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CULTURA / Entrevistaa erri de luca
sábado 9 junio, 2018

“Tengo una memoria brillante para las palabras”

Con una historia personal digna de figurar en una novela, el escritor italiano Erri de Luca se ha convertido en uno de los fenómenos literarios de la época debido a su singular manera de mirar. Obrero, alpinista y marino –además de escritor y poeta–, en esta entrevista explica por qué para él el combustible no es la esperanza sino todo lo contrario.

Gabriel Bellomo

Pasión. Fanático del alpinismo, en 2005 participó de una expedición en el Himalaya, experiencia que nutrió su libro En el rastro de Nives. Foto: cedoc

Cómo y por qué el manuscrito de un autor desconocido de cuarenta años llega a manos de quien decide qué es lo que se edita bajo el prestigioso sello “Feltrinelli”.  La anécdota es quizás, tantos años después, irrelevante: una amiga cercana a Erri De Luca (Nápoles, 1950), lo lee y lo presenta. El es aún un obrero, un militante de “Lotta continua”, un humanista de izquierda que sufrió represión y cárcel, un lector incansable. Lector antes que escritor, más que escritor. Su vida da testimonio del desapego hacia su persona. Lo cierto es que a partir de ese equívoco inicial y prodigioso, se sucedieron además de Aquí no, ahora no, entre otros, textos como Tras la huella de Nives, El día antes de la felicidad, El contrario de uno, y poemas ahora reunidos en Solo ida. Sobrevendría luego esa especie de malentendido de reconocimientos, premios, dudosos rescates. Equívocos para quienes crean, y esto no sucede con Erri De Luca, que en esas azarosas recompensas hay algo más que una tormenta de arena que debe ser atravesada rápidamente para que no se extravíen el hombre y el escritor y se malogre la obra en curso.

En la antesala de un espléndido auditorio en el segundo subsuelo de un edificio de cristal en el bajo de Buenos Aires, un sitio cálido de por sí, y por lo soterrado, silencioso, comienzo arbitrariamente esta nota por la pregunta que cerrará la entrevista. Una interpelación que Erri De Luca confirma. Efectivamente, cada día, desde hace años, despierta antes de lo que debiera, desde cuando enfrentaba sus jornadas como obrero –entre otras cosas fue albañil, muratore–, para, restándole tiempo al descanso, aplicarse a la lectura de las escrituras sagradas en el hebreo antiguo que estudió y aprendió por sí, movido por el misterio que entrañan las palabras y antes por su implicancia. La cuestión: “el verbo” de la Biblia. De Luca me mira y se sonríe. Su mirada, la sencillez que no es simpleza, todo en él anticipa la respuesta con una pose serena e íntima que concede a su interlocutor.

—¿Estudiar esa lengua muerta para leer el “Génesis” es atribuir un sentido sagrado a la existencia?

—No. Es una manera que encontré para despertarme todas las mañanas con esas líneas que se leen en forma contraria a cierto orden. La lectura de las sagradas escrituras en hebreo antiguo, me ha servido para darle alegría a ese instante, al levantarme. Para darme alegría en los instantes previos a tener que ir al trabajo. Todas las mañanas me levanto una hora antes. Lo que valoro de esto, es el alcance de la palabra. La palabra como creadora de los actos del hombre. El texto bíblico dice continuamente: “Y dijo”. Y éste “Y dijo” (Dios), produce algo, suscita algo. Nosotros, los hombres, hacemos con las palabras algo más bajo: sugerimos. Tenemos el ejemplo del teatro, en el que cuando se habla del desierto, esto provoca en el espectador que vea el desierto, pero no crea desierto”.

—Se ha manifestado como un hombre que no se interesa tanto por sí mismo como por el mundo, el afuera. Ese intento de conocimiento del afuera ¿es una forma de indagación literaria?

—Mi experiencia personal es una experiencia física. No tengo ideas abstractas. Todo lo que vivo, lo vivo a través del cuerpo. Cuento historias que pasan a través de mis sentidos. Soy un ciudadano que se ocupa de lo que sucede, en el tiempo en el que está viviendo. Soy escritor y soy ciudadano. Me sirvo del hecho de que soy escritor, para poder sostener mejor la batalla pública del ciudadano. Dar mi nombre al escritor, para ampliar y hacer irradiar esa batalla.

—En un mundo atravesado por la explotación y la de-sigualdad ¿qué lugar ocupa el arte, en su caso la literatura?

—La literatura se ocupa de acompañar a los lectores. Como lector, yo uso libros para salvar mi tiempo. Cuando era obrero, usaba libros para salvar el tiempo de viaje, para llegar a mi lugar de trabajo. Actualmente, el libro, la finalidad del libro, es justamente acompañar a los lectores. Hay circunstancias actuales, particulares, en las que la palabra está prohibida, censurada, y entonces estos libros que se lee prestan un servicio de resistencia contra la opresión. Por ejemplo en una persona encarcelada. Hay dos momentos únicos donde esa persona se siente libre: una es cuando duerme, la otra es cuando lee.

—¿El hombre puede sobreponerse a la idea de que algo de él perdurará?

—Nuestro cuerpo está hecho de agua. Es una fórmula como la del gas. Una fórmula química que se compone de oxígeno e hidrógeno. Esta fórmula produce un líquido que considero “milagroso”. Pero si se juntan ambos componentes, explotan. Mas no en el agua. Yo designo a esto como un tratado de paz. Está claro que de los dos elementos, el hidrógeno es el más difundido, nos emparenta con el Universo. En las noches de verano, cuando uno tiene este sentimiento de formar parte de algo mayor, de pertenencia al infinito, ese sentimiento religioso proviene de nuestra fórmula química hecha de oxígeno e hidrógeno. Hay entonces un vínculo con la totalidad. Ese sentimiento religioso une la finitud del hombre, con la inmensidad.

—En reiteradas ocasiones habló de la “tecnología de la destrucción” del siglo 20, que se transfundió al 21, ¿seguiremos subordinados a ella?

—Creo que hay en común entre el siglo 20 y el 21 un gran movimiento de masas humanas. Esto sucede a partir del siglo 20, que es el primer siglo de las grandes migraciones y de las destrucciones que pertenecen a un cambio profundo en los objetivos de la guerra. A partir del 1900 se destruyeron más vidas de civiles que de soldados. Y esta metodología inaugura e introduce el derecho al exterminio de civiles. El bombardeo aéreo es el mayor acto de terrorismo que existe, ya que a los ciudadanos los toma por sorpresa, los mata en sus propias casas, inadvertidos. El siglo 20 introduce la guerra criminal, la licencia para destruir vidas, más aún que la tecnología. El inicio, para mí, de la guerra moderna, es el bombardeo a Guernica durante la Guerra Civil española. Esto porque el bombardeo fue hecho en un país que no tenía importancia estratégica y fue ejecutado en plena tarde, lo que hizo sencillo exterminar a civiles. Este bombardeo no tuvo fines militares. Soy de Nápoles, la ciudad más bombardeada en toda Italia. Soy heredero de las historias que me transmitieron las mujeres sobre esa época.

Cito Tras las huellas de Nives. En ese libro, De Luca refiere las extendidas conversaciones mantenidas con la alpinista Nives Meroi (Bérgamo, 1961). De ella, dice en su libro: “Tiene por garras los grampones bajo las botas de alta montaña, lleva en la mano el piolet para morder las pendientes heladas, las decenas de grados bajo cero. Es una tigresa de alta montaña: Nives Meroi…”. Quiero saber qué quedó en él de esas trepadas compartidas con Meroi, qué significa el viento en la alta montaña. “Lo que quedó es una gran amistad con ella y con su pareja también –responde–, que renovamos en la montaña. Quedó una traza, como si fuera un acta. Sucede no tanto por dormir en la montaña, sino por la aclimatación a ella, por velar durante las noches a causa del viento, que es como una presencia constante”. Se hace un silencio. “Para el alpinista –prosigue–, el viento es como si fuera una persona, una presencia física también, y esto bloquea para dormir y, a veces, se pasan las horas de la noche sosteniendo los retenes de la carpa para que no se vuele, y esto da lugar a la charla. Y no tomé apuntes sobre estas conversaciones, puesto que tengo una memoria brillante para las palabras. Se me pueden olvidar las caras, pero no las palabras”.

—Mencionó el agua, el viento. Apelo ahora al fuego. En ese bello poema que es “Mamm’Emilia, usted promete quemar su cuerpo, no dárselo a la tierra. ¿Esa es también su voluntad, que su cuerpo sea dado al fuego?

—Lo que le suceda a mi cuerpo no me importa para nada. No me importó nunca y ahora tampoco. Es como el agua marina cuando llega a las escolleras. El agua evapora, después queda la sal. ¿Pero qué es de esa sal? Tengo una imagen: cuando la vida se acaba, es como cuando el agua se evapora. Cuando termina la vida, el cuerpo se convierte en sal.

Pregunto si en un mundo en el que las corporaciones, y sus mandatarios, someten hasta la muerte al hombre, cabe aún la esperanza. Antes de responder se mira, largamente, las manos: “La idea más fuerte para mí no es la de la esperanza, sino la de la desesperación. Soy practicante de las tres palabras de la Revolución Francesa: libertad, igualdad, fraternidad. Mi proyecto, mi plan, mi modo de evaluar el mundo, es en base a esos tres principios. Puede que haya leyes que sean legales, pero son injustas. Entonces hay que oponerse a ellas. No me gusta la palabra esperanza. Tengo experiencia a bordo de barcos de Médicos Sin Fronteras destinados a socorrer a migrantes náufragos. Vi botes repletos de gente a la deriva. Cuando veían el barco, era eso lo que las ponía en peligro. Les daba pánico. El momento más delicado para ellos, era cuando veían el barco. En su interior el agua iba subiendo y esas personas habían pasado allí días. Sin embargo estaban calmas. Y estaban calmas porque lo que las unía no era la esperanza, sino la desesperación”.


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