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domingo 16 septiembre, 2018

Sólo te pido un gol

Si es por pedir, el hincha pide. No suele tener reparos en la exigencia. No mide.

por Claudio Gómez

No era un pedido, era una súplica. Hagan un gol, por el amor de Dios. Foto: cedoc

Si es por pedir, el hincha pide. No suele tener reparos en la exigencia. No mide. Huevos para dar vuelta una derrota, tener la pelota para sostener un resultado, mantenerse en Primera, humillar en el clásico, un título, buenos refuerzos, ascender, clasificar a alguna copa, otro título, un técnico prestigioso, otro título más. Los reclamos, en definitiva, son el reflejo del hincha: insaciables. Salvo aquel pedido que les hicieron a los jugadores de Ferro. Esa sí que fue una demanda, cómo definirla, ¿modesta?, ¿conformista?, ¿resignada? Hay que entender lo que era Caballito hace 19 años, ojo. Había que pisar los tablones del Echeverri en ese momento. Cuando te sacan todo no estás para exigir lujos, y al hincha de Ferro le habían sacado el gol.

A fines de los 90 el club acompañaba el derrumbe general. El torneo del 99 lo arrancó con muchas necesidades pero pocas esperanzas. En el debut perdió 3-0 en cancha de Boca. Previsible. Pero el torneo siguió y la cosa empeoró: en nueve fechas, Ferro no ganó ningún partido, ni siquiera convirtió un mísero gol. Ochocientos diez minutos sin desahogos. Trece horas y media de fútbol sin nada.

Fue en medio de ese arranque lamentable que a un hincha se le ocurrió hacer la bandera. Moderado en su reclamo, no pidió que trajeran vino para llenar las copas que sobran, ni que volviera Griguol ni ganar alguna fecha. El hincha reclamó algo más primario, más básico. Cansado de merodear por Caballito con la garganta intacta, harto del humillante 0 en la tabla de goles a favor, tomó un trapo blanco de dos por dos, con un fibrón negro escribió “Hagan 1 gol” y lo colgó del alambrado. No era un pedido, era una súplica. Hagan un gol, por el amor de Dios.

Recién en la décima fecha los jugadores de Ferro se hicieron cargo de la demanda. Recibían al River de Ramón Díaz, nada sencillo. Primer tiempo: 0-0. Más de lo mismo. Los once fantasmas vestidos de verde seguían invictos. La bandera, firme en el alambrado. Hasta que en la segunda etapa ocurrió el milagro: un tal Cristian Chaparro rompió el maleficio con un cabezazo. El gol no se gritó. Algunos lanzaron un suspiro, un gesto de alivio; otros, aunque no lo quieran reconocer, una carcajada. Al hincha de Ferro le habían sacado el gol, y ese 28 de abril de 1999 lo recuperó.


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