Gabriel Omar Batistuta debutó en la Selección Argentina en 1991, marcando el inicio de una era definida por la contundencia física y técnica. Su irrupción coincidió con el ciclo de Alfio Basile, donde rápidamente se transformó en la pieza fundamental para la obtención de títulos oficiales.
El delantero santafesino fue el máximo responsable ofensivo en la Copa América de Chile 1991. En aquel certamen, anotó seis goles que permitieron al conjunto nacional volver a lo más alto del continente tras décadas de sequía, consolidando su apodo de "Batigol" ante la mirada del mundo.
Durante la Copa América de 1993 en Ecuador, Batistuta reafirmó su jerarquía en momentos críticos. Sus dos tantos en la final frente a México aseguraron el último título continental de Argentina en el siglo XX, demostrando una capacidad de definición que lo distinguía de sus contemporáneos.
La potencia de su remate de pierna derecha se convirtió en una marca registrada del fútbol internacional. Según relata el periodista Diego Borinsky en su obra sobre grandes goleadores, el impacto de Batistuta no solo radicaba en su puntería, sino en la violencia con la que el balón viajaba.
En el Mundial de Estados Unidos 1994, el atacante inició su cuenta personal en las citas máximas con un triplete frente a Grecia. A pesar de la eliminación prematura del equipo tras la sanción a Maradona, el rendimiento individual de Gabriel lo situó entre los mejores delanteros del planeta.
Estadísticas de Batistuta en los Mundiales y su paso por la Selección Argentina
Bajo la dirección técnica de Daniel Passarella, el goleador mantuvo su vigencia a pesar de las estrictas normas de disciplina impuestas. Su presencia en las eliminatorias hacia Francia 1998 fue determinante para asegurar la clasificación, manteniendo un promedio de gol inalcanzable.

En la Copa del Mundo de 1998, Batistuta logró un hito histórico al anotar un nuevo "hat-trick" contra Jamaica. Este logro lo convirtió en el primer futbolista en la historia de los mundiales en marcar tres goles en dos ediciones diferentes, un registro que perduró por mucho tiempo.
Su capacidad para el juego aéreo y su sentido de ubicación en el área lo hacían indescifrable para las defensas europeas. En su libro "El fútbol a sol y sombra", Eduardo Galeano describía que cuando Batistuta se perfilaba, los arqueros sentían la inminencia de una catástrofe inevitable.
La llegada de Marcelo Bielsa al banco técnico en 1999 planteó un desafío táctico por la competencia directa con Hernán Crespo. El entrenador rosarino sostuvo la titularidad de Batistuta en el Mundial de Corea-Japón 2002, confiando en su experiencia y su innegable peso jerárquico.
En su última función mundialista en 2002, anotó el gol de la victoria frente a Nigeria en el debut. Aquel cabezazo fue su décimo tanto en Copas del Mundo, estableciendo un récord nacional que solo sería superado años más tarde por Lionel Messi en el torneo disputado en Qatar 2022.
El retiro de la Selección se produjo tras la dolorosa eliminación en fase de grupos de aquel certamen asiático. Batistuta cerró su ciclo con 54 goles oficiales, una cifra que lo mantuvo como el máximo artillero histórico de la Albiceleste durante casi quince años de vigencia absoluta.
Más allá de los números, su legado reside en la profesionalidad con la que defendió la camiseta nacional durante once años. Su figura es recordada por historiadores como Oscar Barnade como el prototipo del centrodelantero moderno: fuerte, veloz y letal en cualquier contexto de juego.

El reconocimiento a su trayectoria trasciende las fronteras de Argentina, siendo respetado por defensores de la talla de Franco Baresi. Su paso por la Selección dejó una vara muy alta para los sucesores en el puesto, estableciendo un estándar de efectividad que definió una generación.
Batistuta no solo anotaba goles de jugada, sino que era un especialista en tiros libres de larga distancia y penales bajo presión. Su personalidad dentro del campo contagiaba seguridad a sus compañeros, convirtiéndose en el capitán sin cinta durante los momentos más difíciles del equipo.
La huella del artillero nacido en Reconquista permanece intacta en la memoria colectiva del hincha argentino. Su nombre es sinónimo de potencia y fidelidad a un estilo de juego que priorizaba el arco rival por sobre todas las cosas, marcando el camino para los futuros atacantes.