28th de February de 2021
DOMINGO Exceso de información
14-02-2021 03:08

Comunicación caótica

Valeria Sol Groisman*
14-02-2021 03:08

Antes de que La casa de papel se transformara en una serie televisiva capaz de imponer el mameluco como prenda glamorosa y resignificar el himno de la resistencia italiana Bella Ciao como consumo mainstream, para luego convertirse en ícono feminista con la frase “Empieza el matriarcado”, mucho antes, el escritor argentino Carlos María Domínguez publicó una nouvelle a la que tituló de manera idéntica. 

En ambas historias lo que abunda es el papel: en la serie son billetes; en la novela, libros. En la serie la superabundancia es un llamado de atención a las injusticias propias del sistema capitalista: unos tienen mucho y otros muy poco. Un edificio colmado de dinero, donde es posible seguir fabricando aún más, como metáfora de una sociedad en la que la acumulación per se es promesa de éxito y felicidad. En la novela, los personajes coleccionan libros, datos, información. Son lectores ávidos, pero limitados, en una vida finita. El exceso es sinónimo de una ambición erudita, una pasión con tintes obsesivos: “una ilusión”, como sugiere Domínguez en boca de uno de sus personajes. 

Probablemente Domínguez sea un visionario. Puertas afuera de la ficción, hoy es común  apuntarnos a distintas redes sociales, suscribirnos a newsletters, acumular pilas de libros en la mesa de luz y archivar artículos de interés para leer “cuando tengamos tiempo”, aunque sepamos que probablemente terminemos procrastinando una y otra vez. Es que somos unos perfectos ilusos, los destinatarios de un oxímoron irresoluto: estamos sobreinformados, pero nuestra mente es capaz de procesar solo una cantidad limitada de información. 

En su libro The Organized Mind, el neurocientífico Daniel Levitin asegura que hoy se sabe que los humanos no podemos prestar atención a más de tres datos al mismo tiempo, y sin embargo consumimos 74 gigabytes por día –el equivalente a nueve películas–. Esta sobrecarga, explica el autor, es lo que puede conducir a una “fatiga de decisión”: el cansancio asociado a la hiperbolizada toma de decisiones intrascendentes. Dicho de otro modo: lo que está lleno rebalsa. 

Tal vez sea esa una de las razones por las cuales las personas buscamos ser cada vez más expeditivas. La rapidez caracteriza nuestro modo de consumir información. La voracidad, también. (…) 

Hoy no solo estamos “intoxicados” con un cúmulo inconmensurable de información, sino que además en esa corriente de discursos, que nos arrastra al consumo inmediato e irreflexivo, conviven lo real, lo verdadero, lo simulado y lo falso, pero sobre todo lo igual. Nadie nos obliga a encerrarnos sobre nuestros prejuicios y nuestras creencias y, sin embargo, ahí nos quedamos con “tapaorejas” frente a quien piensa distinto. La conformidad es, sin duda, un signo inequívoco de nuestra época. 

Estamos anclados en nuestras creencias. Y es desde nuestros prejuicios o preconceptos que confiamos o desconfiamos en la información. Y en esa peligrosa costumbre, los sesgos cognitivos cumplen un papel preponderante. 

Podemos imaginarnos los sesgos como lectores de código QR capaces de leer, comparar lo nuevo con lo que la mente ya conoce y luego discriminar: esto sí, esto no. De esta manera no solo arribamos a interpretaciones erradas, sino que, para colmo de males, estas quedarán grabadas en nuestra mente como “decisiones conocidas” que más tarde nuestra mente tomará de referencia al encontrarse con nuevos datos.

Lo peculiar de los sesgos es que muchas veces se la juegan de aliados al ofrecernos pistas con las que estamos familiarizados y que nos ayudan a gestionar el ingreso de información y su categorización de manera más eficiente. Eso nos permite olvidar cada tarea y dar vuelta la hoja. El problema es que esos indicios nos encierran en una burbuja impermeable para la información que no coincide con nuestras ideas previas y totalmente permeable para aquella que reconocemos, tal como señala una encuesta realizada en 2017 por la consultora Edelman, que concluyó que somos cuatro veces más propensos a ignorar una información si es contraria a nuestras opiniones o creencias. 

El concepto de “cámara de eco” o el de “filtro burbuja” hacen foco en esta tendencia, exacerbada en tiempos de redes sociales, que nos lleva a encerrarnos en espacios sociales que no dan lugar a posiciones contrarias a la de cada tribu, grupo identitario o lado de la grieta.

Recordemos que cuando decimos que estamos “infoxicados” no solo nos referimos a una circulación excesiva de información. También estamos hablando de un ecosistema comunicacional multidireccional, caótico, impulsivo, desregulado y desenfrenadamente invasivo. Uno en el cual la información y la desinformación conviven y se disputan el espacio de lo verosímil. Opiniones que se venden como noticias, creencias que se postulan como verdades, y hechos que se manipulan para convertirse en contenido viralizable. 

Un mundo en el que todas las voces tienen cabida es aparentemente más democrático, aunque habrá que calar más profundo para arriesgarnos a afirmar que el libre acceso a la información es sinónimo de igualdad y que más contenido equivale a mayor confianza. Tal vez, como dice el periodista y escritor francés Ignacio Ramonet, cuando la comunicación se impone como “obligación absoluta” deja de ser sinónimo de libertad y actúa como tiranía. 

Por eso, como participantes de un universo comunicacional saturado de palabras, podemos pecar de perezosos y “tragarnos” los discursos de manera lineal. Aceptar sin chistar. O podemos intentar desafiar a los sesgos cognitivos que nos atrapan en una burbuja y desmenuzar la información para descubrir lo que se oculta debajo de la alfombra. Tal vez, cuando se trate de informarnos, valga más ir a fondo y apelar al espíritu crítico que rastrillar campos infinitos. 

*Autora de Desmuteados, Akadia Editorial (fragmento).

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