CULTURA
Crítica

Tiempos difíciles 23-08-2026

Esta época invita el desencanto, y eso se refleja en la producción literaria de los autores más jóvenes. La idea de “juventud” ha caído en un laberinto de difícil resolución, y ya no representa una panacea, todo lo contrario: ser joven hoy acarrea graves conflictos, materiales y espirituales. El futuro está jaqueado de pronósticos agoreros y la vida ya no se parece a una canción de Los Beatles: no hay expectativas ni esperanza.

En su libro Llegué cansada a la felicidad, Patricia González López habla profusamente de ese desasosiego que es una nota predominante en los tiempos modernos. La precariedad laboral, la injusticia social, la violencia constante de una sociedad sin rumbo, aparecen como tópicos de la poesía de González López.

Casi no quedan resquicios donde refugiarse, el avance de políticas disgregadoras parece inundarlo todo. En el poema “No puede repararse” recurre a una metáfora marina para referirse al desgaste de una humanidad que ha incrementado sus crisis sociales: “Somos la veda de la pesca/para crecer y conservarnos:/ la recuperación es lenta/ como el agotamiento de la especie,/ la entereza no puede repararse”.

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La palabra “felicidad” que reluce en el título es una amarga ironía: no son años felices. La felicidad pasó a ser un deseo inalcanzable, casi una utopía en un paisaje neblinoso, donde cuesta vislumbrar un futuro, aun así se invoca un coraje como forma de sobrevivencia: “Si seguimos tristes,/ los dueños/van a seguir ganando./ Seamos malos pobres/ Resistir/ es romper el destino”; resuena Arturo Jauretche en estos versos por esa filosofía de la acción popular para torcer el rumbo de la historia.

La infancia es representada como un karma, lejos de versiones idílicas: “Hijos son los que se quieren parir,/ el resto son rehenes”, dicen en el poema “Rehenes” como un anatema familiar, buscando en la raíces el origen de una anomalía. En la revisión, un resquemor estalla, se vuelve al dolor de una herida temprana: “Mi cuerpo tenía los años de una mano,/ la culpa y el defecto de un adulto/ y un signo de interrogación/ que se frotaba de casa en casa.” (“Infancia entre signos de pregunta”)

En la sección “Territorio virgen”, González López se adentra en los vericuetos de la intimidad amorosa, otra vez sin concesiones, sin romantizaciones: habla de sentimientos pero siempre manteniendo una distancia, sintiendo que el idilio perfecto es solo una ilusión, lo que queda son destellos, miniaturas del sentimiento, momentos ingrávidos donde acecha cierta inquietud: “Respondiste que un poema triste/ al menos podía ser bello,/ entonces,/ igual de tristes, a punto de rendirnos, nos evitamos la carencia de charla/ para rescatar una de aquellas noches/ donde el abrazo es una chance pequeña” (“Una chance pequeña”).

Patricia González López también reserva un espacio para reflexionar sobre el oficio. “Ni muy lírica, ni tan del yo, algo ideologizada,/ un poco pobre, casi feminista, demasiado combativa, nueva acomodada/ la buena novia del buen amor, pero no menos poeta”.

Llegué cansada a la felicidad

Autora: Patricia González López

Género: poesía

Otras obras de la autora: Doliente; Otro caso de inseguridad; La traición

Editorial: Concreto, $ 20.000