sábado 13 de agosto de 2022
CULTURA Héctor A. Murena (1923-1975)

Un grano olvidado que sigue picando

Murena, segñun Álvaro Abós, autor de esta nota, se eleva como enigma en el horizonte lirterario argentino en tanto que, sin ser admitido por ningún canon oficial u extraoficial, sigue concitando el interés de lectores e intérpretes.

02-07-2022 23:55

Llamo enigma al hecho de que Héctor Álvarez Murena, un escritor argentino nacido hace noventa y nueve años (1923) y muerto hace cuarenta y siete, aun no siendo admitido por ningún canon oficial u extraoficial, sigue concitando el interés de lectores e intérpretes.

¿Qué tenía ese hombre, mezcla de compadrito de barrio, eremita medieval, profeta o maldito, para provocar sucesivas recuperaciones? Es cierto que ellas son espaciadas. Guillermo Piro, en el prólogo de Visiones de Babel, una antología con más de quinientas páginas de prosa y verso, anunció ya en 2002 que una editorial española iba a rescatar Los penúltimos días, el dietario que Murena incluyó en varios números de la revista Sur de 1949 y 1950. Pero hubo que esperar diez años para que se concretara ese anuncio –importante porque Los penúltimos días, a pesar de que es prosa juvenil, muestra a Murena con todo su potencia y brillo. Recién en 2012 lo editó la valenciana Pre-Textos, cuyos libros son de difícil distribución en la Argentina. Lo mismo sucede con su poesía completa, editada por el mismo sello en 2021 con el título Una corteza de paraíso. Otros libros de Murena siguen ausentes. Por lo tanto, leer a Murena, interrogarse sobre él, conserva algo de azaroso, de clandestino, a tono con la interminable crisis argentina.

AQUI SURGE ALGO

Una aproximación biográfica a H. A. Murena es difícil porque jamás escribió sobre su vida personal. Se sabe que era hijo de un inmigrante gallego, que pasó su infancia en el barrio de Constitución, que de los 15 a los 18 años cursó en el Colegio Militar (“por lo menos aprendí a amar los caballos”,dijo de esa experiencia), luego en las Facultades de Ingeniería y en Filosofía y Letras, sin recibirse. Se acercó a la revista Sur, en la que trabajaría muchos años: Victoria Ocampo detectó inmediatamente las dotes literarias del joven Murena.

Los inicios de Murena coinciden con el primer peronismo. “El coronel de caballería”, un cuento incluido en su libro El centro del infierno (1956), es un retrato inmisericorde de Perón, uno de los textos básicos del antiperonismo literario, junto a “Casa tomada” de Cortázar, “Un solo cuerpo mudo” de David Viñas, o “La fiesta del monstruo” de H. Bustos Domecq. 

Murena se casó con Alicia Justo Moreau, nacida en 1927, hija de Juan B. Justo y Alicia Moreau. Los biógrafos de esta última, legendaria dirigente socialista que murió a sus cien años, presentan a Alicia –que fue abogada, luego empresaria agrícola, católica y peronista– como mujer de fuerte carácter. Su segunda pareja fue la escritora Sara Gallardo.

Bajo el título Los penúltimos días, la revista Sur publicaba una sección de temática variada, una suerte de diario público, que no se privaba de incursionar en temáticas políticas. Así por ejemplo, incluyó un retrato de Hipólito Yrigoyen y un análisis del fracaso socialista en la conducción de la clase obrera argentina, cosa que sí había conseguido el peronismo. La sección de Murena recogió refutaciones y alguna indignación de corresponsales varios. En algún momento, la fascinación que Victoria sentía por Murena se reorientó: éste pasó a dirigir la editorial mientras la revista quedó en manos de Victoria secundada por José Bianco. La reciente publicación por Eudeba de la correspondencia de Bianco reveló algunos entretelones del triángulo Murena-Victoria-Bianco. Éste último, además de tener un trato diario con Victoria, le escribía cartas a su directora, en las que “chimentaba” sobre personas y hechos de la vida menuda en la revista y la editorial. Sobre Murena, un día de 1959, le cuenta a su jefa que “[Héctor] a mí no me ve ni me habla… Debe de estar resentido conmigo porque se dio cuenta que a mí no me gustó su novela y que su artículo sobre los homosexuales me pareció infame”.

MURENA, EL INCONFORMISTA

El inconformismo es la marca de fábrica de Murena, que no termina de entenderse con unos u otros. En relación con Victoria Ocampo, comparte un antiperonismo primario pero algunas de sus puntualizaciones no se privan de mostrar la incongruencia del establishment que tras el golpe de estado de 1955 avala las proscripciones y calla ante la flagrante violencia militar. En 1953 Murena funda la revista Las ciento y una, en la que colaboran David Viñas, León Rozitchner, Juan José Sebreli, Noé Jitrik y otros escritores –casi todos más jóvenes que Murena, quien para entonces ya había publicado varios libros. Se reunían en la Facultad de Filosofía y Letras, y sobre todo en bares aledaños. Más tarde se los bautizaría como “parricidas”: querían criticar –o demoler– los nombres consagrados de la literatura argentina. La revista solo duró un número. Viñas tuvo un altercado violento con Murena. Con su hermano Ismael Viñas, fundó otra revista, Contorno, que atacó a Murena con saña. Mucho se ha escrito ya sobre esta guerrilla intelectual. Tiempo después, Rodolfo Walsh califico a Murena como “profesional de la angustia y empresario del apocalipsis”. Cuando, ya en los 60 Murena se abocó a búsquedas esotéricas y a estudios sobre religiones, que culminarían en los diálogos radiales con D. J, Vogelmann recogidos póstumamente en el libro El secreto claro, la marea contra Murena creció. “El auge de Murena –relató Sebreli– fue tan fulminante como breve. Primero se perdió por extraños caminos –el budismo zen, el ocultismo, la filosofía irracionalista– por donde ya no teníamos convicción para acompañarlo”.

¿Cuáles fueron los alcances reales del distanciamiento entre Murena y David Viñas, más allá del anecdotario pugilístico? Me llama la atención que Viñas, en 1963 cierre su novela Dar la cara con esta frase: “[Buenos Aires] no era el centro del mundo. El cielo estaba negro, sí pero esos enormes manchones de luz lo iluminaban a trechos. No era el centro del mundo, sino una ciudad inmensa y oscura. Y al final de la calle, detrás de esos edificios negros, flotaban unos resplandores. Buenos Aires bajo la noche era un vivac…”. Por su parte, Murena en su crucial ensayo “El nombre secreto”, de 1967, insiste en la idea de que la Argentina es un campamento. 

Vivac, campamento… Murena dice que todo comenzó ya en 1492: “Lo que se fundó en América fue el Campamento. Y el Campamento no necesita nombre secreto porque es precario: destinado a la extracción de riqueza, alberga gente de paso”. El concepto de campamento es opuesto a la comunidad, exclusión que para Murena explica la frustración argentina: “El Campamento nunca es hecho para durar y por consiguiente excluye la idea misma de Historia”.

Murena dirigió una colección de ensayistas alemanes en la editorial Sur, en la cual incluyó a Jürgen Habermas, Teodor W. Adorno y Walter Banjamin. De éste publicó los Ensayos escogidos (1967), traducidos por el propio Murena. En España se reeditó esa traducción bajo el título de Angelus Novus. Fernando Savater celebró el carácter pionero que tuvo ese libro por el cual los españoles descubrieron al autor que se mató en la frontera francoespañola. Varios escritores argentinos, años después, leyeron y escribieron mucho sobre Benjamin, pero pocos recuerdan que Murena abrió ese camino. Y, ¿quién puede conocer mejor a un autor que quien lo ha traducido? Para traducir hay que destripar el original. 

Ni los interesados ni algún testigo ha ahondado en la naturaleza de la relación intelectual entre Murena y Sara Gallardo ni en la colaboración que Murena pudo prestar a la creación de Eisejuaz, la novela de 1969 en la que Gallardo inventa un discurso narrativo basado en el habla de un indio mataco del Chaco. Sobre todo porque mientras ella culminaba ese texto de alta perfección, Murena luchaba por su propia ruptura lingüística y formal en la tetralogía El sueño de la razón. Se sabe que Murena y Sara estaban separados hacia 1975, cuando Murena sufrió una crisis, o se acentuó una depresión ya larga. Él se recluyó en su casa, que Juan Liscano describe así: “El revoque de las paredes se caía carcomido por la humedad y los hongos, papeles por todas partes, libros amontonados, poquísimos objetos, ninguna foto y algunas reproducciones de cuadros cuyo contenido simbólico lo alimentaba”.

Sebastián Alvarez Murena, nacido en 1971, único hijo de la pareja Murena-Gallardo, confirmó en 2002 que “circularon rumores sobre el suicidio de mi padre”. Los refutó así: “Durante toda su vida él [Murena] bebió mucho, probablemente demasiado. Y por cuanto yo sé, bebió aun más durante sus últimos días en su departamento de Buenos Aires en la calle San José. Allí fue a buscarlo mi madre un día y lo llevó a nuestra casa en la calle Carlos Pellegrini, donde el 5 de marzo de 1975 a las diez de la noche, murió de un paro cardíaco”. 

En 1988 Sara Gallardo publicó en su libro El país del humo el cuento “Un solitario”, que contiene un retrato apenas ficcionalizado de Murena. Presenta a un escritor aislado en su departamento, un eremita, cuya cotidianeidad se limita a los contertulios del bar de la esquina. Murena (Alberto Prins en el cuento) es perfilado con ternura pero sin concesiones: “Demasiado orgulloso, demasiado susceptible”. Una de sus características es la delicadeza, un rasgo que, comenta Sara Gallardo, es “como el pudor, más genuino y exquisito en los hombres”. También detecta en su Prins/Murena, un rasgo de paranoia: “Se creía invisible, y en caso de conocido, detestado. Era un error, basado en la legión de enemigos que acezaban contra él entre las sombras de lo literario. Mas una cosa son los pasillos de una especialidad y otra el ancho mundo”. Sara Gallardo explica el final: “A los cincuenta años, Alberto entró en lo que algunos llaman noche oscura del alma”. Para que no queden equívocos, Sara Gallardo dedica el cuento “A HAM”.

LEY DE JUEGO

Las leyes de la noche (1958), la segunda novela de Murena, se diferencia de La fatalidad de los cuerpos (1955) y de Los herederos de la promesa (1965), ciclo en el que los mismos personajes reaparecen, a veces fugazmente. La primera y la tercera novelas de este ciclo yacen aplastadas por un psicologismo abstruso. Las leyes de la noche es distinta. Se trata de una cruda exploración sobre la sexualidad femenina, insólita en la narrativa que se escribía en esos años. Cuenta los avatares de Elsa, una joven que intenta gobernar su vida tras el suicidio de sus padres. Escrita con contundencia e hipnótica velocidad, narra la historia de un adulterio y un crimen. He leído esta novela varias veces y siempre quedé atrapado por la astuta ambigüedad del relato, que siembra la duda: ¿es Elsa un ser neutro y vacío o un ser lleno de pasiones y la única neutralidad es la del relato que jamás cae en interpretaciones psicológicas? La novela transcurre durante el año 1945, y los acontecimientos políticos –que culminan el 17 de octubre– conforman un fondo borroso pero verosímil sobre el que los personajes nada dicen puesto que nada les importa. Tras narrar el homicidio con impresionante contundencia, Murena no pudo rematar coherentemente la novela. La prolonga durante cien páginas y la arruina con un final patético por su inverosimilitud: Elsa se tira desde un tercer piso pero queda enganchada en una saliente y llega al suelo indemne. Es como si de pronto se desvaneciera el esfuerzo titánico de Murena para escapar de la influencia de Eduardo Mallea –escritor al cual lo adscriben tanto Contorno como Jorge Luis Borges– aferrándose a Roberto Arlt, sobre el que Murena se interesó mucho. 

Luego, Murena se lanzó a otro ciclo novelístico, La edad de la razón, que comprende cuatro títulos, publicados entre 1969 y 1976: Epitalámica, Poliscuerpón, Caína muerte y Folisofía. En estas novelas, Murena destruye cualquier asomo de realismo, elabora unas máquinas narrativas que rompen toda regla, no ya formal sino linguística. Guillermo Piro define este intento como “desbaratamiento gramatical”. Juan Liscano para describir estas novelas habla de “grotesca desmesura, sarcasmo, esperpento y delirio”. Para César Aira, la atmósfera de este ciclo narrativo “se vuelve rabelasiana, con discutible éxito”.

Los poemas de Murena, publicados en siete libros, son escuetos, densos, pródigos en imágenes y visiones interiores. Fueron celebrados por Alejandra Pizarnik, por su amigo Alberto Girri y, como cerrando ese arco, por María Negroni que prologa la poesía completa de Murena confesando que empezó a leerla “en los años 90, en medio de un clima cultural que celebraba modas un tanto horripilantes. Busqué sus libros, todos inconseguibles, y los leí de un modo espasmódico, a medida que me los agenciaba. ¿De dónde salía este poeta? ¿A qué tradición se afiliaba?”. Concluye María Negroni, nacida veintisiete años después de Murena, definiendo la poesía de este como “una diáfana incertidumbre, hecha de mundos imposibles de tan reales”.

MOLDES BREVES

A esta altura del partido, repetir que Murena es un gran olvidado, parece una broma. No es un gran olvidado, más bien es un grano olvidado pero que sigue picando. Han escrito sobre Murena muchos escritores. Además los que aquí he citado, lo han hecho Horacio González, Hugo Savino, Cristian Ferrer, Enrique Pezzoni, Francisco Ayala, Octavio Paz, Luis Thonis, Silvio Mattoni, Américo Cristófalo, la catedrática española Patricia Esteban y un largo etcétera. Leonora Djament le dedicó un libro, La vacilación afortunada (2007), que comienza con estas palabras: “Me convoca Murena porque alternativamente me irrita, me interesa, me aburre, me desafía”. Un blog, Espacio Murena, le está dedicado. 

El trabajo ensayístico de Murena, reescrito y recogido en dos libros, La cárcel de la mente y El nombre secreto, está compuesto básicamente por doce ensayos cada uno de aproximadamente treinta páginas. En estos moldes breves se desarrollan sus ideas con una prosa cuya intensidad y vértigo sólo es comparable a las mejores páginas de Domingo Faustino Sarmiento o Ezequiel Martínez Estrada. 

En Murena se puede entrar por diversas puertas. Por ejemplo, sus primeros acercamientos a la singularidad latinoamericana. O sus miradas críticas de la historia argentina, libres de preconceptos. La creciente disgregación social, la decadencia cultural y la exacerbación del odio en la vida política, tornan perturbadoramente actuales aquellos ensayos. También convoca su opción por la independencia del escritor, que ha generado retratos extravagantes: “Personaje lunar y lunático –llegó a describirlo un enviado del Corriere della Sera– por señales para otros inadvertidas logra captar la realidad que lo circunda con extraordinaria exactitud”. Para algunos, como Schmucler, es su entrega final a la faena espiritualista lo que completa a Murena, humanizándolo, acercándolo a nosotros, sus supervivientes.

La prodigalidad genérica de Murena –narrativa, ensayo, teatro, poesía– quizás dificulta el acercamiento a su obra, pero es importante salvar esas barreras para comprenderlo. Son las llamaradas de su instinto poético las que encienden la fuerza de sus síntesis ensayísticas. Y estas a su vez están ligadas al encarnizamiento –y los sucesivos fracasos– de su narrativa. 

Murena nunca se contenta. Nunca concluye. Cada recodo puede mostrar una nueva dirección. Encuentro en la última frase de su última recopilación de ensayos, La metáfora y lo sagrado (1973), una síntesis de Murena: “Todos los caminos conducen, depende de cómo vuele sobre ellos el itinerante”.

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