jueves 01 de diciembre de 2022
CULTURA La ciudad pensada XVIII

Los misterios ocultos de dos edificios icónicos de Retiro

El edificio Estrugamou y el ex edificio Mihanovich son dos joyas arquitectónicas plagadas de secretos y leyendas.

26-10-2021 12:12

Al llegar a Juncal y la esquina en la que Arroyo se encuentra con Esmeralda, nos detiene la imponencia del edificio Estrugamou, y hacia el norte, la torre del ex edificio Mihanovich, el que durante mucho tiempo fue ocupado por el Hotel Sofitel. En el primero, oculto, pero visible desde la calle Juncal, reposa una réplica de una gran estatua de la antigüedad griega; en el otro, su altura es coronada por una imitación de un célebre monumento funerario del mundo antiguo. Dos imitaciones de joyas artísticas de la cultura occidental ocultas en un rincón de Retiro.  

 

Una fortuna sobre el agua  

El agua es fuente de vida, pero también la vía de invasiones, inmigraciones, o comercio. Esto último lo entendió Nicolás Mihanovich (1844-1929), empresario de origen austrohúngaro que llegó a la Argentina hacia 1860. En ese entonces los barcos anclaban a 300 metros de la costa por la poca profundidad de la ribera; y las cargas y tripulación llegaban a tierra a través de embarcaciones ligeras, de poco calado.  

Mihanovich vio la oportunidad de un negocio en el traslado de pasajeros en un corto recorrido. Luego, en 1887, inició un servicio naviero regular entre la ciudad de Buenos Aires y Carmelo y Colonia de Sacramento, en Uruguay.  

En 1914, Mihanovich participó en la edificación del gran edificio Otto Wuff, en el que se alojó una representación diplomática del Imperio austrohúngaro gobernado por Francisco José, que lo nombró cónsul en Argentina primero, y luego barón con derecho sucesorio. Pero el Imperio, de un gran gigantismo burocrático, cayó al fin de la Primera guerra mundial. Y la voluntad de Mihanovich de continuar con la flota naviera también naufragó. La vendió para retirarse de la navegación comercial, pero con el deseo de renovar y expandir su fortuna. Compró entonces un terreno en el llamado Barrio norte, en el “codo aristocrático” de la Calle Arroyo, como lo llamaba Eduardo Mallea, con la intención de construir un gran edificio. Un edificio que brindara alojamiento de jerarquía a familias de la oligarquía que, a pesar de su privilegiada situación, no podían ostentar su palacio propio.  

Contrató entonces a los hermanos Bencich para el emprendimiento inmobiliario, un conjunto de dos edificios de 7 plantas, destinados a la renta de alcurnia. El diseño arquitectónico provino de los famosos arquitectos Héctor Calvo, Arnoldo Jacobs y Rafael Giménez. La construcción se extendió entre 1925 a 1928.  

Hoy, la calle arroyo entre Esmeralda y Suipacha, extiende su elegancia entre la Plazoleta Paul P. Harris, fundador del Rotary International, y brillantes negocios de arte y bares modernos. Y quien camina frente a lo que fue una de las sedes del Hotel Sofitel puede contemplar una de las caras de la torre de ese edificio ecléctico historicista, que se mimetiza con un grandioso monumento de la antigüedad.  

 

Del Mausoleo de Halicarnaso a Buenos Aires   

En sus últimos años, Mihanovich vivió en los pisos más altos del edificio, cerca de la torre con la figura análoga al Mausoleo de Halicarnaso.  

Para encontrar el origen de esta rareza en Buenos Aires, debemos remontarnos al tiempo en el que los persas eran una fuerza imperial. El imperio persa se dividía en satrapías; y uno de sus sátrapas más significativos fue Mausolo, en el siglo IV, en la satrapía de Caria, en el sudoeste de la actual Turquía.  

Mausolo siempre abrigó la intención de una posible rebelión contra el poder central persa. No dio el gran paso, pero acumuló poder y riqueza, y esto se expresó en lo magnificente de su tumba, en la ciudad de Halicarnaso. La obra fue construida entre el 350 al 353 dc. La majestuosa edificación funeraria de cuatro plantas tenía 134 metros de perímetro y 4 de alto, con preciosos relieves escultóricos y una monumentalidad que era propia del arte griego pos clásico helenístico.  

En el devenir del tiempo muchas invasiones se batieron sobre la ciudad del mausoleo. Fue destruida por Alejandro Magno, los árabes y los pueblos bárbaros. Pero la destrucción de la obra monumental solo se produjo, de manera casi total, en la edad media, por un terremoto en el año 1404. Entonces, los caballeros de la Orden de San Juan terminaron el desguace de la obra al usar las rocas de sus ruinas para consolidar fortificaciones defensivas ante otro imperio, el de los turcos otomanos en plena expansión.  

Ya en la antigüedad, el Mausoleo de Halicarnaso provocó admiración; de ahí su ubicación entre las siete maravillas del mundo antiguo, junto al Coloso de Rodas, el Faro de Alejandría, los Jardines colgantes de Babilonia, el templo de Artemisia, la gran estatua de Zeus en Olimpia, y las Pirámides de Egipto, que son la única maravilla antigua en pie, aunque ya no reflejan el sol con el recubrimiento de piedra caliza blanca que otrora cubría sus piedras.  

El legado del Mausoleo de Halicarnaso es también la palabra, ya que “mausoleo” aún hoy refiere a un monumento funerario o sepulcro. La visión ahora de la torre del que fue el Edificio Mihanovich, o también llamado Bencich, no se agota entonces en una simple rareza, sino en una curiosa proyección del mundo antiguo pagano entre los modernos edificios porteños.  

 

El edificio Estrugamou  

Llegamos hasta Juncal 783, estamos frente a una gran puerta de hierro, y entre sus barrotes vemos un amplio patio en el que reposa una llamativa figura, una sorprendente réplica de una gran obra del arte antiguo.  

Alejandro Fernando Estrugamou Larrat era hijo de un vasco francés y terrateniente de Venado Tuerto, que supo enriquecerse con la distribución de leche. Como Mihanovich, Estrugamou tuvo la idea de otra edificación prometedora. En plena energía constructiva europeizante, en 1924, concibió un edificio residencial de alquiler con atractivo francés. Para esto acudió a los arquitectos Eduardo Sauze y Auguste Huguier, que abrevaron en el eclecticismo de la época, y acometieron la obra integrada por cuatro edificios en el estilo academicista francés (también llamado Beaux Arts).  

Los elementos de construcción también provenían de Francia, junto a pisos de roble de Eslavonia. La sólida gracia del edificio se remata con una mansarda de pizarra negra, introducida por el arquitecto francés del siglo XVII Francois Mansart;  y destacan también las molduras y pilastras de capitel clásico. De ahí su denominación de Palacio Estrugamou, que alberga departamentos de 400 m², cada uno con un hogar a chimenea a leña, extendidos en su superficie de 2.200 m². Lujo y comodidades, una araña francesa pendiendo sobre las escaleras, y un patio de acceso de aires también palaciegos. El refinamiento de una edificación caracterizada también por la simetría regia del diseño.         

Y al ver con detenimiento a través de los barrotes de aquella puerta de hierro, en la calle Juncal, que antes mencionábamos, lo que distinguimos dentro de la construcción señorial es una imitación de la Victoria de Samotracia.  

 

La Victoria de Samotracia   

La isla de Samotracia emerge de las azules aguas del mar egeo. Allí, en 1863, una estatua impactante, la Victoria de Samotracia, fue descubierta por un arqueólogo aficionado, el cónsul francés Charles Champoiseau.  

Dos opiniones se disputan sobre el origen del gran descubrimiento. Una dice que, en la isla de Salamina, en la bahía de Eleusis, cerca de Atenas, en 306  a.c se enfrentaron dos generales que se disputaban la herencia de Alejandro Magno. Ptolomeo I y Demetrio combatieron en una importante batalla naval. Demetrio salió vencedor, y como homenaje y recuerdo de la victoria, habría encargado la estatua. Pero la escultura se data hoy en el 190 a.c y bien podría haber nacido del cincel de Pithókritos de Rodas, para homenajear las victorias de otro triunfador: Antíoco III el Grande. El hecho cierto es que, luego de su hallazgo, hoy la escultura reluce en una escalera en el Museo del Louvre, en París, exhibiendo su mármol esculpido de 2,75 de altura, que representa a Nike, la diosa de la Victoria.  

El cuerpo de la Victoria de Samotracia está descabezado, tiene alas desplegadas y se sostiene sobre un navío; sus ropas, que se agitan en el viento, le confieren una vivacidad dramática y atrayente, una impresión de movimiento propia de los recursos de la escultura helenística que también se manifestó con ese dinamismo en la otra célebre escultura de Laocoonte y sus hijos, hoy en el Museo del Vaticano.  

Y a pesar de ser, en un sentido estricto, una obra posclásica, el poeta italiano Filippo Tomasso Marinetti, creador de la vanguardia futurista italiana a comienzos del siglo XX, encontró en la estatua descabezada y alada un ejemplo de su desprecio por el clasicismo. En su célebre Manifiesto Futurista publicado en Le Figaro de Francia, en 1908, expresó que “un automóvil de carreras es más hermoso que la Victoria de Samotracia”.  

En 1927, el pintor Ernesto de la Cárcova, por su parte, compró un calco de la Victoria de Samotracia que se encuentra en el Museo de Calcos y escultura comparada de Buenos Aires, junto a otras réplicas de la Venus de Milo y el David de Miguel Ángel, destinados en principio a la apreciación de estudiantes de arte. Los calcos de esculturas son réplicas a partir de moldes de las esculturas originales en los que se vierte yeso que, luego, al fraguar, entrega una copia de alta similitud a la obra calcada.  

Un calco de la escultura famosa en un museo de Buenos Aires, que convive con la otra réplica oculta en un edificio de Retiro.  

 

Lo desapercibido  

Los arquitectos de dos edificios en Retiro recurrieron a la antigüedad clásica para magnificar sus diseños. Las réplicas del Mausoleo de Halicarnaso y de la Victoria de Samotracia actuaron como estrategia de realce señorial al incorporar el prestigio simbólico del arte antiguo a través de su imitación. Ejemplo del diseño moderno potenciado por lo antiguo.  

Pero hoy, todo ese proceso se reduce a lo decorativo y lo desapercibido. Lo desapercibido, entre la inmensidad urbana, de una imitación de una tumba presuntuosa y de una estatua sin cabeza.   

 

(*) Esteban Ierardo es filósofo, docente, escritor, su último libro La sociedad de la excitación. Del hiperconsumo al arte y la serenidad, Ediciones Continente; creador de canal cultural “Esteban Ierardo Linceo YouTube”. En estos momentos dicta cursos sobre filosofía, arte, cine, anunciados en página de Fundación Centro Psicoanalítico Argentino (www.fcpa.com.ar).