CULTURA
EN BUSCA DEL VERSO PERDIDO II

Marcelo Cohen: un poeta agazapado en sus ficciones

Marcelo Cohen, el escritor y traductor argentino nacido en 1951 y fallecido en 2022, fue, además de un generoso propulsor de la literatura ajena (por lo general los traductores se dedican a propulsar literatura ajena), un no menos generoso y eficaz poeta. De ello dan cuenta dos poemas publicados en el extinto “Diario de Poesía” en el otoño de 1996, que Guillermo Saavedra, en esta segunda entrega, recupera para los desocupados lectores amantes de textos y autores olvidados.

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Cohen. A izq., el escritor argentino Marcelo Cohen. Arriba: el número del Diario de Poesía. | cedoc

Alguno pensará que hay algo de arbitrariedad en incluir, entre la vasta nómina de poetas y poemas olvidados por la crueldad prosaica de estos días, a un escritor que obtuvo su justo reconocimiento en admirables narraciones, ensayos y traducciones.

Lo cierto es que Marcelo Cohen (1951-2022), autor de novelas como Insomnio (1986) y El testamento de Ojaral (1995), de los relatos de El fin de lo mismo (1992), de ensayos como Realmente fantástico (2001) y creador del universo singular del Delta Panorámico, traductor de Shakespeare y Raymond Rousell, de J.G. Ballard y Clarice Lispector, no solo cultivó, como tantos, el verso confesional y adolorido de la adolescencia. También edificó sus ficciones a partir de una vocación poética que, lejos de ser ornamental, contribuye a extrañar el aire de por sí enrarecido de las historias desplegadas, a través de una respiración siempre novedosa, sostenida en ritmos subrepticios, adjetivaciones inesperadas y neologismos felices, que en muchos casos hacen del lenguaje un protagonista más de la narración. No hace falta internarse mucho en las novelas y relatos de Cohen para toparse con momentos en que la poesía irrumpe, no para colorear con retintines de refinamiento lo que se narra sino como un modo de coagular sentidos o instalar al lector en una dimensión emocional de la experiencia, con la economía del atajo o el impulso de clavadista que solo la palabra poética puede ejercer. Véase: “El cielo no parece el cielo sino el techo de una gran caverna. Bajo y quieto, de linde a linde es del color del tungsteno, y de los vaivenes de la niebla obtiene estrías falsas de humedad, manchas de amnesia y de desacierto. El cielo cuelga sobre el mar, lo agobia, lo empaña, no por mala voluntad sino porque la niebla y el aire incandescente, emisarios aturdidos, se han abandonado al peso de una enfermedad mayor” (“La ilusión monarca”).

En todo caso, no hay que olvidar, tampoco, la hospitalidad de Cohen hacia la poesía de los otros. Por un lado, en sus traducciones, cuidadosas y necesarias –su magnífica traslación de los Adagia de Wallace Stevens (Interzona), o sus versiones de Shakespeare (Norma), por ejemplo. Y, por otro, en su generosidad para reseñar o presentar libros de poesía ajenos. Quien esto escribe puede dar testimonio personal y agradecido de esto último.

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Pero además, de manera sesgada a su insoslayable producción narrativa y ensayística y como traductor, Cohen continuó escribiendo esporádicos poemas, de versos largos, engañosamente libres y cargados de las sutilezas rítmicas de un oído finísimo y las especulaciones de una imaginación delicada. De hecho, en el número 37 del Diario de Poesía, publicado en abril de 1996, junto a una entrevista que Cohen mantuvo con Daniel Freidemberg, D.G. Helder y Daniel Samoilovich, se publican dos sustanciosos poemas suyos hasta entonces inéditos: “Ademanes durante los adioses” y “Satélite”.

En esa charla, Cohen comparte reflexiones sobre la poesía que merecen atención: “Cada vez que uno lee un gran poema le tiene menos miedo a la muerte. La poesía es la gran terapia. Porque trata a la muerte como trata a la vida”, dice. Y, más adelante: “La poesía permite ver, suspendiendo la proliferación del pensamiento. (…) El poder emocional de la poesía tiene que ver con que da el mundo en el momento en que el mundo está en peligro, sabiendo que el mundo siempre está en peligro para cada cual”.

En 1970, es decir, veintiséis años antes de esas declaraciones y esos poemas, Marcelo Cohen, diecinueve años cumplidos y una reticente militancia en el Partido Comunista, asiste en el Teatro IFT al taller literario Aníbal Ponce, coordinado por el PC. Algunos de sus compañeros de entonces, que luego continuarían junto a él en el recordado taller de Mario Jorge De Lellis, son: Daniel Freidemberg, Alicia Genovese, Rubén Reches, Irene Gruss, Jorge Aulicino y un intermitente y hoy inverosímil Jorge Asís.

“Marcelo fue la primera persona con la que tomé contacto cuando entré al taller Aníbal Ponce”, me cuenta ahora Freidemberg. “Recuerdo que leí un poema y Marcelo me dijo: ‘Ah, se ve que sos lector de Gelman’. Me alegró muchísimo encontrarme con otro lector de Gelman. Poco después, ya en el taller de De Lellis, compartimos unos cuantos años más. Marcelo en esos años escribía poesía, sí. De hecho, todos lo hacíamos, aunque él en menor medida que el resto, porque ya despuntaba como narrador y estaba por publicar su primer libro de cuentos: “Lo que queda”. Y, aunque casi todos escribíamos seguramente berretadas, ya teníamos en alta estima la calidad literaria de los textos. Marcelo fue, en ese sentido, un gran movilizador. Un día trajo al taller los Cuatro cuartetos de Eliot y, para nosotros, fue una conmoción”.

En 1970, ya se dijo, cuando frecuentaba el taller Aníbal Ponce y aún no se decidía a volcar su calidad poética en la narrativa para moldearla como pocos, Cohen publicó este fresco y luminoso poema, titulado “Manolo”, en el número 5 de la hoy inhallable revista Suburbio, que encontré, como un regalo del azar, poco después de la muerte de Marcelo, en el estudio del psicoanalista y exlibrero Abel Langer, mientras le hacía una entrevista:

Cuenta el sabio según sedice 

[de la calle

que no tenía nacimiento.

A veces, sí, 

se apreciaba de un vientre

[triste,

una madre invernal y

[preguntona,

el hogar, los libros, un 

[hermano. 

Venía de más atrás de las

[cosas

perdido en un camino marrón

con mesas y poemas y 

[lagañas.

Tenía una lágrima en los 

[dientes,

una mentira caprichosa,

la alegre fanfarronería del 

[alegre,

la moneda triste del no puedo.

Una vez casi se muere:

quedó robado entre los 

[muslos 

de una mujer que hacía el 

[amor

como en el agua.

Después 

tuvo vergüenza,

sus piernas caminaron sin 

[mirarse.

Pero no pidió ni un cigarrillo 

[solidario,

aguantó solo toda la lluvia de 

[la noche.

A la mañana ya reía

[nuevamente.

Pensó que estaba vivo 

y se fue a lavar la cara. 

No más pruebas, su señoría. Vaya uno a saber cuántos otros hermosos versos de Marcelo Cohen esperan agazapados en alguna isla secreta del Delta Panorámico.