viernes 21 de enero de 2022
CULTURA delta del tigre
28-11-2021 02:40
28-11-2021 02:40

Territorio mítico

Personaje más que paisaje, la presencia del tigre en la literatura argentina es una constante que se resuelve en obras que son a la vez islas interconectadas por el uso y los artificios del lenguaje. Con una sólida presencia narrativa pero también poética, se trata de una singularidad que late como un animal nocturno, para ser contemplado en la distancia.

28-11-2021 02:40

Desde Sarmiento hasta Haroldo Conti, desde Leopoldo Lugones hasta César Aira, la literatura argentina encuentra en el Delta del río Paraná el territorio donde establecer una de sus tradiciones más importantes. En el curso de esa producción sedimenta el imaginario de un mundo en el que sería posible otra vida, más libre y menos alienada, pero también la conciencia creciente sobre un paraíso definitivamente perdido ante el desarrollo inmobiliario y la contaminación del ambiente. Los escritores ven en el río y las islas un paisaje cambiante y contradictorio: un refugio, una escapatoria, el emplazamiento de un centro clandestino durante la dictadura, un sitio que posibilita una nueva existencia, un lugar donde morir.

Si los primeros textos pueden remontarse por lo menos a los registros del explorador y naturalista español Félix de Azara (1742-1821), la tradición sobre el Delta surge como una construcción actual por parte de escritores que encuentran en el ambiente una cifra de sus preocupaciones y a partir de ese punto se preocupan por seguir los recorridos de sus antecesores. Más que un escenario o una historia de color lo que surge es “un conjunto de interrogantes, una búsqueda, un problema”, como afirmaron los editores de la revista Carapachay o la guerrilla del junco (2016-2021), íntegramente dedicada a la cuestión.

La presencia del Delta es notoria en la narrativa actual a través de obras de Claudia Aboaf, Carlos María Domínguez –su novela Tres muescas en mi carabina (2002) fue una de las primeras y más intensas reinscripciones del legado de Conti–, Juan Bautista Duizeide y Débora Mundani, entre otros autores. También puede seguirse en la poesía de Diana Bellessi, Javier Cófreces –editor, además, de una Biblioteca Isleña–, Alberto Muñoz, Marisa Negri y Fedra Spinelli. Dos libros recientes se inscriben en ese horizonte: El ladrido del tigre, novela de Osvaldo Baigorria, y Arroyo, relatos de Susana Pampín en torno a recorridos, lecturas y relaciones tramadas en la zona.

El llamado de la isla. Escritor de la llanura pampeana, extranjero entonces en el medio fluvial, Hernán Ronsino pudo sentir sin embargo el llamado de la isla como uno de los editores de Carapachay junto con Sebastián Russo y Luciano Guiñazú, y encontrar en esa aproximación criterios de edición en correspondencia con el paisaje. “La idea de deriva, por un lado, podía reflejar de un modo más potente esa geografía de desplazamientos y de mutaciones y, por otro, la idea de sedimentación, esa lógica de reposo y acumulación que también es propia de esa geografía es necesaria para que surja cierta forma de pensamiento y de escritura”, afirma el autor de Glaxo.

Carapachay “era el nombre con que Sarmiento llamaba al delta, y el delta en su imaginario era mucho más que una trama, era una construcción, una construcción del carapachayo y de las aguas, del hombre y de la naturaleza, laboriosidad y sedimentación”, destacaron los editores de la revista en el editorial del número 1. El Delta es así la imagen de un trabajo en el tiempo, elaborado “por acumulación, por decantación y por superposición”.

“En el comienzo, desde el nombre mismo, nos estaba convocando Sarmiento”, agrega Ronsino en alusión a los artículos publicados por el autor de Facundo entre 1855 y 1883 y recopilados por primera vez en 1913 con el título El Carapachay. La referencia se reitera productivamente en otros textos: En El rey del agua (2016), segunda novela de una trilogía sobre el Delta, Claudia Aboaf cita la utopía sarmientina de la isla Martín García como capital de una confederación de Estados sudamericanos y Osvaldo Baigorria encuentra en la misma fuente el testimonio sobre el “bramido del tigre” que invoca en su reciente novela.

En El río (2016), al relatar el viaje que emprende un hombre para cumplir el último deseo de su madre, Débora Mundani vuelve también sobre otras representaciones del ambiente. “La intención fue recuperar la tradición de Conti, Enrique Wernicke, Horacio Quiroga, Alfredo Varela –dice la autora–. Las decisiones formales estaban muy pegadas a ese deseo, aunque no mantuve una sola línea narrativa; quizás esa diferencia dé cuenta de nuevos modos de contar este espacio. Y no es casual que la enumeración de autores sea exclusivamente de hombres. En ese sentido, hoy existe una literatura de río contada por mujeres que aportan una mirada singular de un mismo territorio”.

Mundani se distancia de la exaltación ingenua del ambiente: “Es cierto que el río como territorio invita a una experiencia, tanto sensorial como intelectual, diferente al espacio urbano, donde prevalecen la contemplación y la lentitud –dice–. Sin embargo, hoy el propio Delta está atravesando grandes cambios, como resultado del turismo, la quema de pastizales, la construcción de nuevos barrios cerrados y el impacto que todo esto provoca en el medio ambiente”. En esa línea acaba de terminar una novela juvenil en la que tematiza el impacto inmobiliario en la zona, “esos nuevos barrios que, con la excusa de ofrecer a sus residentes la promesa de estar más cerca de la naturaleza, destruyen el medio ambiente y el patrimonio cultural de los pueblos originarios”.

En El ladrido del tigre, Osvaldo Baigorria extrema esa mirada para descubrir “una isla contaminada de imaginarios exaltados por una naturaleza cambiante y hostil”. Ese paraíso que muchos pensaron, dice el narrador, es una leyenda urbana creada con fines de promoción turística, una frase para ingenuos que encubre una realidad hostil, incluso “un poder sombrío” que emerge en la ficción a través de una serie de muertes y desapariciones misteriosas.

La apariencia engañosa del ambiente se traslada a los personajes de El ladrido del tigre: un falso veterinario –que encubre a un probable asesino en serie–, un falso policía y un falso microbiólogo se recortan sobre una galería de personajes definidos por lo que ocultan y no por lo que muestran. Mientras las muertes y las desapariciones parecen desdibujarse entre los rumores, las habladurías y las versiones contradictorias de los vecinos, la verdad parece surgir del sueño y del delirio, y de un grupo de mujeres con aspiraciones de justicia de género.

La idea de las fuerzas ocultas detrás del paisaje de ensueño se encuentra ya en las crónicas que Baigorria reunió en Estrés de pez (2019): “Un poder misterioso como el fondo del agua, que jamás termina de mostrarse –escribió–. A veces pienso que habría que aprender a respetar ese misterio. Como una especie en peligro de extinción. Como una zona salvaje que está ahí solo para ser contemplada a la distancia”.

Invitación a la locura. El Delta tiene su poeta: Carlos Enrique Urquía (1921-2003) le dedicó cuatro libros que integran su obra La Islíada (2015). Tiene también su antología de poesía propia, como la recopila Marisa Negri en el blog Pájaro de Mimbre. Y hasta detenta su propia colección: la Biblioteca Isleña de Ediciones en Danza, rescate y actualización de títulos inhallables como Aguafuertes deltianas, de Roberto Arlt, y Apuntes isleños, de M. Santiago Albarracín (1860).

Coautor con Alberto Muñoz de Tigre, una enciclopedia del Delta, y codirector de En Danza, Javier Cófreces prepara otros dos títulos para la Biblioteca Isleña: Invención del Delta e Isla Martín García, selecciones de los libros de Sarmiento El Carapachay y Argirópolis (1850). Otra vuelta de tuerca para la tradición literaria del río y las islas.

En la casa donde se hospeda, en el arroyo Antequera, Susana Pampín encuentra un ejemplar de El tempe argentino, de Marcos Sastre (publicado por primera vez en 1858). La escritura se presenta al modo de un diario, y el registro es una forma gradual de compenetración con el paisaje que exige un nuevo punto de vista. “Tengo que aprender a nombrar todo de nuevo: hoja, río, yo”, apunta la narradora de Arroyo.

“El Delta siempre ha sido para mí un lugar de sosiego, de introspección –dice por su parte José María Brindisi–. Sin embargo, nunca ha sido un lugar de escritura, sino de germinación: esos quiebres interiores que se producen en viajes más largos, más lejanos, a mí me han sucedido repetidas veces en Tigre, como si el espacio me cuestionara y me dejara a solas conmigo mismo”. Ese proceso se proyecta en Placebo (2010), la novela que situó en las islas.

El ambiente que debía ser un lugar reparador resulta en Placebo el escenario de un derrumbe. “El Delta, en particular las zonas en las que todavía puede experimentarse una suerte de aislamiento o soledad, es decir un puente para entablar un diálogo profundo con uno mismo pero también para invitar a la locura, era un espacio ideal para la novela –cuenta Brindisi–. Y luego, en la relación con los otros, lo era también para la posibilidad del crimen: un espacio amenazante, inabarcable, en el que todos podemos volvernos fácilmente invisibles, al margen de los recientes nichos turísticos”.

La escapada puede derivar en un extravío y el descanso convertirse en una pesadilla, como le ocurre a Jano, el protagonista de Los catorce cuadernos, de Juan Sklar (2014). El espejismo del Delta como un lugar de desconexión vuelve a erigirse ante la protagonista de Playa de barro (2020), de Silvia López, una mujer que afronta una separación amorosa, la desaparición de un hijo y la muerte reciente de su madre.

Alicia Plante dice que no había otro lugar más apropiado para la intriga policial de Una mancha más (2011): “La atmósfera bucólica, romántica y silvestre del Delta es un escenario privilegiado para desarrollar en él un relato noir signado por la violencia y la muerte, el Mal surgiendo como un hijo maldito de las mismas entrañas del Bien, lo horrible como una consecuencia inevitable de lo bello. ¿Ley de las compensaciones?, ¿la búsqueda autónoma por parte de la realidad de un equilibrio ético, estético de las cosas? No lo sé, a veces la lógica de la intuición nos rige más y quizá mejor que la del conocimiento”.

Una mancha más se trama sobre el trasfondo de las apropiaciones de niños durante la última dictadura y el centro clandestino que los marinos de la Escuela de Mecánica de la Armada montaron en 1979 en la quinta El Silencio. “A pesar de todo –afirma Plante–, haber sido también escenario de las monstruosas actividades represivas de la dictadura no destruyó el aura de tierna y a la vez suntuosa hermosura natural del Delta. La capacidad reparatoria de la belleza operó en las islas igual que en los demás ámbitos del país que fueron testigos del psicótico sadismo de los genocidas, y el paisaje, su majestad, lo sobrevive”.

Pero la naturaleza puede ser óptima a los fines de la tragedia, como lo demostró Leopoldo Lugones. El suicidio del escritor en el recreo El Tropezón es una marca imborrable en las memorias del Delta y un tema de ficciones, ensayos e indagaciones biográficas cuya más reciente expresión es el Lugones (2020) de César Aira.

Escribir, navegar. “La particularidad que nos ofrece la literatura es poder construir escenarios, personajes y tramas que rompan con lo previsible”, dice Débora Mundani. Las representaciones del ambiente isleño son un interrogante antes que una retórica cristalizada. Y también una necesidad: “No puedo dejar de escribir en torno al agua y desde el agua. Navegar como quien lee, escribir como quien deriva. Así intento enhebrar ahora río, mar, experiencia”, escribió Juan Bautista Duizeide en un cruce epistolar con Carlos María Domínguez, publicado por la revista Carapachay.

Para Hernán Ronsino, el procedimiento puede encontrarse en el vaivén entre la deriva y la sedimentación: “Esas dos ideas, como boyas que relumbran, me convocaban y me convocan no solo para el proyecto puntual de Carapachay sino como un motor posible para imaginar la propia escritura”, afirma.

“El río es espléndido y el hombre se siente misteriosamente atraído por él. Esto es todo lo que se puede decir”, escribió Haroldo Conti en un pasaje de Sudeste (1962). Una lección de austeridad. “Quizás el desafío ahora para quienes tenemos puesta la mirada en este territorio sea encontrar nuevas formas de contarlo, manteniendo el diálogo con la tradición de la literatura del río y la ribera”, dice Mundani. El agua fluye, las historias quedan.

 

“El río ya no es un lugar para escapar”

O. A.

—¿Cómo interviene un trabajo de escritura en la representación convencional del Delta como paraíso donde se conserva la naturaleza?

MUNDANI: Hace poco tiempo hubo una bajante inédita del río Paraná y eso afectó a todas las zonas vinculadas a su cuenca. Esta realidad nos obliga a pensar que la idea misma de paraíso es una trampa, creer que el Edén está fuera de nuestra cotidianeidad. Es curioso, nosotros creamos el infierno pero vivimos pensando en lugares a donde escapar. ¿Por qué no hacer de nuestro espacio un territorio habitable? La tradición de la literatura del río nos ofrecía la oportunidad de meternos en la vida de las personas que vivían en aquel territorio. Esto podemos verlo en nuestra tradición local y también en el gótico sureño, el Mississippi de Faulkner, por ejemplo. ¿Cuál era el paraíso en esas obras? Ninguno. Esta idea de un lugar de escape es propia de la mirada ajena, de quien desconoce el lugar y proyecta en él fantasías de huida. El problema es que hoy el río ya no es un lugar hacia donde escapar.

—“El río como devenir y la escritura como ancla, tal vez”, anotaste en un intercambio de cartas con Claudia Aboaf. ¿Qué permite apresar la literatura?

M: Pienso en la literatura como una huella, un índice que, en algún momento, cercano o lejano al tiempo de escritura, puede decirnos algo de una comunidad. Así como las pinturas rupestres nos cuentan la vida de hace de miles de años atrás, las historias escritas son botellas lanzadas al mar de la lectura. Pero no lo pienso solo en la instancia de recepción de esas obras, esa huella para quien escribe implica la tarea de pensarse, de mirar alrededor, de decodificar formas, costumbres. Imaginar otros mundos posibles también es una forma de dejar un rastro en el camino.

 

La belleza es frágil

Alicia Plante

El Delta, el río y sus lentos atardeceres, la sensación del cuerpo aflojándose mientras llegamos, la hamaca y el golpe del agua contra la lancha, los amarres, las voces, el río que nos reconoce, parecería. Y ese olor inconfundible al cieno de abajo, nuestra alegría de sabernos parte de todo eso, de la vegetación descontrolada, feliz que nos rodea… Los amaneceres en la isla estallan en un asombro de pájaros, la vida posible en ese ambiente tan distinto de lo que ofrece y genera la ciudad… Se podría decir la cultura de las islas, su gente, son un espacio que quiero compartir como si fuera un poco mío pero tampoco, que no tanto, que vengan con cuidado, con humildad, que la belleza es frágil. Y por eso lo elegí para mi novela Una mancha más. Hacerlo no me impuso nada que no me alegrara ni me desvió de intenciones previstas para los personajes, todos ellos posibles por otra parte, o para las decisiones y la manera de relacionarse y conectarse unos con otros. Bien y por momentos tan mal.

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