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CULTURA /
domingo 15 diciembre, 2019

Trotsky, birra, faso

Los trotskistas persiguen a las trotskistas, se reúnen para discutir la línea revolucionaria, transitan bares y fiestas...

por Quintín

default Foto: Cedoc
domingo 15 diciembre, 2019

A veces uno se sorprende con un libro. Es lo que me pasó con la novela Apparatchikis de Mario Castells, publicada por la editorial cordobesa Caballo Negro en 2017. Hace poco me había sorprendido otro libro de Castells, El mosto y la queresa, que ganó el premio a la mejor nouvelle de la Editorial Municipal de Rosario en 2012. El mosto, casi bilingüe (castellano-guaraní), es una épica picaresca que transcurre en el Paraguay rural de los 80, un ambiente y una lengua muy poco frecuentados por la literatura argentina. Pero Castells es un escritor argentino. Quiero decir que no solo nació en Rosario, sino que es un escritor: tiene una gran inventiva, un don para reproducir o inventar lenguas y la vocación por internar su prosa en mundos inusuales.

Apparatchikis transcurre en un territorio alejado del de El mosto y la queresa. Acá se habla menos guaraní que en ciertas formas modernas de lunfardo porteño y provinciano. Es una historia de lúmpenes y de trotskistas, podría decirse que de trotskistas lúmpenes. El protagonista, Darío Castelví, álter ego del autor, es un paraguayo criado en Rosario y llegado a Buenos Aires por indicación del Partido, en el que se desempeña como cuadro rentado. Su misión es colaborar con la célula de la agrupación en Filosofía y Letras, rodeado de estudiantes, de marginales y de pesados, un micromundo en estrecho contacto con otros, como las roscas académicas y el gobierno tripartito de la facultad. Lo novedoso del libro, al menos para alguien que pisó por última vez Filo cuando quedaba en la avenida Independencia, es el descarnado relato de la vida cotidiana de los militantes. Los trotskistas, como es de esperar, persiguen a las trotskistas (y viceversa), a veces las alcanzan, pegan carteles, se reúnen interminablemente para discutir la línea revolucionaria, transitan bares y fiestas, conspiran contra otros trotskistas y consumen ingentes cantidades de cocaína. Uno de los momentos centrales de la novela es la excursión de Darío y Virgina (su esquiva enamorada) para comprar droga en la villa Bonorino con vistas a una reunión íntima en un local partidario.

Darío está harto de los burócratas, de sus manipulaciones, de sus monsergas, de su grisura y la novela es, entre otras cosas, un ajuste de cuentas contra quienes el lector presume que fueron los dirigentes del Partido y lo siguen siendo. Apparatchikis es una novela costumbrista sobre ciertos códigos, ciertos lugares, ciertas formas de vida de la Argentina contemporánea, lo que no es original (tal vez podría describirse como Marx + Cucurto), pero lo que sorprende de ella es su lirismo, una apasionada reivindicación de esa vida entre la mugre (no recuerdo una escena que no transcurra en un lugar que no esté sucio), el alcohol y drogas, pero también una vida de militancia sufrida y obediente, a pesar de que, como confiesa Castells, “ahí estábamos los compañeros, cansados de nuestras rutinas de apparatchikis, al borde del cinismo algunos, y los más, a orillas de la desilusión”. A pesar de todo, Castells se las arregla para sugerir que la causa de la Revolución no está perdida, que está viva y que esos peones de la batalla internacional por el comunismo en la Tierra merecen ser recordados con sus defectos y su inexplicable abnegación. Es difícil entenderlo desde afuera, pero ahí está.


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