martes 05 de julio de 2022
DOMINGO LIBRO

Cuatro libros: un solo hecho

Diferentes lecturas e intereses sobre la Guerra de Malvinas (1982-2022).

12-06-2022 02:36

Relaciones bilaterales y las creencias de nuestros líderes

Desde el restablecimiento de la democracia hasta 2019, todos los Gobiernos argentinos utilizaron en forma paralela dos andariveles para reclamar por los derechos soberanos argentinos por las Islas Malvinas. Por un lado, las relaciones bilaterales con el Reino Unido y, por el otro, el camino de los organismos multilaterales. Indistintamente del partido político que haya tenido cada una de las administraciones argentinas analizadas en este trabajo, todas recurrieron a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). 

Los cambios que observamos en los lineamientos de la política exterior argentina hacia la Cuestión Malvinas en el plano de las relaciones bilaterales encuentran su motivación en las creencias político-ideológicas de nuestros líderes, en las crisis internas de nuestro país y la consecuente aplicación de nuevas políticas diferentes al periodo precrisis.

La continuidad en la política exterior argentina en el ámbito multilateral se fundamenta en los principios idealistas clásicos como son la diplomacia y el derecho internacional como medios para la solución de las controversias; la igualdad soberana; el principio de la integridad territorial por encima del de la autonomía de los pueblos, la abstención de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza y la solución pacífica de las controversias, la buena fe, la no intervención en los asuntos internos de otros Estados, la condena al colonialismo, la promoción y defensa de los Derechos Humanos, entre otros. En otras palabras, la continuidad de la política hacia Malvinas en el carril diplomático viene dada por el entendimiento arraigado en la clase política argentina de que un país como el nuestro, sin atributos de poder (militar-económico), no puede resolver cuestiones pendientes como el tema Malvinas si no es por medio del derecho internacional y el rol de las organizaciones internacionales. Tampoco podemos olvidar que en nuestro país existe una fuerte tradición diplomática que hizo que la Argentina tenga un papel destacado en el desarrollo del derecho internacional como por ejemplo, las doctrinas Drago y Calvo, un papel activo en la creación de organizaciones como la ONU y la OEA y varios premios Nobel de la Paz.

Es por todo esto que en cada capítulo de esta investigación, correspondiente a cada uno de los Gobiernos analizados, entrevistamos al canciller o vicecanciller argentino y dedicamos un apartado a estudiar el discurso que cada uno de ellos realizó en la Asamblea General y el Comité de Descolonización de la ONU ya que es un punto en común entre todas las administraciones argentinas a partir de 1983. Analizaremos las presentaciones argentinas en este foro multilateral por su relevancia y el rol que tuvo a nivel mundial en materia de descolonización y porque allí nuestro país obtuvo las resoluciones que se transformaron en la piedra basal de su postura en defensa de los derechos soberanos sobre las Islas Malvinas. La Cuestión Malvinas ha sido históricamente un elemento de litigio y reclamo por parte de la Argentina sobre el cual la Cancillería ha sabido establecer una política coherente a lo largo de los años. En efecto, veremos cómo los distintos Gobiernos han mantenido una continuidad con respecto a algunos elementos que hacen al núcleo del reclamo argentino sobre la legítima soberanía de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes. 

Al profundizar los discursos pronunciados por los sucesivos cancilleres argentinos nos resultará posible encontrar una serie de variables que identifican a la Cuestión Malvinas como: 

1. una disputa de soberanía territorial cuyo legado resulta de una situación colonial, 

2. una controversia entre la Argentina y el Reino Unido, 

3. la imposibilidad de aplicar el criterio de autodeterminación de los pueblos, 

4. la diplomacia como vía de solución de la controversia. (...)

El comportamiento externo de los Estados no se explica solo a través de las variables internas como el régimen interno, el sistema de creencias, entre otras, sino que también cuentan las externas. Estas fuerzas o acontecimientos del sistema internacional impactan sobre el Estado y este debe acomodarse a través de su política exterior al contexto mundial. Por ejemplo, cuando asume el presidente Menem en 1989 el sistema internacional estaba saliendo de un sistema bipolar ligado a un escenario de posguerra fría y consolidación del proceso de globalización, caracterizado por la caída de los socialismos reales, el ascenso de los Estados Unidos, Europa y Japón, el inicio de un crecimiento significativo de las economías asiáticas como las de China y los NIC (siglas en inglés Newly Industrialized Country o en español, país recientemente industrializado) y la primacía del paradigma de economía de mercado y defensa de la democracia liberal. Este cambio del sistema internacional impactó de lleno en el diseño y la formulación de la política exterior argentina. Otro ejemplo que ayuda a entender el impacto que las fuerzas del sistema internacional tienen sobre los países fue cuando, primero, el presidente Duhalde y más tarde Kirchner se enfrentaban a un contexto mundial en transición que iba de una “ilusión unipolar” liderada por Washington (que había comenzado con el fin de la Guerra Fría y terminaba con los ataques terroristas a las Torres Gemelas y Pentágono en septiembre de 2001) a un escenario multipolar con el ascenso de nuevos actores. En ese sistema internacional en mutación se observaba a Estados Unidos al frente de una batalla contra el terrorismo internacional de Al Qaeda; la profundización de la ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) hacia el este de Europa y a Washington como la única superpotencia militar, entre los puntos sobresalientes. En la segunda década del siglo XXI nos encontramos con nuevo mapa mundial, multipolar complejo y dinámico con centros de poder en Moscú, Pekín y diversas capitales en el sudeste asiático, cada una de ellas con uno o varios atributos de poder compitiéndole a Estados Unidos.

☛ Título: La Cuestión Malvinas: una hoja de ruta

☛ Autor: Agustín Romero

☛ Editorial: Eudeba
 

 

“Acá estoy. No me olvidé de ustedes”

Testimonios  recogidos  el  14  de  marzo  de  2018,  horas  después  de  viajar con familiares de caídos en la guerra de Malvinas para visitar a los soldados sepultados en Darwin, identificados por primera vez desde sus muertes en 1982.

“Cuando en el último momento, ese día tan terrible, que es el 14, y te dicen que  te  tenés  que  ir  y  dejás  a  tus  compañeros  tirados  ahí,  muertos,  y  te tenés  que  ir.  Y  vos  te  vas  corriendo,  desesperado,  hacia  el  aeropuerto  y mirás para atrás... y ves humo, fuego, tremendo. Y corrés y corrés y corrés y  estás  siempre  en  el  mismo  lugar,  como  si  nunca  pudieras  avanzar.  Es inexplicable... Las sensaciones que se viven. Por eso, ahora, cuando llegue al cementerio de Darwin, es para decirles a mis compañeros: ‘Flaco, acá estoy, no me olvidé de ustedes’, porque es terrible cruzar esa puerta, que es  mágica,  recorrer  las  230  cruces,  buscar  a  mis  compañeros  Chávez, Bordón,  Valdidarez,  no  encontrarlos,  encontrar  solo  placas  que  dicen: ‘Soldado argentino solo conocido por Dios’, es esa placa tan negra y tan fría  que  me  partió  la  cabeza.  No  la  comprendí,  no  entraba  en  mi  cabeza. Es ahí donde nos propusimos desde el corazón y desde la voluntad saber de  qué  manera  podíamos  regresar  a  las  islas,  de  qué  manera  podíamos devolverles  la  identidad  y  de  qué  manera  saber  si  existe  o  no  existe  un cuerpo debajo de esa cruz. Eso hicimos”.

Julio Aro, veterano de guerra argentino

“Tengo  en  mi  cabeza  una  mezcla  de  pensamientos.  Primeramente,  un sentido  enorme  de  alivio,  de  que  yo  había  terminado con  mi  equipo,  mis camaradas,  una  tarea  importantísima.  Durante  décadas  pensé  en  mis chicos,  los  despedimos  con  honores  militares,  con  respeto,  pero  a  la  vez estaban  solos,  lejos  de  sus  familias;  todos  merecían  ser  identificados.  Mi informe, que detalló ese trabajo, siempre estuvo a disposición. Porque todo este tiempo, dentro de mi cabeza había siempre algo que me preocupaba y  eran  los  soldados  que  no  se  había  podido  identificar;  no  era  justo  para sus madres. Hoy lo hicimos y pudimos visitarlos junto a ellas”.

Coronel Geoffrey Cardozo

“Algo más de lo que esperaba, mucho más, muy fuerte, la verdad, después de  esperar  tantos  años  y  ahora  estar  frente  a  la  tumba  de  mi  hijo  fue apoteótico. Hablé con él... Hablé con él y me escuchó y me contestó, sé que me contestó, seguro me contestó”.

Coco Massad, padre de Marcelo Daniel Massad,uno de los héroes caídos en Malvinas

El Plan Proyecto Humanitario Malvinas SUBTITULO

Cuando la guerra de Malvinas culminó, comenzó un proceso doloroso para toda  la  Argentina  que  llevó  a  gran parte  de  la  sociedad  a  dejar  atrás  los recuerdos  de  la  contienda,  tan  íntimamente  relacionados  con  la  dictadura militar, que vivía sus últimos días.

La   mayoría   exigía   como   prioridad   investigar   los   crímenes   de   lesa humanidad cometidos por las juntas militares: “juicio y castigo”, “memoria, verdad  y  justicia”  eran  las  proclamas  de  gran  parte  de  la  sociedad argentina. Esa primacía, de un modo u otro, le dio la espalda a un recuerdo reciente,  doloroso, cuya inercia  patriótica llevó  a millones  de  argentinos  a embanderarse   detrás   de   la   gesta   bélica   que   dejó   un   saldo   de   650 combatientes argentinos y 255 soldados ingleses muertos.

Toda la sociedad recuerda esa Plaza de Mayo del 2 de abril de 1982, horas después  de  que  se  diera  a  conocer  que  las  tropas  argentinas  habían tomado  las  Malvinas  para  recuperar  su  soberanía.  Una  plaza  repleta  de argentinos  dispuestos  a  aplaudir  al  dictador  Leopoldo  Fortunato  Galtieri, quien anunciaba: “Hemos recuperado salvaguardando el honor nacional, sin  rencores,  pero  con  la  firmeza  que  las  circunstancias  exigen,  las  Islas Australes que integran por legítimo derecho el patrimonio nacional” y que, ante la hipótesis de un conflicto bélico, afirmaba: “Si quieren venir, que vengan, nosotros les presentaremos batalla”. Así  presentaba el general

Galtieri, que presidía la Junta Militar de gobierno, los próximos 74 días de guerra  que  nuestro  país  comenzaba  a  transitar,  la  primera  contra  otra nación desde la guerra de la Triple Alianza, que ocurrió entre 1864 y 1870.La euforia nacionalista se hizo carne de modo extremo en gran parte de la sociedad,  que  festejaba  las  noticias  tendenciosas  emitidas  por  el  canal oficial, cargadas de patriotismo simbólico y mentiras, como si fuesen goles de nuestra selección en un mundial de fútbol.

La sociedad hacía notar su compromiso con la gesta patriótica a través de colectas solidarias. Muchas personas donaban sus joyas de buena fe para reunir  fondos  patrióticos  convocados  por  maratones  televisivas.  Mientras tanto,  en  las  islas,  nuestros  soldados  se  debatían  con  muestras  de heroísmo en un combate desigual, injusto, que dejó un saldo irreparable de muertes y dolor que aún hoy nos enluta.Culminada la guerra, los argentinos pasaron de la euforia a la depresión, a la  bronca.  Eran  tantas  las  demandas —democracia,  libertad,  justica, derechos  humanos,  participación—que  Malvinas  retrocedió  en  el  interés colectivo y comenzó a rezagarse en la agenda de prioridades.

Quizás   algunos   se   sintieron   cómplices   por   acompañar   ese   fervor nacionalista, que no tuvieron, por supuesto, conla represión ilegal. Algo se rompió; hasta los chicos, soldados, “colimbas” que volvían al continente necesitaron  años  para  ver  reconocidos  sus  derechos  como  veteranos  de guerra.

La “desmalvinización” existió, no porque el gobierno de turno lo decidiera, sino porque la sociedad tardó años en entender y hacer propio y visible ese reclamo.

☛ Título: Malvinas. Identidad de héroes

☛ Autor: Daniel Santa Cruz

☛ Editorial: Ediciones B

 

 

La noticia cayó como una bomba en la población

Galtieri estimaba que la “revolución neoconservadora” en marcha en los Estados Unidos, y que ya venía avanzando también en Gran Bretaña con Margaret Thatcher, le daría la razón en todo al Proceso, dado que compartía el fervor anticomunista, la opción militar para los países del Tercer Mundo en aprietos, las privatizaciones y el ajuste fiscal para contener a los sindicatos. De modo que el viento soplaría a favor de su plan de “profundizar” el curso. El único obstáculo para ese plan era, a sus ojos, el frente interno, no el externo: había que reconquistar el alma de la sociedad, recuperar el entusiasmo perdido. (...)

La carta en la manga para resolver estos problemas eran los planes para invadir Malvinas, que se venían elaborando desde el comienzo mismo del Proceso. Massera había hecho redactar uno. Anaya lo había imitado, y ahora encontró buen eco en su par del Ejército. El operativo se lanzó, un poco antes de lo previsto debido a la protesta sindical y los apuros económicos, el 2 de abril de 1982. Y fue, en varios aspectos, un éxito rotundo. (...)

Sin embargo, el escenario diplomático y la actitud británica frustraron desde un principio las expectativas de la Junta. A horas de la invasión, el Consejo de Seguridad de la ONU emitió una resolución que la condenaba y ordenaba a la Argentina retirar sus tropas, que fue votada incluso por países favorables a la descolonización pero no a avalar el uso de la fuerza, menos aún si quienes vivían en las islas no eran ciudadanos argentinos ni deseaban serlo (como vimos en el capítulo 3, este aspecto hacía de Malvinas un caso distinto de otros que la ONU consideraba colonias). 

El argumento de la Junta de que no había habido avances en la negociación fue desestimado: los lazos comerciales y culturales con los isleños se habían incrementado desde 1965 y se estaban barajando alternativas para una solución de compromiso (por ejemplo, una administración compartida). La invasión, por el contrario, disculpaba a los británicos por no haber cedido más y los eximía de dar explicaciones. Así lo entendió Thatcher cuando, con el respaldo de la ONU y contabilizando los problemas internos que enfrentaba su gobierno, no dudó en hacer lo que la Junta había casi descartado que hiciera: puso en marcha una costosísima operación militar para recuperar las islas por la fuerza si los argentinos no se retiraban. Lo peor fue que la Junta militar lo consideró una fanfarronada ante la cual convenía escalar el conflicto, de modo que envió más tropas y equipos a lo que se rebautizó “Puerto Argentino”, designó gobernador a un general e instauró un nuevo estatus legal para sus habitantes. Galtieri argumentó que el entusiasmo del pueblo con la “causa” era tal que no podía ceder en nada. Pero lo cierto era que se convenció de que no tenía por qué hacerlo: los británicos no podrían revertir la ocupación por las armas ni tampoco obtener mucho en una mesa de negociaciones. Además, y por sobre todo, la invasión de Malvinas no había sido para él ni para la Junta un recurso desesperado para ganar tiempo o salir del paso ante la protesta social, sino más bien la llave para contrarrestar una larga serie de frustraciones argentinas con sucesivos proyectos de expansión económica, política y militar. No podían por lo tanto conformarse con menos que una victoria total que redimiera a las islas y al país.

Ello explica que no se haya prestado mayor atención a las oportunidades de acuerdo. La más seria fue la que se presentó cuando el Departamento de Estado estadounidense, corriendo el riesgo de enemistar a los Estados Unidos con su más importante aliado, propuso implementar lo que hasta la ocupación se había estado discutiendo: una administración compartida. Thatcher respiró aliviada cuando se enteró de que el gobierno argentino había rechazado esa oferta, que le hubiera resultado muy difícil presentar a sus connacionales como algo diferente de una derrota.

Fatal decisión de la Junta pesó la expectativa de que las fuerzas británicas finalmente se detuvieran, o que fueran detenidas por los estadounidenses. Pero, lejos de hacerlo, éstos comenzaron a colaborar militarmente con Thatcher. Los cálculos sobre la importancia de la operación represiva en América Central, en que militares argentinos y agentes de la CIA cooperaban, terminaron de desmentirse. En vez de revisarlos para responder a la imprevista situación, Galtieri los sustituyó por otros, opuestos, con el objetivo de insistir en la tesitura que lo había metido en la boca del lobo: en nombre de un regionalismo ya no anticomunista sino abiertamente antiimperialista, buscó la solidaridad de los gobiernos democráticos de Perú y Venezuela y hasta la del régimen cubano.

De ellos recibió lo único que podían darle: gestos y palabras de aliento.

Amenazó entonces a Estados Unidos con “extender el conflicto” pidien-do la colaboración militar de la Unión Soviética y convocó a las fuerzas vivas de la sociedad –políticos, sindicalistas, periodistas, obispos, empresarios y artistas– a recorrer el mundo para explicar que el conflicto noobedecía a una ocurrencia de déspotas desorbitados sino al reclamo de todo un pueblo contra el atropello de un poder imperial que ya llevaba ciento cincuenta años. Los derechos argentinos seguían siendo irrebatibles. Pero los emisarios se vieron en figurillas para explicar por qué apoyaban un acto violatorio del derecho internacional contra una potencia a la que no había muchas posibilidades de imponerse por la fuerza. Por otra parte, si Argentina tenía éxito en su intento, ello seguramente redundaría en la continuidad de una dictadura criminal y destructiva.

Como sea, la guerra se había vuelto inevitable. Se inició el 2 de mayo con el hundimiento del crucero General Belgrano, un acto brutal con el que los británicos cerraron la puerta a cualquier otra negociación.

La Junta, en parte por falta de preparación para un conflicto como el que se iniciaba y en parte por no haber tomado en serio que fuera a producirse, no había organizado una defensa eficaz. Muchos de sus recursos más valiosos seguían en el continente o estaban desplegados sobre la frontera con Chile. Salvo en las operaciones aéreas (con las que las fuerzas argentinas lograron dañar o hundir varios barcos británicos), desde un principio quedó en evidencia la superioridad tecnológica, profesional y de conducción del adversario. Gran Bretaña tomó el control del espacio aéreo y naval en torno a las islas, eliminando la ya escasa movilidad de los defensores, a pocos días de iniciadas las acciones. A fines de mayo estableció una cabeza de playa al sur de la capital donde se concentraban las tropas argentinas, que ofrecieron todavía una desesperada resistencia apoyada esporádicamente por aviones de la Fuerza Aérea. Finalmente, el 14 de junio, y pese a que Galtieri había ordenado “combatir hasta el último hombre”, se rindieron. Alrededor de 700 argentinos y 300 británicos murieron en la contienda.

La noticia cayó como una bomba en el ánimo de la población, que había querido creer la versión difundida por los medios locales según la cual las pérdidas del enemigo eran tan grandes que no tardaría en desistir. Miles de personas indignadas salieron a las calles. Como consecuencia de esto, el 16 de junio los generales obligaron a Galtieri a renunciar, mientras la Armada y la Fuerza Aérea se retiraban de la Junta buscando cargar éste y los demás fracasos del régimen sobre la espalda de sus pares de tierra. Éstos designaron entonces en soledad al general retirado Reynaldo Bignone para encabezar un nuevo gobierno. Y Bignone anunció inmediatamente el inicio de la transición a la democracia.

☛ Título: Historia de la argentina 1955-2020

☛ Autor: Marcos Novaro

☛ Editorial: Siglo XXI editores
 

 

El negocio que prometía dividendos millonarios 

Marzo 1982. Un grupo de obreros y técnicos metalúrgicos viaja a las islas Georgias, a 1500 kilómetros de Malvinas por barco, para desguazar instalaciones balleneras abandonadas. El negocio, armado por un chatarrero audaz, prometía dividendos millonarios y una buena paga a los trabajadores. Sin embargo, su llegada y el izamiento de una bandera precipita un conflicto con Gran Bretaña.

La Armada británica envía varios buques y marines. La Argentina, a los Alfa, un grupo de elite comandado por el teniente Alfredo Astiz. En medio, tres aventureros franceses llegan a las islas en un velero, arrastrados por una tormenta.

Todos esperan el desenlace chocando y confraternizando en ese paraje extremo del continente americano, donde comenzó la guerra del Atlántico Sur.

Este libro fue escrito en base a cuatro diarios personales de obreros y militares, a entrevistas con la mayoría de los protagonistas y a la documentación oficial, y no oficial, producida por argentinos y británicos sobre los episodios.

Todos los hechos y circunstancias que vertebran este relato de no ficción están respaldados por una fuente primaria o, en su defecto, secundaria. No hay licencias fácticas ni literarias. Las voces que se reproducen fueron escuchadas por uno o más testigos. Los pensamientos y emociones que se refieren fueron transmitidos por sus dueños.

Esta historia trata de un grupo de hombres que viajaron a un lugar remoto con afán de progreso y se vieron envueltos en cruces de intereses ajenos que terminaron perjudicándolos. Nada muy distinto al destino del movimiento obrero argentino que representaban. Aquí, su épica casi desconocida.(...)

Ocupar las islas del sur parece haber sido un objetivo común a varias generaciones de marinos argentinos. En 1905, aprovechando que la Compañía Argentina de Pesca había fundado Grytviken, la Marina de Guerra montó una estación meteorológica que atendieron científicos argentinos, con la bandera flameando en lo alto y el escudo en la puerta, hasta 1950. Ese año los británicos decidieron desalojarlos por la fuerza y entregar el material técnico en Montevideo. El gobierno de Juan Domingo Perón no protestó, como tampoco lo hicieron los súbditos de la Corona cuando la Armada ensambló el puesto. El contragolpe argentino fue más consecuente. En la campaña antártica del año siguiente, aprovechando la ventaja de la cercanía, dos fragatas recorrieron las Sandwich para determinar el mejor lugar para doblar la apuesta e instalar de facto otra estación, pero ahora de comunicaciones.

En enero de 1954 montaron el refugio en la isla Tule y con todo listo, en diciembre de ese mismo año, desembarcaron a un guardiamarina y dos radioaficionados para que operaran la radio de la nueva estación.(...)

En los siguientes veinte años, la Argentina no insistió en sus conquistas hasta que en 1974, el capitán de navío Juan Lombardo rescató el plan y convenció a la Armada para porfiar con una base soberana en las Sandwich. Esta vez no sería un simple refugio o estación sino instalaciones científicas completas. En septiembre de 1976 el Operativo Sol estaba listo para proceder a la «ocupación efectiva y pacífica» del territorio de ultramar en disputa, como proponía Lombardo.

Unas cincuenta personas, entre civiles y militares, se desplegaron en los cinco kilómetros cuadrados de la isla para construir, en cinco meses, mil metros de estructuras. En marzo de 1977 quedó terminada la vivienda para ocho personas más todas las dependencias de mediciones y servicios que incluían una estación de radio, un sismógrafo y un equipo desalinizador. Nació así la Base Corbeta Uruguay.

La presencia argentina fue detectada por el transporte Endurance en una de sus navegaciones y por toda reacción los británicos remitieron una nota de protesta, entregada en la embajada argentina en Londres, que fue respondida sin demora y aclarando que se trataba de un proyecto «estrictamente científico», sin otro propósito. Los británicos evaluaron en algún momento un desalojo, pero lo descartaron por el costo que tendría la operación.(...)

Lombardo sumó graduaciones a su carrera y en 1981, ya como vicealmirante de la Armada, dispuso repetir la experiencia exitosa de Tule, pero en las Georgias. En principio la idea era llevar científicos civiles, pero ante la eventual dificultad para encontrar voluntarios, los marinos se definieron por un número reducido de hombres de las tropas especiales: comandos anfibios y buzos tácticos, entrenados para las condiciones difíciles. Esta decena de hombres se quedarían en la isla San Pedro al cierre de la campaña antártica de marzo-abril de 1982, a pasar el invierno, cuando los británicos se hubieran retirado.

Lombardo calculaba que, como con Tule, los ingleses harían cuentas y verían que montar un dispositivo de desalojo sería muy oneroso y de conse de consecuencias imprevisibles. La operación se llamaría Alfa. (...)

A esta altura, el chatarrero Constantino Davidoff se había contactado con el director de Antártida y Malvinas de la Cancillería, Carlos Lucas Blanco, para tramitar los certificados provisorios, o tarjetas blancas, que era el documento que la Argentina y el Reino Unido habían acordado como válido para los argentinos que viajaran a las Malvinas y sus dependencias.

Davidoff había pagado la opción en 1979, y la compra, en 1980, así que estaba en posición de viajar en cuanto terminara de organizar la campaña y reclutar la gente. El problema a resolver seguía siendo el cruce marítimo. En su viaje a las Malvinas había detectado que el Servicio de Transportes Navales de la Marina mantenía servicios regulares a las islas y era una presencia habitual para los isleños. Decidió ir por ahí.

Lombardo había dado la directiva de que atendieran al chatarrero para tener a mano la posibilidad de camuflar el desembarco del grupo Alfa en el viaje de los obreros, por eso no le costó hablar con el responsable, el capitán Luis Palau. Además, Davidoff tenía cierta afinidad con los militares luego de haber cursado el primer año de la Escuela de Suboficiales de la Fuerza Aérea, en Córdoba.

En la apertura de las negociaciones hubo algunos roces. Davidoff quería el primer tramo sin costo, exenciones en gravámenes e impuestos, líneas de financiamiento en el Banco Nación y apoyo de la Prefectura para las tareas en el Puerto. Palau le dijo que lo único que podía darle era una tarifa razonable para el transporte. Empezó entonces una discusión sobre el precio del viaje. Terminaron acordando que le cobrarían la misma tarifa que a los puertos de Ushuaia o Malvinas, aun cuando la distancia a recorrer fuera significativamente mayor, en seis cuotas de 33 millones de pesos de la época, a empezar a pagar en 1983. (...)

El 15 de diciembre de 1981, Davidoff, Jorge Patané, el ingeniero industrial Carlos Costa y Oscar Rodríguez, uno de los dueños de Montelmec, zarparon por fin rumbo a las Georgias en el Almirante Irízar, un potente rompehielos de ciento veinte metros de eslora de menos de cinco años, con camarotes muy cómodos y una tripulación de más de cien personas. Los chatarreros compartieron los privilegios de los oficiales a bordo y en el primer tramo realmente disfrutaron surcar ese mar plomizo y cristalino.

El hombre al mando, el capitán César Trombetta, puso proa rumbo a las Georgias, pero en el despacho de salida escribió «Ushuaia». (...)

☛ Título: Desembarco en las Georgias

☛ Autor: Felipe Celesia

☛ Editorial: Paidós

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