el teléfono”, destaca Fizman en el prólogo de Y que todo tenga un nombre nuevo. En épocas en donde se discute la utilización de las redes sociales y las nuevas tecnologías para la producción y difusión de la literatura, volver al poeta francés obliga a dejar de lado cierta postura hermética alrededor de la poesía para introducirse de lleno en la preocupación por las palabras y los sentidos.

Por ejemplo, en los primeros versos de esta edición conjunta, se puede leer: “no lo tengo que olvidar/ la alegría viene después de la pena”. O también: “el amor del que sufro es una enfermedad silenciada”. Con versos libres pero precisos, que remiten a la oralidad, Apollinaire abriría el juego a la poesía moderna. En ese sentido, sus famosos caligramas mantienen una frescura y actualidad que es difícil de conseguir en esta época, en donde la capacidad de asombro parece entrar en extinción.

Leer a Apollinaire en el siglo XXI resulta ineludible no solo para los poetas, sino para toda persona que busque reencontrarse con el mundo de una manera distinta. Para eso, la poesía puede ser una herramienta clave. Ya lo decía el propio poeta francés: “enamorados de las mismas palabras a las que habrá que cambiarle el sentido”.

Sus poemas escritos al calor del siglo XX, donde los emigrantes eran moneda corriente y las grandes ciudades tomaban forma, los versos de Apollinaire envejecieron como los objetos hechos de material noble. El lector ahora puede comprobarlo por su cuenta en Y que todo tenga un nombre nuevo.


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