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CULTURA / escandalo
sábado 28 diciembre, 2019

Literatura y pedofilia a la francesa

Una mujer describe en una novela su relación, a los 14 años, con un escritor que entonces tenía 50. Un caso que divide a la sociedad gala, en medio de las denuncias de #MeToo.

por Omar Genovese

Matzneff. El autor de Mes Amours Décomposés nunca ocultó sus preferencias por los menores de edad de ambos sexos. Foto: cedoc
sábado 28 diciembre, 2019

El 2 enero próximo se lanza en Francia el libro de memorias de la escritora y editora Vanessa Sprigora (47 años): Le consentement, o El consentimiento. Según los adelantos de prensa, la autora retrata la forma en que fue seducida por un escritor reconocido, con el que entabló una relación de dependencia, admiración y sumisión. “¿Cómo admitir que han abusado de una, cuando una no puede negar que dio su consentimiento, cuando una ha sentido deseo por ese adulto que no tardó en aprovecharlo? Durante años tendré que lidiar yo también con esta noción de víctima.” En este tono expone las acciones que realizó Gabriel Matzneff a sus 50 años, hoy de 83, cuando abordó sexualmente a Vanessa que tan solo tenía 14.

La exposición del caso dividió aguas en la sociedad francesa. Ya para 1990, luego de la aparición de sus diarios, Mes amours décomposés en 1983-84, Matzneff escribe sin pruritos sobre sus aventuras sexuales con menores de ambos sexos, incluyendo un viaje a Manila (Filipinas), donde abusó de niños de 11 y 12 años. Para esa época asiste al afamado programa cultural Apostrophes, de Bernard Pivot, donde la escritora canadiense Denise Bombardier le lanza un misil por su egocentrismo descarado al exponer tal conducta entre risas de los asistentes: “Usted me recuerda a esos caballeros que atraen a los niños con dulces”. El escándalo estalló y Matzneff se llamó a retiro, pero no se privó de su placer libertino, como lo llamaron algunos medios franceses ofendidos por la acusación. Con la noticia del libro de Sprigora, tal vez resentido por aquel suceso “desagradable” en su programa, Pivot escribió recientemente en su cuenta de Twitter: “En los años 70 y 80, la literatura importaba más que la moral, hoy la moral importa más que la literatura. Moralmente, es un progreso. Somos más o menos los productos intelectuales y morales de un país, y, sobre todo, de una época”.

La feminista francesa Valéry Rey-Robert también expuso su punto de vista al respecto en la misma red social: “Personalmente, no me importa Matzneff, él morirá pronto, pero los miles de elegantes tipos que impunes miran y abusan de niñas y niños muy pequeños, ¿ha cambiado eso? ¿Ya no existe la idea de que los adolescentes son básicamente un poco perversos y tienen demanda de sexo?” Y agrega, a manera de sentencia inapelable: “Es cierto. Los adolescentes buscan poner a prueba su poder de seducción, que les digan que son sexies o bonitos. Y es tu puto papel de adulto ponerle inmediatamente un límite.” Matzneff no quiere hablar, como cuando lo increpó Bombardier, delega todo a una mala lectura de su obra, a la incomprensión de su amor por los menores.

El tema ya era ríspido por su mención en un proceso judicial por abuso de menores conocido en Francia como “el caso Coral”, una colonia antipsiquiátrica en donde se comprobaron abusos, incluso, a niños con síndrome de Down. Como los pedófilos no van solos por el mundo, hacen comunidad, comparten gustos y justificativos, la biografía de Matzneff muestra una llamada de atención: cuando en 1972 se suicida su amigo Henry de Montherlant, miembro de la Academia Francesa (al que siguió en el puesto Claude Lévi-Strauss), esparce sus cenizas en el foro romano y en el río Tíber. Montherlant había sufrido un ataque por perseguir menores por las calles, agresión que le produjo la pérdida de un ojo, cuestión que lo sumió en una profunda depresión. ¿Será que el pedófilo tuerto –como el ladrón rengo–, pierde las habilidades imprescindibles para cometer sus tropelías?.


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