Para hablar de la crueldad divina debemos remontarnos a la mitología. Porque la maldad de los dioses es mitológica. Y además, porque esa maldad fue imaginada y relatada por personas a través de las distintas formas de transmitir la historia, por tradición oral o escrita. Antes de la maldad de los dioses, el ser humano. Siempre lo humano.
Los pueblos imaginaron a distintos dioses –y luego a un solo Dios– que los creó como seres imperfectos, agresivos, celosos, conspiradores, traicioneros, asesinos. Crueles.
“Serán crueles”, parece devenir un susurro desde las alturas del universo o desde el mismo centro de la Tierra, donde está el núcleo incendiado de nuestro planeta. Tal vez, el infierno tan temido.
“Serán crueles”. Casi una orden ineludible que planta su semilla desde el nacimiento y que provocará contradicciones humanas eternas en una psiquis asaltada por la desesperación. La crueldad de Jehová al condenar a Adán, a Eva y a toda su descendencia al dolor y a la muerte. O la crueldad de Caín al matar a su propio hermano.
Desde entonces, desde siempre, hombres y mujeres están atormentados por la crueldad con la que tratan a su cuerpo y sus emociones. Incluso por su manera de amar y de sufrir. Porque también se puede ser indulgente o cruel cuando se sufre. Con uno y con los demás.
La mayoría de las veces, las personas clavan puñales en las heridas abiertas de quienes más quieren. Y de sí mismas. Es decir: son crueles para querer y crueles para quererse. O simplemente no se quieren. (...)
Como dice la psicoanalista Silvia Bleichmar: “Nosotros (los psicoanalistas) no podemos analizar por qué alguien sufre cuando mata un bicho, nuestro problema es saber si goza cuando lo hace”.
Y el Señor M. parecía gozar con lo que hizo. Un goce que no tiene que ver con el placer, sino con la destrucción. Un concepto que desarrollaremos más adelante.
Por otra parte, mi paciente tenía el consultorio para descargar su emoción. Toda persona que está en un tratamiento psicológico tiene un espacio donde puede escupir su furia. Justamente, para no hacerlo en la cara de otros. De cualquier modo, no tenerlo tampoco es excusa para explotar.
Hay distintas formas de procesar el enojo o el dolor. Esto no significa ceder a la ley del Talión (ojo por ojo) ni seguir el mandato religioso que nos conmina a “poner la otra mejilla”. No. En todo caso, hacer lo posible para no herir al otro a pesar de estar heridos, para no abrir al medio las llagas más antiguas de los demás aunque ellos hayan abierto las nuestras.
Se trata de contener la crueldad de nuestro origen, que puja por salir en cualquier momento. Y esto es lo más difícil.
Si bien los textos mitológicos muestran de manera descarnada la maldad de los dioses, allí también podemos reconocer las emociones humanas más controvertidas: la traición, la venganza, la ira, los celos, el desamor, la desmesura, la desconfianza, la desesperación, la falta de piedad o de indulgencia.
Según la mitología griega, Cronos era un dios atormentado.
Como no podía olvidar la profecía de sus padres, Urano y Gea, que le advertían que sería destronado por sus hijos, Cronos se deglutió a los primeros tres. Cuando nació Zeus, su hijo más pequeño, la madre lo escondió en un lugar seguro donde fue criado por tres ninfas. El niño creció y quiso vengar a sus hermanos. Así, ingresó al servicio del padre como copero de su confianza y le convidó un brebaje que lo hizo vomitar a los tres hijos que se había devorado.
Los hermanos resucitaron. Durante diez años los hijos lucharon para terminar con su padre hasta que lograron vencerlo. Cumplida la venganza contra Cronos, Zeus repartió la gloria y el poder con ellos. A él le quedó el reino de los cielos, a Poseidón el mar, y a Hades el mundo subterráneo: el infierno.
Es notoria la similitud entre este relato clásico con Tótem y tabú, el texto que Freud escribió para hablar del surgimiento de las dos leyes que sostienen la cultura: la prohibición del incesto y el parricidio.
Según Freud, en un tiempo hubo un padre todopoderoso y déspota que lideraba su tribu. Imponía la ley y a la vez se ubicaba por fuera de ella. Decidía cómo castigar a sus hijos y cuándo disfrutar de las mujeres de la comunidad. Un padre que gozaba sin freno. Hasta que los hijos acordaron matarlo y devorar su cadáver. Todos debían participar del acto y, de ese modo, todos serían responsables. Cuando lo asesinaron, prometieron que nadie volvería a matar y que se repartirían las mujeres para que cada uno pudiera disfrutar de la sexualidad. Pero con límites. Algunas estarían prohibidas. Así, nadie volvería a ocupar el lugar del padre muerto.
Freud sostiene que este acto inaugura la ley que todos debemos cumplir para vivir en la cultura. Y que con el tabú aparece el concepto de conciencia moral: la percepción interior de desestimar los impulsos (deseos prohibidos) que existen en nosotros, la parte del Superyó que juzga la relación del sujeto con el bien y el mal. Esa instancia crítica vigila lo que alguien pueda desear sabiendo que está prohibido. Frena la acción, la desestima y condena el pensamiento mismo de desearla.
*Autora de La crueldad, editorial Paidós. (Fragmento).