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CULTURA / futuro proximo
domingo 29 diciembre, 2019

Los adelantados

Internet, el alunizaje, el correo electrónico y muchos adelantos de la humanidad ya habían ocurrido cuando la ciencia los anunció al mundo; la literatura los había anticipado incluso antes de que surgiera la ciencia ficción, uno de los géneros –aún hoy– más fértiles y potentes.

Osvaldo Aguirre

Aciertos. El gran novelista británico J.G. Ballard predijo la elección de Roland Reagan, el surgimiento del movimiento punk y los atentados terroristas del 7 de julio de 2005 en Londres. Foto: cedoc
domingo 29 diciembre, 2019

Internet, los satélites, el correo electrónico, los detalles exactos de la llegada del hombre a la Luna, los satélites de Marte, el subterráneo de Buenos Aires y muchos otros descubrimientos y adelantos de la humanidad ya habían ocurrido cuando la ciencia los anunció al mundo. La literatura los había anticipado incluso antes de que surgiera la ciencia ficción, el género que formalmente investiga las posibilidades del futuro a través de la imaginación. Julio Verne, William Gibson, J.G. Ballard y H.G. Wells, entre otros, representan a través de sus anticipaciones la figura del escritor que se adelanta a su tiempo.

De la Tierra a la Luna (1865), de Verne, es un paradigma de la ficción que descubre el futuro. Las exégesis de la novela puntualizan una serie de anticipaciones que, al modo de las profecías de Nostradamus, se leen como un guión detallado de la posteridad. Las obras de William Gibson, Arthur Clarke e Isaac Asimov, entre otros, son también emblemáticas de esa capacidad que se asigna a la ficción.

En Ballard, el tiempo desolado (2019), Pablo Capanna señala que el gran novelista británico predijo sucesos tan dispares como la elección presidencial de Roland Reagan, el surgimiento del movimiento punk y los atentados terroristas del 7 de julio de 2005 en Londres. “A pesar de lo que se cree, la anticipación y la ciencia no son lo esencial de la ciencia ficción –advierte, sin embargo, Capanna–. De hecho, los autores más locos, entre comillas, y con menos formación científica, como Philip K. Dick, fueron los que acertaron, sin proponérselo, a ver algo del mundo en que vivimos”.

 La sequía (1964), novela de Ballard reeditada este año en la traducción de Francisco Porrúa, suele ser leída como una anticipación del cambio climático. “Ballard fue uno de esos escritores de ciencia ficción política, que presintió los peligros que corríamos cuando nadie parecía verlos. Otro fue John Sladek, quien anticipó en varias décadas esa Gran Muralla de México que Trump se empeña en terminar de construir”, dice Capanna.

Guillermo Martínez, escritor y matemático, cuestiona las representaciones de la ciencia en la literatura. “Hay un lugar común del romanticismo que es asignarle un sentido catastrófico a todo lo que proviene de la ciencia –destaca–. También tiene que ver con la lógica ficcional donde lo nuevo o extraño que irrumpe tiene que poner en peligro a los personajes, entonces lo que parece innovador tiene un sesgo diabólico”.

De modo ejemplar, en El vengador del futuro (1990), película de Paul Verhoeven basada en un relato de Philip Dick, “ante la idea de experimentar un viaje al futuro surge la sospecha de que se pueden suplantar identidades o implantar recuerdos falsos”. Lo desconocido parece una amenaza. “Todo lo que en principio suena tentador se vuelve oscuro en la ficción, lo cual no está mal, pero después hay una sensación ambiente de que la ciencia es algo potencialmente dañino en todas sus manifestaciones y los científicos están retratados como peligrosos megalómanos”, agrega Guillermo Martínez, quien en 2019 ganó el Premio Nadal de novela por Los crímenes de Alicia.

Al planeta Marte y más allá. En Cuando la ciencia despertaba fantasías (2016), Soledad Quereilhac analizó un período comprendido entre 1875, fecha de aparición de Viaje maravilloso del señor Nic-Nac, donde Eduardo L. Holmberg relató el viaje de un alma al planeta Marte, y 1920, el año en que Roberto Arlt publicó el artículo “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires”. Una época en que el campo científico argentino estaba en formación y tenía límites borrosos, de los que los escritores supieron sacar provecho.

Quereilhac investiga ahora las utopías y relatos “científicos” publicados en la prensa argentina durante el siglo XIX, relevados en el libro La literatura fantástica del siglo XIX, de Carlos Abraham. Una especie de precuela de la saga en la que se inscriben textos como los de Holmberg, Las fuerzas extrañas de Leopoldo Lugones o los cuentos de Horacio Quiroga. “La mayoría de las fantasías de la época trabaja en una muy inmediata contemporaneidad. Los fenómenos científicos y fantásticos de esa temprana ciencia ficción suceden en el aquí y ahora de Buenos Aires, en la contemporaneidad de los lectores, donde el futuro se concibe como un tiempo que superaría los problemas del presente”, señala la ensayista.

Una de las primeras utopías nacionales fue Delirio (1816), relato en dos entregas de autor anónimo publicado por el periódico La patria argentina. “Proyecta una Buenos Aires del futuro en el que un gran gigante, al estilo de la literatura de Rabelais, va armando de manera un poco grotesca todo lo que necesita una ciudad a la que se observa como un páramo horrible: un gran puerto, un hermoso bulevar, paseos, instituciones e incluso una universidad para que se desarrollen las ciencias”, cuenta Quereilhac. Los procedimientos de verosimilización son más bien simples: “en estas utopías suele haber un personaje que se queda dormido y al despertar se encuentra en el futuro, en un mundo donde todo se mueve por la electricidad, la gran protagonista de la fantasía del siglo XIX”.

Las representaciones del futuro suelen tener fecha de vencimiento, como ejemplifica Buenos Aires en el año 2080, novela publicada en 1879. Su autor, el periodista francés Aquiles Sioen, imagina que el ferrocarril y los tranvías serán los medios de transporte a fines del siglo XXI en una ciudad de poco menos de tres millones de habitantes, y que una estatua de Prometeo coronará el Riachuelo. Sin embargo, describe trenes subterráneos, treinta y cinco años antes de la inauguración de la primera línea de subtes.

“Buena parte de esa literatura del siglo XIX construye un mundo del futuro en clave humorística, donde se nota mucho la dimensión alegórica. Están hablando del presente. En las fantasías científicas de Lugones, de Quiroga, de Holmberg, en cambio, hay mundos ficcionales autónomos muy perturbadores: un descubrimiento científico, en lugar de tranquilizar, dispara la fantasía y conecta con fuerzas desconocidas a las que se admira y se teme por igual”, observa Quereilhac.

Lugones concibió una poderosa fuerza omega capaz de destruir la materia y basándose en el descubrimiento de la radiación Quiroga creyó posible los rayos N1, una emisión del cuerpo humano que “puede impregnar la placa fotográfica y sacar fotos a través del ojo, sin necesidad de la cámara, así como en otras ficciones plantea que algo de la vida misma puede quedar en una película y proyectarse en la pantalla cuando un sujeto es filmado”, explica Quereilhac. Esas fabulaciones, no obstante, “son mucho más perturbadoras que si se describiera un mundo imaginario: lo inquietante que todavía no se descubrió, forma parte del presente”.

Los sismógrafos de la especie. Autor de El sentido de la ciencia ficción (1967) y de biografías sobre Dick, Cordwainer Smith y Andréi Tarkovski, entre otros estudios, Pablo Capanna relativiza los lugares comunes sobre la anticipación literaria: “Tanto a Ray Bradbury como a Brian Aldiss y William Gibson les escuché decir que la ciencia ficción no se ocupa del futuro sino del presente. Quien desee un futuro mejor, soñará una utopía; quien teme que el futuro sea mucho peor, escribirá una distopía para evitarlo. En buena medida, todos harán literatura de advertencia, como decía Boris Strugatsky”, señala.

Guillermo Martínez tampoco suscribe el imaginario del escritor médium: “Para mí hay otra idea vinculada con la anticipación, que menciona Milan Kundera. En un ensayo comenta que cuando los autos empezaron a llegar a las ciudades, surgió un ruido invasivo, que nadie había percibido hasta entonces, la irrupción de algo que cambiaba la sensibilidad de una época. Kundera dice que muchas veces los escritores anticipan algo que después deja de verse porque se convierte en norma”.

La burocracia que presenta Franz Kafka en El Proceso es un ejemplo de ese tipo de anticipación. “Estamos tan inmersos en ese mundo –la variante actual sería la parafernalia de contraseñas en los bancos, donde te hacen cambiar las contraseñas una y otra vez– que ya nadie podría escribir una novela sobre el tema porque ese absurdo ya lo mostró Kafka”, señala Martínez.

Así como kafkiano designa lo pesadillesco en general y en particular lo burocrático, el Diccionario Collins registró el término ballardiano para designar “aquello que evoca situaciones como las que describen los cuentos y novelas de Ballard; en especial, modernidad distópica, paisajes desertificados por el hombre y efectos sociales y ambientales del desarrollo tecnológico”, explica Capanna. “El término se impuso porque Ballard fue uno de los primeros en llamar la atención sobre los paisajes devastados del mundo tanto exterior como interior que estamos creando”, agrega el ensayista.

Philip K. Dick es otro ícono de la literatura de anticipación. “Su actualidad no está en lo que predijo, como las transnacionales o el calentamiento global, ni en la cercanía de las fechas a las que apostaba –sostiene Capanna–. Lo actual de Dick es ese triunfo de la ambigüedad que hoy sufrimos con la posverdad y las fake news. Baudrillard fue uno de los primeros que entendieron a Ballard y Dick y los popularizó”.

Para Guillermo Martínez “hay aparentes anticipaciones que luego se ve no han sido tales”, como leer en “El jardín de senderos que se bifurcan”, de Borges, un adelanto de la idea de los múltiples universos del físico Hugh Everett. “Coinciden en tiempos cercanos la aparición de un cuento y una idea científica más estricta, y la tentación es suponer que hubo una influencia, pero no siempre es así”, señala el autor de Crímenes imperfectos.

“Los autores de ciencia ficción, sean o no científicos, comparten las esperanzas y los temores de su tiempo –afirma Pablo Capanna–. Su éxito no está en predecir qué aplicaciones traerá el celular dentro de medio siglo, sino en pensar cómo cambiarán nuestras vidas las comunicaciones instantáneas”.

Capanna pone como ejemplo a Murray Leinster, autor de novelas de vaqueros, policiales y ciencia ficción: “Quince días después que el gobierno de Estados Unidos anunciara que existía la gran computadora Eniac, Leinster publicó el cuento “Un lógico llamado Joe”. Con mucho humor, imaginaba allí una red mundial de computadoras familiares en la cual podía encontrarse de todo, desde cómo arreglar la canilla hasta las instrucciones para cometer un crimen, los chismes y hasta el erotismo. No había inventado la computadora personal, que es tecnología, sino la internet, que es cultura”.

Martínez recuerda la clonación como tema de la novela Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, los fenómenos de la percepción en Pensamientos secretos, de David Lodge, y las intrigas en torno a un descubrimiento científico en Solar, de Ian McEwan. Lo anticipatorio de la literatura, piensa, podría entenderse en términos de Thomas Mann: los escritores como sismógrafos de lo que está por venir.

“Cuando la ciencia es profunda y la literatura es profunda las dos ponen en jaque al sentido común –dice Guillermo Martínez–. La ciencia siempre se repregunta a sí misma para dar soluciones más generales, vuelve a pensar sobre lo aparentemente sabido y estratificado. Y la literatura también, te hace ver lo mismo de una manera diferente”. Y de esa manera produce los descubrimientos más reveladores.

 

La distancia del conocimiento a la creencia

—¿Las imágenes estereotipadas de la literatura participan del sentido común actual sobre la ciencia?

—El sentido común actual es todavía un poco peor. Tiene algo del primitivismo de volver a considerar seriamente a la astrología, de volver a cuestiones como desconfiar de las vacunas, a la homeopatía, creencias que uno supondría suficientemente sepultadas por el colegio secundario. Parece que nuestro colegio secundario no alcanza a explicar ni siquiera que la Tierra es redonda.

—¿Por qué son más atractivas las creencias que el conocimiento científico?

—Pese a todas las evidencias en contrario la gente las encuentra como un refugio cálido. Lo cursi abriga, decía Borges, y hay algo de abrigo en esta clase de creencias, porque te permiten pensar rápidamente en tu situación personal. La ciencia es impersonal, es ardua, es difícil, se pone a prueba a lo largo del tiempo, sus afirmaciones son microscópicas en cuanto a la verdad, son muy precisas, no alcanzan a los temas laxos que preocupan a la gente en su vida cotidiana. Es como si quedaran fuera de la ciencia cuestiones que tienen que ver con lo humano, la finitud, el dolor, la angustia, y la gente cae en el pensamiento mágico a pesar de que puedan esta rentrenada científicamente. Lo que más me alarma es el avance de las seudociencias en gente educada. Es un pensamiento infantil en el fondo, ¿pero qué se puede hacer? Es una música de época. Y en la medida en que eso va ganando terreno en lo social es más difícil decir algo en contra.

—¿La literatura participa de ese clima de época?

—En parte sí. La literatura siempre tiene un costado de nostalgia de temas del romanticismo. La mirada suspicaz hacia la ciencia que está en Mary Shelley, por ejemplo, se reproduce de manera diferente en cada época.

 

Ballard, un anatomista en la sala de disección

—J. G. Ballard fue un lector de textos científicos y técnicos. ¿Cómo procesa esos materiales en su literatura?

—Sus años como estudiante de medicina le habían dejado a Ballard la actitud de un anatomista en la sala de disección. Las metáforas y los términos científicos lo fascinaban, pero su relación con la ciencia era tan indirecta como la que tenía Borges con la filosofía. Más que las ideas, a ambos les atraían las palabras. Ballard había trabajado en una revista de la industria química y tenía un trato con el científico Christopher Evans, quien le mandaba cajas llenas de informes, prospectos y papers. Ballard se inspiraba allí para crear expresiones seudocientíficas que siempre resultaban convincentes. En su última etapa, su compañera Claire era quien buscaba para él en internet.

—¿La ciencia verosimiliza las ocurrencias de la ficción? ¿O más bien la ficción confirma o más bien de-sestabiliza las evidencias científicas?

—No hay una relación de causa y efecto entre ciencia y ciencia ficción, pero considerando que muchos científicos descubrieron su vocación siendo lectores del género, se diría que hay una interacción. En cuanto a las predicciones acertadas no se explican por ningún don de profecía, sino por la enorme cantidad de textos que produjo la ciencia ficción en sus mejores momentos. Si disparo cien dardos a la vez, hay una gran probabilidad de que alguno dé en el blanco.


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